Una Ojeada al Arte del Siglo XX

por: Ma. de Lourdes López Gutiérrez.
Universidad del Valle de México.


Breve semblanza del libro “Introducción a la Cultura del Siglo XX”

Foto: Angelo Cricchi, (Eddie Sechwick)

Desde los niveles de la educación media superior, la formación en el arte y la cultura se ha considerado como una cuestión extracurricular.

El arte, se convierte entonces en un cúmulo de conocimientos que se estudian aparte, cuando se estudian, y sólo unos cuantos lunáticos lo siguen, lo sienten y lo comprenden.

La difusión cultural en las universidades está destinada a luchar contra la indiferencia de un público que, aunque universitario, no alcanza a comprender que aquello es parte de su formación. Para muchos, como dice Theodoro Adorno, museo y mausoleo no sólo son términos que se asemejan fonéticamente: los museos, son las tumbas del arte.

En el caso del estudio de la comunicación, los puntos de vista para abordar el arte se diversifican: el acto de expresión del artista que crea, la interpretación del otro, los paradigmas estéticos de la plástica que tarde o temprano influyen en los medios visuales o la interacción que la obra abierta, analizada a fondo por Umberto Eco, provoca entre al artista y el receptor son sólo algunos ejemplos de cómo el fenómeno artístico es objeto de estudio de nuestra disciplina.

El arte no ha sido lo mismo para los griegos, para el hombre del renacimiento o para nuestros contemporáneos. Sin embargo su existencia en todos los estadios de la humanidad ha sido una fuente insustituible para explicarnos la vida de los hombres. Luego entonces, trasciende como testimonio histórico.

Aporta algo más: la subjetividad que dio vida a la creación, da cuenta de un hombre que convirtió sus ideas, sus vivencias, sus pasiones o sus necedades en una obra plástica, musical, teatral, literaria o cinematográfica. El estudio del arte, es también el estudio de la expresión del hombre. El hombre, ser de la expresión, he aquí el objeto de estudio de la comunicación.

Pasemos al ejemplo: demos una ojeada al arte de nuestro siglo para ver de dónde han surgido las corrientes y dónde quedamos nosotros, pobladores de la incertidumbre del fin del milenio.

La segunda mitad del siglo XIX presentaba un escenario en el que el racionalismo y la ciencia positiva prometían la felicidad. Pese a los movimientos sociales que originó la ascensión del capitalismo y la consolidación de la burguesía, sus últimas décadas se vivieron en una suerte de calma social, en la que los inventos sorprendían a diario y que habría de terminar con la primera guerra mundial. Para muchos historiadores, no sólo del arte, la historia de nuestro siglo comienza en 1914.

Mientras Richard Wagner cerraba espléndidamente el romanticismo musical, los impresionistas salieron del estudio a atrapar la luz natural sobre el río, sobre el puente, sobre la escena cotidiana. Arnold Hauser lo refiere así: “… el impresionismo se convierte en el estilo predominante en toda Europa. En lo sucesivo, hay por todas partes una poesía de estados de ánimo, de impresiones atmosféricas…la gente, pasa el tiempo creando lirismos…”

La clase burguesa se había adueñado de la hegemonía cultural. En la literatura, se ve a sí misma en las historias del realismo y el naturalismo de Balzac, Flaubert o Alejandro Dumas. La lectura era fácil gracias a la novela por entrega y el folletín que semanalmente entusiasmaban al gran público con sus melodramas en un, me atrevo a pensar, antecedente de la radionovela.

Sin embargo, antes de concluir el siglo XIX, encontramos ya la génesis de las ideas que iban a trascender hacia el arte de nuestro siglo en los poetas malditos.

Baudelaire parece intuir el signo de los tiempos: el hombre del siglo XX, se enfrenta a una nueva cultura urbana. Es un hombre más complejo, de lenguajes simbólicos, con una nueva cosmogonía que ha dejado atrás la sencillez del mundo sin tecnología.

Para la generación de los malditos, así como para los apocalípticos – que no en el sentido de Eco – filósofos nihilistas, como Nietzche o Heidegger, la tecnología escondía la trampa de llevarse entre las patas al ser humano. La ciencia positiva reducía el espíritu a una idea pasada de moda.

La literatura, entonces, se aleja de su gran público para atender al grupo de iniciados capaces de comprender sus significados ocultos, el símbolo que sustituye a la anécdota. Proust, Joyce, Kafka, redimensionan el tiempo y se dirigen al interior del personaje, más que al hecho. Ya se encargarían los medios de comunicación de satisfacer la demanda masiva de melodramas.

La música vio nacer una y otra corriente nacionalista, además de la revolución innovadora del genio de Stravinsky. Pero si los músicos exaltaban los sonidos del folklore de sus pueblos, los otros nacionalismos, los políticos, habrían de desencadenar finalmente la guerra.

No en balde Hermann Hesse se opuso patriotismo belicista de 1914. El enorme defensor de la libertad espiritual del hombre, fue considerado traidor por oponerse a una guerra por vez primera convertida en industria. La muerte llegaba por una tecnología más perfecta, un despliegue de parafernalia que nutriría los guiones de las películas de un naciente Hollywood.

Las artes reaccionan: Picasso descompone la realidad y la replantea desde sus formas geométricas. El Dadá recurre a al burla, la destrucción y el sarcasmo, arremetiendo contra el arte oficial en una propuesta de libertad de creación que hasta la fecha seguimos agradeciendo. Los surrealistas huyen de la lógica y, sin ninguna restricción de la conciencia, escriben y hacen películas provenientes de los sueños. En Alemania, el movimiento expresionista se manifiesta en todas las artes bajo un común denominador: la fuerza de la expresión, la realidad deformada por la locura. Kandinsky se divorcia de la representación y crea el arte abstracto. El arte de vanguardia, el modernismo, estableció los paradigmas estéticos de la primera mitad del siglo. Los unía el repudio a la guerra y el rompimiento con los cánones académicos del diecinueve y la teoría del arte por el arte.

En México, después de la moda afrancesada del porfiriato y de la Revolución, el nacionalismo se apropia, como en todo el mundo, de la creación artística. Siqueiros, Rivera y Orozco plasman en las paredes de los edificios públicos la lucha por los derechos, la dignidad indígena y los ideales de la nación.

En solitario, otros artistas definen también lo mexicano: Tamayo, el principal. La plástica mexicana recibe influencias de la vanguardia europea: ahí está la pintura de Frida Khalo.

La música nacionalista de Silvestre Revueltas y de Carlos Chavez le dan las glorias a nuestro conservatorio.

Son las primeras décadas. Entre el fortalecimiento de las sociedades capitalistas y el avance del socialismo. La revolución bolchevique y la crisis del 29 en Estados Unidos esclarecen una realidad: el mundo dividido por dos ideologías.

El arte no puede dejar de tomar partido: los futuristas rusos hacen literatura proletaria, los surrealistas militan en la izquierda, la generación perdida encuentra su lugar en el exilio, Hollywood hace películas que satanizan al comunismo.

La lucha ideológica culmina con la segunda Guerra, que dejó al hombre mudo de impotencia frente a su propio poderío. El hombre post-bomba ya no puede ser el mismo.

Consecuencias: la filosofía se orienta hacia el existencialismo: Sartre y Camus en Francia y Karl Jaspers en Alemania parten de que la existencia precede a la esencia. El hombre es el único constructor de sí mismo, si es que utiliza la libertad de su conciencia.

Surge el teatro del absurdo: Ionesco y Beckett escriben escenas y diálogos que escapan a la lógica racional y que son, en el fondo, una reacción al sinsentido y a la desolación.

El cine neorrealista intenta armar el rompecabezas de una nación derrotada y llega con sus cámaras a filmar la vida de su gente, sin maquillaje, estrellas o escenografías, reaccionando contra una industria cinematográfica norteamericana que se había adueñado de las pantallas mundiales.

Ante la devastación de los países europeos Estados Unidos se convierte en el centro promotor de las modas culturales de occidente. La pintura retoma la fuerza y la abstracción de las vanguardias. El expresionismo abstracto y el action painting dan enormes lienzos en donde se adivina el sudor del artista que volcó la pintura sobre ellos.

Estados Unidos, el ejemplo de industrialización y avance tecnológico absorbía artistas y las reminiscencias de modernismo que había ocupado el escenario artístico durante la primera mitad del siglo.

La tecnología no sólo trajo el confort al hogar. También le permitió a Pierre Henry inventar la música concreta, mezclando la electrónica con la orquesta sinfónica. Los melómanos ortodoxos se ofendieron cuando escucharon los pianos de John Cage, preparados con tenedores insertados en las cuerdas.

Eran los apacibles años cincuenta, en medio de la bonanza,la clase media encuentra en el consumo una forma de llenar vacíos y compra tintes para el pelo, coches, revistas, héroes, modas y artículos de limpieza convirtiendo a la cultura en un producto más, con todo y su carácter de desechable.

Pero la revuelta estaba en gestación. Los beats, desde la carretera, “on the road”, encuentran una nueva forma de vida al margen del establishment.

La conciencia política surgía en los jóvenes, indignados por los abusos que la paranoia socialista hacia cometer a sus gobiernos enarbolando la bandera de la libertad.

Occidente busca en la filosofía y las religiones orientales la respuesta que sus sistemas no han podido darle. Se aleja del centro para dirigirse a la X.

Los sesenta son escenario de una profusa producción artística comandada por el fenómeno pop: las latas de sopa de Andy Warhol, o los cuadros de enormes comics, que convierten al objeto publicitario en obra de arte.

Las drogas abren las puertas de la percepción y estalla la psicodelia: flores, arcoiris, nubes de colores decoran los vestuarios y las fachadas de los edificios mientras el Rock va dejando en claro que, como Bob Dylan predica, los tiempos están cambiando.

Para entonces, la antinovela se daba el lujo de prescindir de la trama, y el boom latinoamericano mostraba al mundo la magia y la riqueza de la realidad de las Américas.

El hecho artístico integra expresiones diversas. El happening, el arte cinético o el arte óptico incluyen la poesía, el teatro, la música y la plástica en un todo.

La nueva ola francesa y el nuevo cine alemán reorientan la deprimida cinematografía europea, dando lugar al desarrollo de la vanguardia cinematográfica francesa comandada por Jean Luc Godard y su nuevo cine político: no todo era Hollywood.

Los setentas se muestran confusos: el sueño del peace and love había terminado. Ahora eres punk o discoteco, en otras palabras, te aclimatas o de aclimueres. El happening, el living theatre, el arte conceptual y otras manifestaciones empiezan a perder el mensaje de la paz para evolucionar hacia formas integradoras de tecnología, mensajes de los medios y los elementos clásicos de la técnica artística.

La discrepancia política termina con la Perestroika, que da paso a el nuevo orden internacional, globalizador de las economías y de las ideas. De pronto, todos sospechosamente, nos empezamos a parecer y a padecer los mismos males.

¿Quién escapa al marketing cultural?, ¿Quién detiene el enorme flujo de información que facilitan las nuevas tecnologías?, ¿cómo se registran los derechos de autor del arte cibernético que flota en Internet como boya a la deriva?.

En fin, los filósofos y científicos que marcaron el siglo: Darwin, Marx, Einstein, Freud, Nietzche, abrieron las puertas a nuevas formas de concebir el hombre y a su mundo.

Determinaron las ciencias, las artes y los sistemas sociales. Sin embargo, en la fase post industrial del capitalismo avanzado todo parece reconsiderarse. Como dice Luis Racionero: en Occidente aún no se ha realizado la Revolución cultural que se necesita para elevar el nivel moral de la sociedad a la altura de su tecnología.

Algunos lo llaman postmodernidad. Lo cierto, es que estamos cerrando el siglo y el milenio con los valores trastocados, desde los estéticos hasta los morales. La ausencia de paradigmas es el modelo a seguir.

La xenofobia se fortalece. El ecologismo nos sólo pretende una nueva relación del hombre con su medio ambiente: propone un nuevo hombre, con un nuevo modelo de desarrollo, al que seguramente podremos acceder de forma gradual, en el mejor de los casos, o bruscamente, con el costo social de una revolución..

Las expresiones puras del arte no se encuentran fácilmente. El collage ya no es sólo una forma de componer un cuadro. Es una forma de vida. Frederic Jameson alude al pastiche como manifestación expresa de la posmodernidad: antes era claro el estilo del individuo creador: de Proust, de Stravinsky, de Ezra Pound. Ahora, todo es una mescolanza de imitaciones, pegotes y estilos que no sólo dan cuenta de un mundo artístico en el que ya no hay innovación, sino de la desaparición que algunos teóricos hacían de la cultura de masas y la cultura superior.

La creación artística ha sucumbido a los encantos de los espectaculares de Las Vegas, de las giras Pepsi y del gran público que atrae la cultura del consumo que con una debida campaña publicitaria es capaz de para 100 dólares por escuchar a la Sinfónica de Londres interpretando temas de los Rolling Stones.

A la luz de la distancia sabremos que nos pasó. Por lo pronto, dejémonos asombrar. La capacidad de asombro debería de ser una característica obligada del estudiante de comunicación. Así, a lo mejor hasta inventamos una especie de semiótica de la posmodernidad, que nos permita estudiar en el hecho artístico los rasgos más íntimos y verdaderos de una cultura que ve venir el fin de milenio y que ya ni siquiera tiene fe,como hace mil años, en que vengan los cuatro jinetes del Apocalipsis..

El problema está en la memoria. Nuestra cultura de lo desechable nos ha mal acostumbrado a olvidarnos del pasado reciente. Nada más viejo que el periódico de ayer.

La apuesta al olvido y la saturación de la información pone en peligro un registro sano de nuestra historia. Escribí sano al no encontrar un término más adecuado. Me refiero a que, en un mundo de millones, en el que se produce para millones, y en el que son millones los que consumen. No es fácil encontrar las tendencias que, al paso del tiempo, nos trascenderán y hablarán de nosotros.

Quizás, en los museos arqueológicos del futuro, se expongan las piezas de Tupperware como las vasijas policromadas de nuestra cultura.

Tomado de:

http://www.razonypalabra.org.mx/mcluhan/arte.htm

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