Sobre la necesidad de documentarlo todo

por Rosa Olivares
Exit, Imagen y Cultura nº 45, Febrero / Marzo / Abril 2012

 

Lo primero que se hace cuando nace un nuevo ser es hacerle una foto. Como si hiciera falta tener el documento gráfico para creernos esa realidad, ese milagro. La facilidad para disponer de todo tipo de herramientas que facilitan esta creación de un álbum suprafamiliar casi nos obliga a todos a disparar, a hacer la foto. Cuando no la haces te conviertes en un ser socialmente extraño. Primero fue la extrema evolución de los dispositivos fotográficos, menor peso en las cámaras, más precisión en los objetivos, una facilidad increíble para sin apenas conocimientos técnicos hacer buenas fotografías. El paso del sistema analógico al digital supuso la facilidad absoluta, ya no hacía falta el laboratorio, todo lo podemos hacer nosotros mismos y el carrete limitado era cosa del pasado. Podríamos disparar sin límites, fotografiarlo todo. El mundo se abría ante nuestros ojos y tanto los turistas semiprofesionales, como el obsesivo padre de familia se convertían en un paradigma de las nuevas tendencias documentalistas: el ojo se convierte en el registro, y todo lo que se ve es susceptible de ser transformado en documento. De tal modo que hasta que no tenemos la fotografía no creemos lo que hemos visto con nuestros propios ojos. De esta forma, fotografiándolo en fragmentos, nos apropiamos del mundo que nos rodea, abarcamos una totalidad que se escapa a nuestras posibilidades. Hacemos nuestro el paisaje, las personas, los sentimientos, los acontecimientos privados y públicos con una voracidad caníbal.

La llegada del teléfono móvil travestido en cámara fotográfica inseparable de nosotros mismos, con una calidad óptica increíble ha hecho prescindible para muchos hasta la propia cámara fotográfica, trastocando así los pocos pilares de las definiciones clásicas de qué es una fotografía, qué es un documento, qué es el documentalismo, qué es y qué no es un fotógrafo documentalista. Todo lo que sucede e incluso lo que no sucede es susceptible de ser documentado. Ya no solamente el hecho, sino su memoria, su deseo, su huella, las posibilidades de haber sido diferente; los sueños y las pesadillas, lo que no es real más allá de nuestra imaginación, todo puede ser objetivo fotográfico y todos podemos ser ese fotógrafo documentalista, todos podemos ser el archivo de una época o de una situación, construir un fragmento de una historia que por su exceso llega a ser insignificante.
Las cualidades del exceso de información se acercan cada vez más a los de la desinformación. Demasiado es lo más próximo a nada, pues la atención se relaja y ya no tenemos interés para nada más. De esa forma las únicas historias que nos interesan son las privadas, las nuestras propias o las de otros que por las razones que sean sentimos como próximas o simplemente sentimos como reales. Eso en arte se llama “universales”, pero en la vida real no tiene nombre y depende más de los canales de transmisión que de sus contenidos específicos, pudiendo pasar de la crónica histórica al cotilleo de una intimidad privada y necesariamente oculta.
Pero mientras cualquier individuo con un teléfono móvil o con una cámara real con objetivos de tamaño claramente obscenos se transforma en el árbitro de una realidad cuanto menos dudosa, el fotógrafo profesional, el documentalista real tiene que hacer frente a un torbellino de dudas y alteraciones en sus fines y en sus objetivos y, por supuesto también en los formatos que utiliza e, incluso en las razones por las que realiza este trabajo. Si dejamos a un lado a la fotografía de prensa, cuya función y actividad no plantea ninguna duda en ninguna de sus variantes (excepto tal vez a algunos críticos y teóricos del terreno de las artes visuales, comisarios y directores de museos, que tienden a confundir todo lo que se parece a algo con ese algo, y a los artesanos con los artistas, y a sus intereses puntuales con las tendencias reales), todos los artistas que con la fotografía se han planteado un trabajo de documentación del mundo que les rodea están transformándose, siendo cada vez más artistas y menos transmisores de una realidad objetiva e indiscutible. Y esto es así en parte por la maduración que la rápida evolución del lenguaje fotográfico está viviendo y en parte también por la conexión que los fotógrafos, la fotografía actual, tienen con otras vías de conocimiento y práctica, desde la semiología a la arquitectura, la filosofía o la historia. Esta capacidad global de convertirse en notario de la realidad, de cualquier realidad, libera al artista de tener que estar sujeto a cualquier regla o código, le hace libre para incluir de una manera absoluta su propia subjetividad, para hacer de su perspectiva individual y personal el auténtico valor de sus imágenes. Y también le hace libre para poder hablar, para poder mirar hacia donde nadie mira. Es decir, lejos de la mirada autocomplaciente y asombrada del turista, al margen del interés de detener el tiempo de todos aquellos que realizan autobiografías interminables, ajeno a la narración acompasada de un discurso histórico necesariamente único, el nuevo documentalista construye discursos paralelos, marginales, semiocultos, personales e intransferibles. Dotando así a la fotografía actual de una riqueza aún mayor y reafirmando la diferencia entre artista y aficionado, entre profesional de la imagen y constructor de imágenes. Cuando cualquiera puede tener en su propio móvil la imagen que a través de las redes de Internet puede canalizar la opinión pública, el documento se convierte en otra cosa. Se aleja necesariamente del ruido y de las cercanías del poder, del influjo y manipulación de las grandes cadenas de información, para contar otras historias, para hablarnos de esa gente que no le interesa a nadie, ni a los turistas ni al poder ni a los medios ni, a veces, a sus propias familias.
Cuando las imágenes de los nuevos documentalistas se convierten en fotografías que alcanzan precios de mercado artístico, cuando sus formatos se alejan de los tamaños para prensa e incluso para libro, y se transforman en piezas para museo, para galerías o para nuestras propias casas, entonces la transformación del gusano en mariposa se ha completado. En las páginas siguientes a estas simples digresiones vamos a encontrar ejemplos muy diferentes de esta transformación. Vamos a ver cómo esa mirada que documenta un universo más variado y complejo que el que vemos en los noticiarios, más serio y profundo que el que asoma a youtube, es también la mirada de las mujeres, ya no sólo de los hombres, que inevitablemente observan desde otro lado, con otros intereses, otros aspectos que tal vez nunca se han tratado así. Lise Sarfati, Dana Popa, Anastasia Koroshilova… Veremos como jóvenes occidentales hurgan en las tripas de sociedades lejanas a sus culturas y a su bienestar, ¿qué buscan? Pero sobre todo veremos qué es lo que encuentran ojos como los de Francesco Jodice, Lucas Einsele, Sunil Gupta, y Joachim Koester, y también cómo una sociedad puede tener tantos lados, tantas posibilidades como las personas que la habitan, y así nos lo muestran los artistas árabes, los africanos, algo que se ve en la obra de uno de los más reconocidos jóvenes documentalistas, Peter Hugo. En estas imágenes y en los textos que los propios artistas han escrito para nosotros, para ustedes, lectores siempre interesados en ver, en mirar, podremos encontrar las razones de un cambio, un cambio en la forma de hacer, de contar, de mirar y de sentir. Veremos la aproximación no tanto al hecho, al evento o a la historia, sino al individuo, a la persona y por lo tanto, veremos más cerca el dolor y la injusticia, la soledad y el miedo. Y comprenderemos, de la mano de las imágenes de Peter Bialobrzeski o de Bruno Serralongue, que la historia se escribe muy lejos de la calle, sobre todo muy lejos de las personas que la están sufriendo. Comprenderemos que no puede existir un solo discurso y que ese oscuro diálogo entre ganadores y perdedores es ininteligible. Y sabremos finalmente de la importancia de conocer, de mirar las imágenes que nos proporcionan estos nuevos artistas que han optado por asomarse a una realidad cambiante, diversa y casi siempre poco amable, que nos demuestran que todas las biografías son las nuestras. Entenderemos qué significa nuevo documentalismo y que viene del documentalismo de siempre, del interés por saber más del otro y sobre todo por saber más de nosotros mismos, y por contar nuestras experiencias, por compartir lo poco que sabemos y lo mucho que vemos. Podemos comprender que no ganar no siempre es perder y que, sobre todas las cosas, este mundo nos pertenece a todos los que lo habitamos.