Progreso, arte y entretenimiento

Marcelo Colussi

“El mundo progresa” es una frase a la que, a fuerza de tan repetida, resulta difícil encontrarle un sentido veraz. ¿Realmente progresa?No cabe duda de que cada día disponemos de una tecnología más sofisticada, de que se resuelven favorablemente problemas antes inabordables, de que la comodidad cotidiana gana terreno aceleradamente. Sin embargo debe aclararse rápidamente que este progreso está todavía muy injustamente distribuido: existe una gran cantidad de población mundial sin acceso, ya no digamos a los avances de vanguardia, sino a servicios básicos. Por otro lado -y esto constituye un capítulo de importancia decisiva- ese modelo de progreso crea a veces tantos o más inconvenientes que soluciones: pensemos en la contaminación ambiental que se ha generado -en algunos casos ya irreparable-, o en la proliferación de armas de exterminio masivo que parece no tener fin.Y aún hay algo quizá más cuestionable en esta noción de progreso que se ha ido delineando: la idea de ser humano que lo acompaña y sostiene. Quien se acopla al desarrollo es un ‘integrado exitoso’; quien no lo hace, ‘sobra’. El “progreso” moderno nos enfrenta a un modelo que hay que seguir casi por fuerza: “El que piensa, pierde. Tenga su tarjeta de crédito y …. diviértase”.

El mensaje dominante pone el énfasis no tanto en lo humano sino en el desarrollo material; o hasta podría decirse que el desarrollo se concibe pese a lo humano. Nuestro sentido final sería ‘pasarla bien en el mundo’, ‘divertirse’. (Huelga decir que esto vale para los ‘integrados’; aunque el discurso globalizado toca a todos, apenas un pequeño grupo en el mundo puede ponerlo en práctica).

“¡Que a nadie se le ocurra sufrir!”, podría ser la consigna. Incluso la guerra puede ser un tema ‘vistoso’; bien presentado por la televisión, sin sangre, ‘vende bien’ y nadie sufre (bueno, excepto quienes reciben los bombazos; pero en general esos son los que ‘sobran’).

El arte ha sido siempre el modo más profundo, más sutil, de ahondar en el espíritu humano -y no sólo promoviendo la denuncia social que, en todo caso, es una posibilidad, pero no la única, y no necesariamente la más refinada en términos artísticos. Los artistas ‘saben’ de estas honduras del espíritu como nadie, porque tienen la capacidad (¿virtud?) de sufrir más intensamente que nadie. La obra artística transmite esa intuición genial; dice estéticamente algo acerca de lo humano con una profundidad sin par. Y lo expresa por el solo placer de gozar expresándolo. El arte no es pasatiempo; incluso no sería muy justo decir que sólo ‘divierte’. En todo caso: es bello. Dice bellamente acerca de las más recónditas profundidades de lo humano, por el solo hecho de querer decirlo – independientemente del vehículo utilizado para ello: la palabra, el sonido, el color, el diseño, el gesto. El arte también puede hacer llorar, emociona, transporta. El arte más logrado nunca puede dejarnos indiferente (no es una caricatura que se mira en la televisión cuando estamos aburridos). El arte puede expresar cosas que ni la ciencia ni la filosofía pueden hacer.

Hoy, y solidariamente con esa lógica del hedonismo no pensante, con la ética de la diversión por sobre todas las cosas, el arte está pasando a ser una especie en vías de extinción. Va siendo reemplazado -quizá nunca se logre en su totalidad … ¡esperemos!- por el pasatiempo.

El entretenimiento, el pasatiempo, ocupa un lugar imprescindible en el quehacer humano, ahora y siempre, en cualquier latitud. E innumerables acciones pueden concurrir en ello: deportes, juegos de mesa, armar castillos de naipes, coleccionar estampillas, etc., etc.

Lo remarcable de nuestra contemporaneidad es que la producción artística va cediendo terreno a una mercantilización agobiante donde lo importante es el consumidor, la diversión del que compra; y en definitiva: “el cliente siempre tiene la razón”.

Es difícil – imposible quizá – precisar cómo empieza el movimiento: o somos demasiado estúpidos y optamos por consumir cine barato de Hollywood, best sellers literarios o música pop de la que nos olvidamos cada mes esperando los nuevos hits, o hay una maquinaria infernal destinada a inducirnos a esas ‘diversiones’. O ambas cosas tal vez. ¿Por qué tienen tanto éxitos las telenovelas?

Lo cierto es que, independientemente de gustos -respetándolos todos desde ya- y de valoraciones estéticas (¿qué es más bello, una obra de Botticelli o los dibujos de Walt Disney? ¿las pirámides de Egipto o las caídas torres del World Trade Center? ¿un lamento tibetano, un concierto de Bach o el último éxito del cantante pop de moda? ¿el Kamasutra, Las Mil y Una Noches, un cuento de Kafka o algún librito exhibido en el supermercado al lado del dentífrico o las baterías alcalinas -con tapa a todo color y letras grandotas-?) va imponiéndose globalmente el hiper consumo de mercaderías estandarizadas destinadas a la diversión inmediata, no reflexiva, en la que se apela generalmente a estereotipos y esquemas prejuiciados, donde lo que menos se ve es creación profunda y sublime (aquello que se ha entendido siempre como arte), y donde lo que más cuenta es el volumen de las ventas.

No me atrevería a afirmar que el arte se está reemplazando con el pasatiempo, porque quizá la producción artística está condenada a perpetuarse (felizmente), o es demasiado llamar arte a la telenovela, la película de Rambo o la tonada pasajera. Pero lo que sí es evidente es que, de la mano del modelo de desarrollo que se ha impuesto con el triunfo -de momento pareciera casi absoluto- de la libre empresa y su expresión última: el neoliberalismo, la industria de la diversión centrada en el ‘no piense’, el pasatiempo insustancial (ejemplo: la cultura del videojuego que ya se ha generado en todo el mundo), la superficialidad llevada a niveles de sutileza verdaderamente sorprendentes centradas en la idea de cliente al que hay que satisfacer, todo esto pareciera ir marcando un camino del que no será nada fácil salir.

De todos modos sigo siendo de los que piensan que “podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”.

http://www.lainsignia.org