El fantasma en la obra artística

Por Norma E. Alberro

La obra literaria o pictórica no es el fantasma, ella lo sobrepasa ampliamente. Participa -al mismo tiempo- del mundo interno del sujeto y de la realidad externa. Se puede decir también que ella, la obra, es un “pretexto” para el fantasma, permitiendo que el deseo se conjugue, públicamente, culturalmente.

Entrelazando de manera notable, lo sagrado, lo prohibido, la transgresión y la muerte, alrededor de ese eje pivote que constituye la “pulsión escópica”, ciertas producciones artísticas hacen del “objeto del deseo” por excelencia, el “sujeto de la obra”, tales por ejemplo: La bruja de Michelet (1), las pinturas de Delvaux o los textos licenciosos de Bataille (2).

Es suficiente con reemplazar la imagen de la criatura descarnada y lívida, vestida con harapos y cabalgando sobre una escoba; por la desnudez de un joven cuerpo femenino de formas generosas, bailando con la muerte, entregándose al sacerdote o dando su seno al diablo, para obtener La bruja tal como la dibujó Martín Van Maele para ilustrar la obra de Jules Michelet. “En la palabra bruja  -escribió este último-, vemos las espantosas viejas de Macbeth. Pero sus crueles procesos enseñan lo contrario. Muchas de ellas perecieron porque eran, precisamente, jóvenes y bellas”. Estas palabras de Michelet nos revelan con claridad que lo que fue juzgado herético y subversivo al final de la edad Media, es el deseo mismo. En este libro escrito en 1861, el historiador romántico rehabilita la bruja y hace su apología. Ella es la gran consoladora, “la única médica del pueblo durante mil años”. Ella tira la suerte, presagia, engendra; en una palabra es una mujer. En estas páginas magníficas, más allá de la compasión y de la devoción, a través mismo de la idealización de una Mujer-Naturaleza opuesta en su eternidad a la historia fugaz, es el Michelet voyeurista que nos habla y nos embruja a causa de lo que Roland Barthes llamó su “erótica de la videncia” (3).

“Creería voluntariamente que el Sabat, en su forma de entonces, fue la obra de la Mujer, de una mujer desesperada, tal como la bruja era en ese entonces. Ella ve, en el siglo catorce, abrirse delante de ella, su horrible carrera de suplicios, trescientos años, cuatrocientos años iluminados por las hogueras! La novia del Diablo no puede ser una niña, hace falta treinta años, la figura de Medea, la belleza de los dolores, el ojo profundo, trágicamente febril. El altar, la hostia aparecen. ¿Cuáles? La Mujer, ella misma. De su cuerpo postrado, de su personalidad humillada, de la vasta seda negra de sus cabellos perdidos en el polvo, ella (la orgullosa Proserpina) se ofrecía. Sobre su espalda un demonio oficiaba, decía el Credo, realizaba la ofrenda”. (4)

Veamos ahora, los cuadros de Paul Delvaux. Están habitados por mujeres desnudas, bellas y deseables, inalcanzables dada su postura fija, el vacío de sus miradas, su lejana presencia a pesar de aparecer en primer plano. Los hombres que la cortejan, parecen ignorarlas, sumergidos en la lectura de un diario, discutiendo entre ellos, se ocupan de otra cosa, como el personaje verniano, el profesor Otto Lidenbrock, del libro “Viaje al centro de la tierra” dibujado por Riou para las ediciones Hetzel y que Delvaux reproduce en varios de sus cuadros. Un Lidenbrock miope, anteojos sobre la frente, absorbido por los caracoles fósiles que tiene en su mano y que observa. ¿Distracción de sabio o ceguera ante el deseo? En la obra de Julio Verne, el profesor Lidenbrock no llegará a elucidar el pergamino que le dará acceso al centro de la tierra, a pesar de todo sus esfuerzos y su saber sobre las diferentes posibilidades de descifrar un mensaje codificado. Es su sobrino que por casualidad, descubrirá la clave. Este joven trata de escribir un texto en mensaje codificado conteniendo su amor por la alumna de su tío, pero éste no presta atención a esta declaración de su sobrino. El mensaje enigmático había que leerlo simplemente al revés: comenzando por la última letra para llegar a la primera.

En los cuadros de Delvaux aparece otro personaje verniano: el astrónomo Héctor Servadac. No es porque trate de ver lo más lejos posible que este astrónomo llegará a leer Servadac al revés. Es la muerte la que se oculta como enigma en este nombre, comenzando por la última y terminando por la primera aparece la palabra cadáver.

Ambos personajes: el filósofo y el científico son ciegos al deseo. Ni la filosofía ni la ciencia pueden dar cuenta del enigma del deseo, por temor de enfrentarse con la incandescencia del deseo al que prefieren ignorar o mirar de soslayo.

El cuadro “El museo Spitzner” nos muestra un esqueleto, un hombre sin piel con sus músculos al descubierto, una mujer sentada, y en el centro, la histérica de Charcot con los senos descubiertos. A un costado están los hombres vestidos con traje y corbata y un adolescente desnudo que representa al autor. Ahora bien, ¿estos hombres, miran a estos personajes?, no parece seguro afirmarlo.

Repetidamente en Delvaux las mujeres se ofrecen como regalos, con “moño rosa”, pero las miradas van hacia otro lado, algunos parecen mirarlas de manera extraviada.

El fantasma central podría formularse en forma de negación: ”no se mira”.

El Psicoanálisis investiga el deseo pero no lo mira de frente, solo es capaz de escucharlo en sus manifestaciones inconscientes. El deseo es como el sol, no se lo puede mirar de frente, porque hiere y lastima.

Michelet y Delvaux son evocados como ilustración del fantasma en tanto que mirada oblicua sobre el deseo, puesta en escena del deseo y de su prohibición, suspensión y permanencia de ese deseo por la belleza o la poesía del objeto, en este caso, de la mujer que se vuelve “icono…cosa de belleza, ser aparte por su belleza misma” (5).

La belleza mantiene el sujeto a distancia, lo mantiene, entonces, como sujeto deseante. “Bello, no tocar”, resume Lacan que subraya también que el pintor “invita a aquél a quien el cuadro le es presentado, a deponer su mirada, como se deponen las armas” (6).

Sin embargo, lo que en La bruja de Michelet y en las pinturas de Delvaux abre la vía del fantasma no es solo la belleza, sino –por medio de la mirada evitada- la sugestión de la belleza ultrajada, de la transgresión: novia del diablo, mujer-altar, mujer-hostia, según las palabras de Michelet. La fascinación de la obra consiste precisamente en mantenernos al borde del fantasma.

Pero esta fascinación puede también provenir de una cierta precipitación en el fantasma como es el caso de los textos de Georges Bataille, que comparados con las obras anteriores observamos que pasa de un erotismo de la retención a un erotismo del consumo en donde el interés está centrado en la función del ojo en el fantasma. Si Bataille asocia íntimamente el ojo, el huevo, los órganos genitales, el sol, la orina y la sangre, es porque los liga al recuerdo de la extirpación de un torero en el medio de una arena bañada de sol y al de los ojos blancos de su padre ciego en posición de orinar. Ojo de la conciencia, ojo de la policía, mal de ojo, ojo por ojo… el ojo símbolo de la amenaza y de la castración…. Si el padre es ciego, ¿el objeto del deseo continua siendo inaccesible? Delante del ojo blanco del padre, ¿cuántas transgresiones podrían ser fantaseadas?

Fantasma sugerido o exceso de fantasma, fascinación de la belleza o de lo impúdico, la obra de arte es un engaño que nos permite acercarnos o alejarnos ante la insoportable visión.

Borges, otro ciego, escribía: “ Yo, de niño, temía que el espejo me mostrara otra cara o una ciega máscara impersonal que ocultaría algo sin duda atroz” (7).

En efecto, la obra de arte solo puede ser espejo de nuestros fantasmas, si y solo si, ella es también, recubrimiento, ocultamiento.

El mail de la autora es normalberro@hotmail.com

Bibliografía

(1)  Michelet J., La sorcière, Paris, Jean de Bonnot, 1987.

(2)  Bataille G., Histoire de l’oeil, París, Union Générale de Editions col. 10/18, 1977

(3)  Barthes R., Michelet, París, Seuil, 1988

(4)  Michelet J., La sorcière, Paris, Jean de Bonnot, 1987. Cap. XI

(5)  Sojcher P., Paul Delvaux, Ars Mundi, 1991

(6)  Lacan J., Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, París, Seuil, 1973

(7)  Borges J.L., El espejo” en Historia de la noche, obras completas, Vol. II Emece editores, Buenos Aires, 1989

Tomado de:

http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=3452

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