¿DIOS O EL ARTE?

Autor: Pablo Blanco*
Un capítulo del libro Estética de bolsillo
Ed. Palabra, Madrid 2001.

 


La cuestión de siempre se plantea de nuevo: ¿arte solidario o solitario?, ¿Yavé o los ídolos?, ¿Dios o los dioses? Nos encontramos ante una de las ultimísimas cuestiones sobre el arte y la belleza, que no podemos obviar pues, de esta elección, depende todo, en definitiva. Sin embargo, advertimos ya de antemano que el cristianismo no propone soluciones extremas, sino que pretende unir y conciliar. Acepta todo lo bueno, bello y noble como venido de la mano de Dios. Su lógica no será la del aut aut, sino la del et et: decididamente, Dios y el arte (al igual que hemos propuesto antes arte y vida, ética y estética o arte y naturaleza).

Arte y cristianismo

Pero se podría objetar ahora: ¿por qué un Dios cristiano?, ¿no sería mejor acudir a lo que se dice sobre el arte y la belleza en otras religiones: el islamismo o el budismo, por poner un ejemplo? Podría hacerse también de este modo. Sin embargo, el motivo por el que acudimos a la religión cristiana es de orden práctico: es en este ámbito religioso donde se ha dado un mayor desarrollo del arte y un mejor aprecio hacia la belleza. Basta mirar el románico o el gótico; escuchar la música de Palestrina, Bach o Mozart; contemplar los cuadros de El Bosco, Van Dyck o Caravaggio; o leer a Cervantes, Manzoni o Dostoievski, por poner algún ejemplo. En definitiva, basta con apreciar el arte hecho por tantos cristianos en todas las artes y en casi todas las épocas.

La historia del arte ha tenido numerosos encuentros con el cristianismo, gran parte de ellos realizados con notable acierto. La fe ha sabido aliarse con el arte y encarnarse en la materia. La Iglesia primitiva acudió a las palabras y símbolos de aquel entonces para transmitir el Evangelio, creó la belleza de los himnos y decoró con profusión catacumbas y basílicas. Alguien intentó afirmar que no era bueno representar con materia a un Dios espiritual, y fue declarado hereje e iconoclasta. La Iglesia prefería seguir sirviéndose de los sonidos y las imágenes, de las palabras y la materia para transmitir la verdad que Dios había dado a conocer al mundo.

En la Edad Media, la oración se hace también música y surge entonces el canto gregoriano. La fe, el arte y la geometría construirán juntas una larga serie de catedrales por toda Europa, cuya perfección podemos admirar todavía ahora. Dante escribe en verso toda la doctrina cristiana en su Divina Comedia, y el arte sirve entre otras cosas para la gloria y el honor de Dios. En el Renacimiento y al menos en parte del Barroco este proceso alcanzará sus más altas cumbres, considerando la belleza física como un buen medio para alabar a Dios y difundir la doctrina cristiana. Praga, Roma, Toledo, Budapest, Venecia, Cracovia y tantas otras ciudades europeas y americanas están llenas de buenos ejemplos. La Iglesia seguía colaborando con el arte.

Sin embargo, según dicen los entendidos, esta santa alianza entre arte y cristianismo se irá debilitando poco a poco, sobre todo en dos frentes. El primero y más evidente será el arte sacro, que poco a poco irá perdiendo la calidad y el esplendor que se apreciaba en otras épocas. Después, los mismos artistas irán dejando por lo menos en algunos casos de ser cristianos, y esto influirá en todos los ámbitos de la actividad artística. El arte, como tantas otras realidades humanas, se ha descristianizado en gran parte.

Pero esto no debe llevar a los cristianos a la desesperanza. El mismo Juan Pablo II, avalado por su experiencia de poeta, actor y escritor de teatro, lanza un reto en su Carta a los artistas (1999) de cara al tercer milenio: «os toca a vosotros, hombres y mujeres que habéis entregado vuestra vida al arte, decir con la riqueza de vuestra genialidad que, en Cristo, el mundo ha sido redimido, redimido el cuerpo humano, redimida la creación entera». El artista puede colaborar con toda la Trinidad: continúa la Creación del Padre, redime a través de su arte con el Hijo, recibe y transmite las inspiraciones del Espíritu Santo. «La belleza salvará el mundo», concluye el Papa citando a Dostoievski. Es un buen reto para el futuro [Puede consultarse la mencionada Carta a los artistas (4 4 1999) de JUAN PABLO II, especialmente los nn. 6 12 y 14; la cita es de este último número. La novela citada de F. DOSTOIEVSKI es El idiota (III, 5). También es muy interesante la monumental obra de J. PLAZAOLA, Historia y sentido del arte cristiano, BAC, Madrid 1996].

 

Dios, arte, belleza

Pero «¿qué belleza salvará el mundo?», se preguntaba después un personaje ateo de esta novela. Antes de responder a esta pregunta, nos plantearemos otras más básicas: ¿qué verdades propone el cristianismo al arte?, ¿qué nos dice sobre la belleza? El mensaje cristiano contiene una información confidencial sobre todas esas realidades que sería imposible de alcanzar de otro modo, es decir, contando únicamente con las luces de la inteligencia o de la imaginación. Esta información confidencial la fe- nos habla de esos secretos de Dios desvelados a los hombres que, sin embargo, no irán en contra en ningún momento de lo que dicta el sentido común. Por tanto, la fe nos podrá dar también alguna luz acerca de lo que suponen el arte y la belleza en la vida de las personas. Será, pues, esta una estética con doble luz la de la inteligencia y la de la fe- una estética «mundana», humana y cristiana a la vez.

Por ejemplo, hemos hablado ya algo sobre la idea de Creación en el cristianismo, pero también podemos ver cuál será el influjo del concepto de Encarnación en los conceptos de arte y belleza. El hecho de que el Hijo de Dios asuma la carne humana, trabaje con unas manos como las nuestras y hable con nuestras palabras, revolucionará toda la vida humana y, por supuesto, también el arte. Es algo que nunca podría haber imaginado ningún artista o filósofo. En primer lugar, porque la materia creada por el mismo Dios será redimida y elevada también por Jesucristo, al asumirla en su persona. Por eso, un autor contemporáneo ha hablado del «materialismo cristiano» [J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones (1968), decimosexta edición, Rialp, Madrid 1988, n. 115.]. Jesús dignifica además el trabajo manual al hacerse artesano, y no estaría de más pensar que haría bien su trabajo, que lo acabaría con perfección y belleza. Bene omnia fecit: «todo lo hizo bien», resume Marcos hablando de su vida (7,37); ¿no sería lógico pensar que también hizo todo con belleza: pulchriter omnia fecit?

Por ejemplo, se ha discutido sobre cómo sería la presencia física de Jesucristo. Algunos, para subrayar la belleza y sublimidad de la doctrina que predicó, afirmaban que «su rostro no era hermoso». Otros, por el contrario, sostienen que Él es el más perfecto entre los hombres y que, por tanto, poseería también belleza física; de hecho, los salmos lo definen como «el más hermoso entre los hijos de los hombres» (44, 3). Las multitudes y los niños se sentían atraídos por el Maestro. Podemos verle caminar por los campos y ciudades de Judea y Galilea con elegancia y buen porte. Jesús tampoco dudó en hacer uso de la poesía y las palabras de los hebreos de aquella época. No despreció nada humano y noble.

Sin embargo, también Jesucristo nos da a entender que no es esta la belleza más importante y duradera. Por eso, en la Pasión pierde toda esa belleza externa hasta el punto de que «no hay en Él parecer ni hermosura que atraiga las miradas ni belleza que agrade» (Is 53, 2). Según Lucas, Jesús habla de su Pasión antes de la Transfiguración: la manifestación de la belleza divina de Cristo viene precedida del anuncio de que va a perder toda su belleza física (9, 22 ss.).

Cuando los griegos tenaces buscadores de la belleza- van a escuchar a Cristo, Él les habla de cómo el grano de trigo ha de morir para ser fecundo, para poder tener una hermosa descendencia (Jn 21, 12 ss.). Nos está hablando, pues, de una belleza que nunca se marchita. El cristianismo habla de la dignidad de la materia y, sobre todo, de nuestro cuerpo, pues con él resucitaremos. Sin embargo, no nos podemos quedar en las bellezas de este mundo, sino que hemos de aspirar a otras mejores y más duraderas. En algunos países latinoamericanos dicen «hermoso como un cristo»: han entendido esta profunda realidad. Es esta la belleza que salvará el mundo.

También un cuento popular nos habla de la belleza de la cruz (que nada tiene que ver con el masoquismo: no es esta repetimos un placer o una belleza física que se pueda captar por los sentidos). Dice algo así: el petirrojo era un pájaro gris y vulgar, tan solo adornado con unas plumas descoloridas en sus alas y en su pecho. Un día, Papá Petirrojo se dirigía de vuelta al nido, con una miga de pan en el pico cuando, de repente, oyó un gran tumulto. Se volvió y vio a unos hombres enloquecidos que gritaban a un pobre reo de muerte. Se acercó a observar por curiosidad, y pudo apreciar en la mirada del preso perdón y súplica. A pesar de ser un pájaro, se quedó conmovido.

Ahora clavaban a ese hombre, entre las babas y los insultos de la concurrencia. El condenado a muerte dejaba hacer, mientras seguía con esa extraña mirada de perdón. Lo alzan en la cruz y comienza una lenta agonía por asfixia. El petirrojo se acercó más al reo sin saber qué hacer exactamente.

Sácame una espina escuchó de repente.

El pájaro no salía de su asombro, pues podía entender a aquel humano.

Sácame una espina repitió.

No sabía qué hacer. Se quedó quieto, miró alrededor y, al final, se decidió: soltó la miga de pan que llevaba en el pico, agarró una de las espinas con todas sus fuerzas y, con gran peligro de su vida, se la arrancó. Salió despedido por los aires y perdió el control; hizo lo que pudo: un picado y un tirabuzón y, por fin, remontó el vuelo. Soltó la espina y llegó al nido sin comida. Esto le contrarió en gran manera a Mamá Petirrojo.

Además, mira cómo te has puesto: ¡vas todo lleno de sangre!

Era verdad: en el pecho llevaba una inmensa mancha de sangre de reo. Fue volando al arroyo y allí intentó quitársela. Nada; no se iba. Volvió a intentarlo una y otra vez hasta quedar totalmente empapado. Imposible: aquella hermosa mancha roja persistía. Y así quedó el petirrojo, y con esa mancha nacieron sus hijos. Desde entonces, según cuenta la leyenda, todos los petirrojos lucen un bonito pecho colorado.

 

Gloria

Como se ve, en la presente teoría caben el placer, el dolor y la gloria. Estética, ascética y mística pueden darse juntas, y no será difícil pasar de la experiencia estética a la mística y a la oración, o descubrir la belleza en el dolor: en ese dolor resucitado y convertido en belleza. Es esta la belleza que salvará el mundo, decíamos, en la que cabe tanto el placer como el dolor. No olvidemos que, después de la cruz, viene la resurrección, y la belleza conquistada a partir de entonces será eterna.

Jesucristo es la belleza muerta y resucitada. La luz del domingo por la mañana ilumina el terrible misterio de la cruz. El ángel que se apareció a los guardias tenía aspecto de «relámpago», «sus vestidos eran blancos como la nieve» (Mt 28, 2). Cristo emanará una luz todavía mayor: «Y la ciudad no necesitaba sol ni luna, pues la iluminaba la claridad de Dios, y su lumbrera era el Cordero» (Ap 21, 23). Es la belleza de la resurrección, la luz y el esplendor de la gloria.

También el Espíritu Santo tendrá que ver con la belleza, y no sólo porque las tres Personas de la Trinidad sean la Belleza suma. La tradición cristiana siempre ha afirmado que su presencia en nuestras almas las embellece de un modo inefable, indecible, como si de una transfiguración se tratara. La gracia es una luz que traspasa el alma y la transfigura, dándole una hermosura que jamás podría haber tenido por sí misma: una belleza que sólo puede dar Dios. Es la belleza de los santos y de sus vidas. Por el contrario, el pecado presentaría todo un mundo de fealdad y caos: «más feo que un pecado», decía mi abuela con su alta teología del pueblo.

Así, por ejemplo, la Virgen María ha sido definida de igual modo como la tota pulchra, la totalmente hermosa. Esta criatura humana tan especial ha sido también propuesta como modelo de belleza, no sólo física como se puede advertir en tantas representaciones artísticas de todas las épocas , sino sobre todo espiritual. Es un modelo de belleza femenina mucho mayor que la de todas las dianas y venus posibles. María es la obra maestra de la Creación.

«Hermoso como un ángel», dice el sentir popular. Es cierto que Lucifer era el más bello, y que después abandonó a Dios. La belleza luciferina puede ser arrebatadora. Pero también es indudable que ángeles y arcángeles, querubines y serafines, tronos y dominaciones con su belleza inmaterial constituirán en el cielo todo un espectáculo de luz y música (en la Escritura se habla también de ángeles músicos y cantores), que superarán en belleza al ex principal de los ángeles.

También las vidas de los santos nos atraen igualmente por la belleza que desprenden, y por la luz que Dios ha puesto en sus vidas. Los coros celestiales integrados por ángeles y santos cantarán «divinamente», «como los ángeles», todos a una. Aquello será la gloria, en todo su esplendor.

El cielo cristiano constituirá de este modo todo un espectáculo de belleza; y habrá en aquel momento «un nuevo cielo y una tierra nueva» infinitamente más hermosos que los de este mundo (Ap 21, 1). Nuestros cuerpos gloriosos y resucitados tras la muerte alcanzarán entonces una belleza muy superior a la que hemos tenido en vida. Por si fuera poco y a pesar de ser inimaginable, contemplaremos la mayor beldad posible: veremos a Dios, la Suma Belleza, cara a cara, por toda la eternidad. Por eso, los cristianos estamos llamados a la belleza, a la Belleza más total y absoluta.

Un enamorado de la vida que entendió esto hasta sus últimas consecuencias fue Agustín de Hipona. Artista y poeta convertido al cristianismo, se remontó de las palabras a la Palabra, y de las bellezas efímeras a la Belleza eterna. Este hallazgo le hizo escribir al final de su vida: «¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado!». Por fin encontró esa anhelada belleza total. Más vale tarde que nunca. Nunca es tarde si la dicha es buena.

[La cita de AGUSTÍN DE HIPONA es de Las Confesiones, 10, 27, 38. También se puede ver: JUAN PABLO II, Carta a los artistas, nn, 1, 5, 10 y 14-15; H. U. VON BALTHASAR, Gloria: una estética teológica, siete tomos, Encuentro, Madrid 1985-1998; R. HARRIES, El arte y la belleza de Dios (1993), PPC, Madrid 1995; A. Ruiz RETEGUI, Pulchrum. Reflexiones sobre la belleza desde la antropología cristiana, Rialp, Madrid 1998, pp. 73-99; C. M. MARTINI, ¿Qué belleza salvará el mundo?, Verbo Divino, Estella 2000.]

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*En Pablo Blanco, Estética de bolsillo
Ediciones Palabra, 
Colección Albatros, Madrid 2001
Edición electrónica de Arvo.net

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