La autenticidad del artista

por Rafael Fauquié

La carta de Rilke del 17 de febrero de 1903 dirigida al joven Franz Kappus, que, junto a nueve más, conforman el célebre libro Cartas a un joven poeta, contiene ciertas afirmaciones tan exactas como válidas acerca del tema de la autenticidad: del escritor para con su obra y del ser humano para con su vida.

Kappus había escrito a Rilke preguntándole por sobre su incipiente vocación de poeta: quería saber si los poemas que había escrito eran buenos y merecían ser publicados. La respuesta de Rilke la recuerdo como uno de los más acertados consejos que haya yo leído: más allá de la bondad o mediocridad de los versos, más allá del interés que éstos puedan despertar, de lo que se trata, de lo único que debería tratarse, es que el poeta acepte si puede o no vivir sin escribirlos.

Para el joven artista que duda de su arte, la advertencia de Rilke es clara: haga lo que su corazón le dicta, escriba si siente que no podría vivir sin hacerlo y siga escribiendo por encima de las opiniones de los otros. Escuchemos a Rilke:

“Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir … Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso … Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. En esa índole de su origen está su juicio: no hay otro. Por eso, mi distinguido amigo, no sabría darle más consejo que éste: entrar en sí mismo y examinar las profundidades de que brota su vida: en ese manantial encontrará usted la respuesta a la pregunta si debe crear. Tómela como suene, sin interpretaciones. Quizá se haga evidente que usted está llamado a ser artista. Entonces, acepte sobre sí ese destino, y sopórtelo, con su carga y su grandeza, sin preguntar por la recompensa que pudiera venir de fuera. Pues el creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido.”

Las palabras de Rilke deberían ser recordadas por todo aquél que alguna vez haya deseado expresarse a través de una obra. El artista genuino está unido a su arte a través de un nexo vital. La obra de arte es su destino: el único. No podría escapar de él porque está condenado a él. Recuerdo un cuento de Kafka titulado Un artista del hambre. Allí se cuenta la historia de un ayunador profesional que trabaja en un circo y es mostrado como una rareza de pueblo en pueblo. El circo ha hecho de él un gran espectáculo: ¡un ser humano que puede dejar de comer indefinidamente! Las gentes acuden de todas partes a contemplar tan extraño fenómeno. Un día, el artista del hambre es olvidado. Por años permanecerá oculto entre la paja que cubre el suelo de su jaula, hasta que es descubierto por un cuidador. Todos se extrañan. Nadie puede creer que el ayunador haya sido capaz de permanecer por tanto tiempo oculto y sin comer; pero, ya a punto de morir, éste revela su secreto: en realidad, nunca le gustó comer, jamás pudo resistir el sabor de ningún alimento. La rareza del ayunador, su “mérito”, la originalidad de su arte, fue la natural consecuencia de su insuperable repugnancia por la comida. El artista del hambre no podía hacer otra cosa sino dejar de comer: era la única opción posible para él. Una opción que anulaba la existencia de cualquier otra; opción original, única, en la medida en que su vida -cualquier vida- también lo era.

Optar es asumir gestos, acciones, movimientos que, paulatinamente, nos identifican y definen. Al optar nos vamos constantemente dirigiendo hacia un espacio cada vez más reducido y más nuestro. La vida que vivimos, el camino que recorremos, los actos que realizamos: todo posee la forma de nuestras opciones, se dibuja con ellas. Optar nos va cerrando posibilidades: nos angostamos dentro de esas superficies que construimos en torno nuestro con nuestras escogencias. Optamos hacer y optamos ser en desmedro de muchísimas cosas que decididimos no ser ni hacer. La opción escogida niega a cualquier otra. Vivimos en medio de la selección, de la limitación, del descarte, de la parcelación. Nuestra vida va componiéndose de ciertas sumas y de muchísimas restas. Y en ese itinerario de sumas y restas va proyectándose, en el caso de los artistas, el sentido de la obra creada: de esos trazos que años de vida, esto es, de búsquedas y hallazgos, de opciones, fueron colocando sobre ella. La obra es el espejo del rostro del artista: el dibujo de sus huellas, el diseño de su itinerario.

Kafka describe de manera muy lapidaria, muy “kafkiana”, la relación inseparable entre el artista y su obra; la correspondencia entre una y otra. La obra de arte, si es genuina, está hecha de vida. Las experiencias del artista: recuerdos y miedos, pasiones y asombros, tropiezos y logros; todo se vuelca, de una u otra forma, sobre la obra creada. Se es artista en la medida en que no se podría dejar de convertir en forma expresiva eso que está dentro de sí, eso que pertenece a la larga sucesión de opciones que convierten a un ser humano en lo que es. El artista crea a partir de sus opciones. Estas se transforman en metáfora de vida, en cristalización de memorias. La autenticidad es parte esencial de todo este proceso. Autenticidad que mucho tiene que ver, también, con desinterés. La obra de arte es desinteresada porque está hecha por necesidad. Su creación debería escapar a otras contingencias: hacer dinero con ella, lograr fama con ella. Por encima de todo, está su necesaria realización. Punto.

El impulso que conduce a un artista a realizar su obra será auténtico en tanto que no se pueda renunciar a él. El artista no podría dejar de hacer eso que hace porque sería lo mismo que dejar de ser eso que es. Y el artista dará lo mejor de sí mismo cuando crea en él. Esa fe asignará a su esfuerzo el valor de la autenticidad. Ella será el punto de partida para juzgar el valor primero de la obra de arte. El tiempo será, luego, el encargado de decir el resto…

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