¿Qué le pasa al arte contemporáneo?

John Locke


Desde comienzos del siglo XX, con el surgimiento de las vanguardias, el arte comenzó un camino de no retorno, que le ha llevado a una situación muy particular: la libertad absoluta del artista y la autonomí­a del arte, contrasta con la incomprensión o incluso el rechazo social que su actividad genera. La mayorí­a de la gente que tiene contacto con el arte contemporáneo está convencida de que éste no es más que una estafa cultural, y un producto para “snobs” y élites. Élites que, además, están compuestas por dos grupos bien diferenciados: los que “entienden” de arte, no sólo del contemporáneo sino de todos, y que a menudo defienden fervientemente este tipo de producción, reconociendo a la vez que puede haber cierta “inflación” artí­stica que nos lleve a considerar como arte obras mediocres. Y está también la segunda élite: los “compradores” de arte, que se gastan grandes sumas de dinero por una cuestión puramente social: el arte es un distintivo de buen gusto, y tener una obra de tal o cual artista es sí­ntoma inequí­voco de riqueza (mucho más, por supuesto, que tener un coche de tal o cual marca).

Así­ que tenemos a tres grupos: uno grande y numeroso que rechaza el arte actual, otro muy reducido, los especialistas, y otro también reducido, los “mecenas” que mercadean con todo ello. Pero hay una situación curiosa que, creo, nunca antes se habí­a dado con la misma intensidad: el arte “bueno” del momento provoca una fractura social que le aleja del espectador medio. No se me ocurre pensar en un ciudadano del siglo XVII extrañado ante la obra de Velázquez. Tampoco puedo imaginar a un romano del siglo XVI considerando “feas”, “extrañas”, “raras” o “incomprensibles” las esculturas de Miguel Ángel. Hasta ahora, con mayor o menor grado, el artista y la sociedad habí­an mantenido una convivencia cordial, independientemente de los dictados del mercado (sabemos de grandes artistas que sólo fueron después de muertos). Pero esto no ocurre en la actualidad: la sociedad no comprende a los artistas.

Hay que subrayar que esta incomprensión ha aparecido antes en la historia, pero no, o al menos esta es mi impresión, del modo en que se da en la actualidad. Y a esto se une, paradójicamente, la inmensa activación del mercado artí­stico en las últimas décadas. Mientras los “escándalos” siguen apareciendo con cierta periodicidad en los medios de comunicación, el dinero que paga por esas obras no deja de aumentar. Circunstancias que despierta, al menos, cierta perplejidad. Este distanciamiento progresivo entre la sociedad, los artistas, los expertos en arte y los compradores de arte tenderá sin duda a profundizarse: el arte difí­cilmente renunciará a la libertad conseguida, la sociedad seguirá criticando todo lo que no entienda, los expertos tendrán una tarea crí­tica creciente, y los compradores seguirán despilfarrando su dinero, sin saber si lo que compran vale lo que pagan o si, por el contrario, el artista se está aprovechando de su afán de notoriedad y distinción social. ¿Tiene todo esto alguna solución? Por otro lado: ¿Acaso es necesario “solucionarlo”?

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