¿Dónde están los intelectuales?

Rosa Olivares

¿Qué es un intelectual? ¿Qué hace un intelectual? ¿Sirve para algo un intelectual? ¿El intelectual, nace o se hace? Y, sobre todo ¿existe en este siglo un intelectual como se han llegado a conocer a partir del siglo XIX? Sin duda la respuesta debería proceder de un grupo de estudiosos que se documentase al respecto, es decir la respuesta la deberían dar los propios intelectuales. Pero no hemos encontrado a nadie que pueda responder, no hemos encontrado a ningún intelectual, sólo a eruditos huecos.

El término intelectual nace de un conflicto, y en ese conflicto ideológico, por supuesto, es donde se genera una palabra que empieza definiendo una actitud: la de aquel individuo que sobresale de la media por su conocimiento y su sabiduría, y que pone su prestigio, su conocimiento, sus influencias en lucha solidaria por un fin concreto. En este caso hay que hablar de Émile Zola, que provoca con su actitud en el caso Dreyfus en la Francia del siglo XIX un torbellino de posicionamientos de la inteligencia a favor y/o en contra de la defensa de un militar judío condenado de forma a todas luces injusta, como después se reconocería (aunque este reconocimiento no le serviría al pobre Dreyfus para solucionar su penosa situación carcelaria ni para recobrar su buen nombre, como preámbulo de lo que se avecinaba en la primera mitad del siglo XX). Este torbellino en el que nace el término intelectual se volvería tsunami con la condena de Zola, que abandona Francia deshonrado y sin su legión de honor. Sólo volvería para morir, como buen intelectual, en la duda de si se suicidó o fue víctima de un desdichado accidente.

Ese tono despectivo del término intelectual, pues se suponía que eran individuos que se situaban por su sabiduría, sensibilidad y conocimiento, por encima de la masa, de la mayoría de sus conciudadanos, fue usado en su contra, considerándolos un lobby, una elite. Algo que en absoluto molestaría a nadie. Los intelectuales, de derechas o de izquierdas, son aquellos que obran por encima de las ideologías en defensa de la justicia, aquellos que superponen el valor de la cultura y del conocimiento a cualquier otro, pues de la ignorancia y la incultura no se puede esperar más que barbarie. Los intelectuales fueron aquellos que, desde su individualidad se llegaban a unir en un colectivo que defendía intereses comunes, más allá de los suyos propios.

Los intelectuales son, han sido siempre, “los abajo firmantes”. Los que ponían su nombre en manifiestos, asumiendo posibles represalias. Émile Zola firmó y publico “Yo acuso”, un auténtico manifiesto intelectual, el primero, el 13 de enero de 1898 en el diario “L’Aurore” de París. Documentó el nacimiento de una actitud, y cavo su fosa social en Francia. Todo en un sólo artículo. Otros hemos necesitado años para lograr mucho menos. Las implicaciones de los representantes y portadores de la cultura y la ciencia, de “esa gente que vive en los laboratorios y en las bibliotecas… de los sabios, profesores y filólogos, de esa gente que se cree superior“ como los definieron en su nacimiento público a la luz del “Yo acuso”, siempre han sido en niveles de riesgo. Riesgo físico en las dictaduras, como hemos visto en Chile, Argentina, Cuba y por supuesto en Rusia y en España, de riesgo económico en el resto de regímenes políticos.

Por eso tal vez hoy tengamos que ver como algo normal que prime más la seguridad económica de la cátedra, el calor del trabajo fijo en una institución o en una empresa privada segura, que la posibilidad de hacer oír voces independientes que intenten defender la cultura y la ciencia, la investigación y el desarrollo en medio del desmontaje cultural que estamos viviendo, no sólo en España sino en lo que fue la cuna de la cultura occidental: Europa. Los filósofos clásicos volverían sus rostros avergonzados viendo en lo que se han convertido hoy los intelectuales que les citan continuamente: en burócratas y pancistas de una sociedad que prima la ignorancia y el desconocimiento como las herramientas de dominio social.

Por esto tal vez la única pregunta sería ¿queda aún algún intelectual vivo?

Edouard Manet. Émile Zola, 1868. Colección Musée d´Orsay, París.

Tomado de:

http://www.exit-express.com/home.php?seccion=opinion&pagina=&idver=3911

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