The death of the curator

El sheriff de chocolate se llevó muchos aplausos

Por Gibrann Morgado

La curaduría se ejerce como un puesto político-pedagógico, un dispositivo narrativo y una tentativa que mide dividendos; es un quehacer que se despliega en medio de esferas de conflicto donde se superponen las exigencias institucionales, los requerimientos comunicacionales y la ilógica del mercado. ¿Podemos hablar de todo ello en pretérito?

Diagnosticar muertes se ha vuelto una práctica perentoriamente snob: la muerte de la crítica, la del autor, de la pintura, la del arte, de la ciencia política, de la inteligencia de los artistas contemporáneos (ésta en algunas ocasiones raya en lo irrefutable), etcétera. Declarar el ocaso de complejos fenómenos con la mano en la cintura es fácil de hacer. Y ahora que abundan las actas de defunción del arte (que también pueden ser falsificables), es aún más sencillo elaborar ejercicios de estilo en tono tanatológico.

La táctica de matar entes abstractos también es efectiva, sobre todo cuando lo que se mata tiene tantas vidas como un avatar de videojuego. Lo que es cierto es que las petit mortes embelesan el ojo hasta del público más carente de morbo o de la prensa artística que escruta la novedad y el escándalo farandulero.

Las muertes en el arte son probablemente las más inofensivas, abundan los forenses y escasean los muertos.

En el número 58 Art Lies, bajo la edición de Anjali Gupta, dedicó casi la totalidad de sus contenidos a planteamientos poéticos más que literales; su título fue “The Death of the Curator. A Forensic Analysis of Curatorial Practice”.1 El título entusiasma y los contrastados puntos de vista aún más, pero la publicación de Houston en general se sitúa cerca de los peligrosos terrenos del spotismo ilustrado.

Art Lies, en gallardo contubernio con Guest Editorial Contributor, enuncia: “Esto no es un golpe de Estado, apenas una modesta propuesta”. El punto de arranque es la “zombificación cíclica” en la que está inmersa la figura del curador. La curaduría se ejerce como un puesto político-pedagógico, un dispositivo narrativo y una tentativa que mide dividendos. Es un quehacer que se despliega en medio de esferas de conflicto donde se superponen las exigencias institucionales, los requerimientos comunicacionales y la ilógica del mercado.

Podemos afirmar que las “prácticas curatoriales” fueron discretas a lo largo de la historia del arte, emparentadas con la conservación y gestión de las colecciones.

“En principio, esta situación está asociada con la aparición de los museos modernos a finales del siglo XVIII, como medio para la preservación, el estudio y la exhibición de obras, objetos, especímenes y documentos de interés científico, histórico y estético. Tal propósito generó la necesidad de establecer pautas para la clasificación y el ordenamiento de las colecciones de manera que éstas pudieran presentarse de manera coherente y legible. En ese momento se produjo un desplazamiento “de la museología de la vista a la museología del discurso”.2

Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX el comisario se desempeñaba en labores más próximas a las museológicas y museográficas, de las cuales después cobró autonomía. Trató de reelaborar, reescribir y otorgarle supuesta nueva significación a partir del cruce disciplinario a las narrativas cotejadas del arte desde la óptica de sus presupuestos teóricos e históricos.

(Disculpen lo didáctico de estos tres párrafos anteriores, pero son para quien no está familiarizado con el tema.)

Además de instalarse en su vanidad discursiva para justificar cierto tipo de arte e ignorar otro, obedecer a camarillas culturales, peregrinar de la verborrea a la coprolalia retórica a la hora del “discurso”, ponerse creativos haciendo museología autocomplaciente y catálogos colmados de narcisismo, chorizar en lugar de teorizar, parafrasear mal a Derrida, estar en onda, asimismo instituyen el estrato privilegiado de DJ de todos los productos y procesos culturales a su alcance.

Pero ¿es realmente valiosa su aportación al arte? Es decir, aparte de lo mencionado, ¿tiene verdadera importancia más allá de la que se le da? ¿Deben desaparecer los artistas si los curadores hacen  el trabajo y hay sobreproducción visual e infraproducción de sentido? ¿Un gestor cultural puede prescindir del comisariado, al menos de su faceta reciente: de depredación  agente-visor de futuras estrellas marketeables? ¿Es valiosa su reciprocidad de caciquismo maternal para con los artistas que entregan la capacidad de disertación como si fuera la papa caliente? ¿O el trinomio artista-curador-institución es una relación parasitaria? Esas preguntas deben hacerse los artistas en particular y los actores de la cultura en general si es que se quiere purgar “el mundo del arte” o al menos soslayar que los intereses corporativo e institucional no obstaculicen, que apoyen al compartir el pensamiento y el arte, pero no de forma despótica como es su insana costumbre.

La fórmula feudal vigente se expresa en el estado de cosas, el cual nos hace dudar de que ser curador sea tácitamente una postura crítica, sobre todo cuando se acomoda bajo el régimen del star system como el que retrata David Levi Strauss en su ensayo The Bias of the World: Curating after Szeemann and Hopps a manera de manual del estilo pablohelgueraniano, en que no queda muy claro si la totalidad del libro es un sarcasmo o es literal. Y qué decir de que las “posturas políticas” de los comisarios que son subversivas en la palabra y dóciles en la práctica.

El poder de la crítica no se colapsó, pero con su debilitamiento tampoco “regula” el abuso del personal intelectual de las empresas culturales, quien tomando molde de figura autoritaria o bien de víctima del “sistema” se aglomera en una suma de individualidades que coquetean con la efigie y el carácter de sindicatos dentro de las instituciones chupando recursos a lo grande.

En el contexto reciente de Fetiches críticos. Residuos de la economía general, en una muestra de sagacidad más o menos afectada, el connotado crítico y curador mexicano invitado a Madrid, Cuauhtémoc Medina, no duda al expresar una romántica actitud outsider de aparador del tipo fuck the system probablemente siguiendo el espíritu del suceso:

“No apelamos a ninguna comunidad racional, no creemos que se obtenga ventaja de mostrar el dolor que produce el sistema, eso se ha demostrado inoperativo […] así que mostramos la realidad del sistema deformada para mostrar que la realidad del sistema es la propia deformidad”.3

Sigue intacta la paranoia de que los curadores con sus “teorías” (que no son suyas propiamente) han suplantado al arte y la impotencia de los artistas, a los que por autistas se les olvidó cómo saber expresarse verbalmente sobre su propia creación; la cuestión es que si Baudrillard lo dijo así en “el Compló del Arte” (mundo del arte ≠ el mercado del arte) entonces hay que angustiarnos y plantarnos en el terreno de los juegos de simulaciones mercantiles y la exageración.

La usurpación es en este caso, digamos, un mal (trámite) necesario.

La curaduría en un estadio más eufemista también se refiere a generar prácticas creativas; más sinceramente a trazar jerarquías en un organigrama de la burocracia cultural aunque se trate de “curadores independientes”.

El curador pasó de ser una figura intermediaria para la solución de problemas prácticos a convertirse en generador de conceptos, promotor de estilos, así como adulador de las políticas culturales del ex presidente Carlos Salinas. En los años noventa ocurrió el mayor impulso a la curaduría en México. Carlos Aranda cuenta:

“Los curadores de los museos nos dimos a la tarea de buscar los códigos culturales de nuestras comunidades; entonces, nos convertimos un poco en intermediarios, educadores, artistas, formadores de gustos y eso permitió que la oferta cultural se expandiera mucho más, al mismo tiempo que se profesionalizó la práctica museográfica; es decir, se estandarizó a nivel internacional la presentación de las exposiciones. Para 1997 ya había 14 o 18 curadores, en el año 2000 ya había 40 y ahora, entre los curadores que se han formado de manera autodidacta como Guillermo Santamarina o a través del programa Teratoma formado por Cuauhtémoc Medina y Olivier Debroise, tenemos una población más generosa de curadores”.

En términos de una respuesta conexa, Julieta Aranda, quien originalmente ideó el tema (THE DEATH OF THE CURATOR) en Art Lies y lo ha llevado a e-flux a través de su obra, presentó un video que le dio un giro al contexto de una curaduría ejemplar y la más interesante en mucho tiempo en las exposiciones que he visto, la de Willy Kautz en Yo uso perfume para ocupar más espacio. Con ello y el resto de la exposición pasaban a cuchillo el staff y el libreto del arte contemporáneo. La insistencia en cuestionar la curaduría y tratar de mudarla a otras perspectivas o de plano deshacerse de ella con todo y sus tics ha sido patente en los textos y algunas obras de Aranda, así como del trabajo de Kautz. Predicar con la palabra es mucho más fácil que llevarlo a la práctica; Aranda es una artista que se las ha visto arduas si de praxis hablamos.

En fin, cada exposición supone una genealogía distinta —a veces caprichosa a veces arrogante a veces coherente— donde las mismas obras pueden significar cosas diferentes, y también penosamente tienen grandes probabilidades de terminar siendo “colgadurías” y “decografías”.

Recientemente en una exhibición en el Museo Universitario de Ciencias y Artes Roma [en la Ciudad de México] titulada Trópico Estoico, se hablaba de prácticas anticuratoriales, ironizando sobre el declive del curador. Una práctica realmente anticuratorial no es necesariamente que los artistas piensen como curadores independientes, autogestionando todas las instancias desde la creación hasta la exhibición, porque se está hablando entonces de reasignar tareas posteriores al trabajo de las piezas. Sin embargo, la curaduría, en lugar de desaparecer, mejor debería concebirse de manera radicalmente distinta del juego al manager que es hoy.

La labor curatorial le teme más a salirse de sus axiomas que desaparecer e ignorar la posición de poder de discriminar, seleccionar, omitir y narrar. A fin de ofrecer un estudio post mortem, la necropsia de la figura del curador es tan auténtica como la jovialidad de un museo. La curaduría no es la causa del “malestar del arte contemporáneo” —quién sabe qué es eso—, pero si esa generalización fuera confiable, sin duda sería sólo un achaque.

Si mis argumentos les parecen débiles vean, investiguen; no es difícil darse cuenta de que la gestión cultural, el reclutamiento de curadores y su formación poco se distingue de las carreras en mercadotecnia u otras igual de emprendedoras; mientras que la historia del arte y la teoría tienen un lugar muy secundario y esa laguna se hace palmaria en sus comisariados llenos de poesía.

Hagan un balance. Sin ir tan lejos, pueden revisar ejemplos como el desperdicio de los ya de por sí exiguos fondos en el cyberlounge del museo Tamayo [Ciudad de México] que duró escaso tiempo en el espacio físico del museo y que ahora tiene un archivo en red. No es nada personal, Arcángel Constantini no es culpable ni me refiero a su trabajo, que suele ser mordaz, inteligente y diferente, pero aquí se trata de quienes destinan recursos a curadurías freelance que no tienen mayor repercusión en la apreciación del arte que exhiben.

Si la muerte del curador significa incorporar prácticas que disienten de la curatorial o democratizar la disciplina, es decir, des-elitizarla y encontrar nodos de confrontación que sean productivos de manera que no tiranicen el contacto entre el público y la cultura: que faciliten el acercamiento del arte a la población en verdad marginada y mandar a los jóvenes posmo por un tubo, entonces no le hago feo a la idea de poner a esas formas curatoriales feudales un definitivo R.I.P. ®

Notas
1 “The Death of the Curator: A Forensic Analysis of Curatorial Practice”, Art Lies, No. 59, otoño de 2008.
2 Georges Henri Rivière, La museología. Textos y testimonios, Madrid: Akal, 1993.
3 Sergio Fanjul C., “El arte contra el sistema”, El País, 09/06/10; http://www.elpais.com/articulo/madrid/Arte/sistema/elpepuespmad/20100609elpmad_9/Tes
4 Carlos Márquez F., “El curador es un servidor público tan importante como lo es el bombero, afirma Carlos Aranda”, La Jornada Michoacán, 05/06/08.

http://revistareplicante.com/artes/arte/the-death-of-curator/

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