La perla peregrina

24/03/2011

Por Pedro García Martín



Durante muchos siglos se creyó a pies juntillas que las piedras preciosas eran engendradas en el seno de la tierra por el sol. En los tratados sobre los minerales, intitulados Lapidarios, desde Plinio el Viejo hasta Alfonso X el Sabio, se daba por sentado que el astro rey y las potencias del universo, insufladas por voluntad divina, acrisolaban por arte alquímico piezas eternas prestas a ser labradas por manos maestras de artesano.

Estas gemas, transformadas en símbolos mágicos y amuletos curativos, se incorporaron al patrimonio de los reyes como las joyas de la Corona. Unas alhajas que sólo escapaban a la cárcel de su joyero para ser exhibidas en los escotes soberanos cuando lo exigía el protocolo. Unos atributos excelentes que en el mundo contemporáneo pasarán a compartir las damas de la alta sociedad y aún las estrellas de cine.

Entre ellas brillará con luz propia la perla llamada La Peregrina, inseparable de la actriz Elizabeth Taylor en los actos de gala desde hace cuatro décadas, cuya naturaleza ha sido objeto de debate entre los especialistas. Porque las piedras preciosas, como los seres humanos, tienen su propia biografía y hay tramos de su existencia en los que se pierde su rastro para reaparecer con una identidad cambiada.

Tal ha sido el caso de La Peregrina, nombre que no deriva de su ajetreado viaje histórico de mano en mano, sino de las acepciones de “extraña, especial, rara o pocas veces vista” y “adornada de singular hermosura, perfección o excelencia”, contempladas por nuestro diccionario de la lengua. Porque esta perla pescada en aguas caribeñas de Panamá en el siglo XVI, en una actividad de riesgo para le época que se llevó la vida de muchos buceadores, entre ellos un hijo de Lope de Vega, tenía la forma caprichosa de una lágrima, sobre la que se engastó “una cúpula de bola de óvalo, toda de brillantes y calada, teniendo en el medio, una faja de oro con letras esmaltadas de negro que dicen: “Soy la Peregrina”.

La pieza fue ofrecida a Felipe II por el Alguacil Mayor de Panamá, a la sazón don Diego de Tebes, siendo tasada en aquel momento en 58,5 quilates y prendida de un broche al que se añadió el diamante llamado El estanque. Los historiadores la hemos contemplado, muchas veces sin reparar demasiado en su valor crematístico, pintada en numerosos retratos cortesanos de la familia real de los Austrias: sobre el brocado de amazona de la reina Margarita de Austria; asida al sombrero de su esposo Felipe III; luciendo sobre el pecho de la soberana Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, etc.

Pero esta pieza decorativa que dormita en muchos cuadros del Museo del Prado inició una vida errante y enigmática a raíz de la invasión napoleónica de 1808. Puesto que José Bonaparte rapiñó todas las joyas de los Borbones, entre ellas la fabulosa Peregrina, que, tras pasar por manos del futuro Napoleón III, fue dada por desaparecida, hasta que, según un estudio de Fernando Rayón y José Luis Sampedro, la prenda fue vendida en 1917 al multimillonario Judge Geary por la joyería londinense R. G. Hennell&Sons.

El caso es que, como correspondía a los preciosos regalos que se obsequiaron unos amantes tan apasionados como Marco Antonio y Cleopatra, el 23 de enero de 1969, el actor Richard Burton adquirió a través de su abogado el lote 129 de la galería Parket Bernet con La Peregrina por la cantidad nada desdeñable de 37.000 dólares (2.590.000 pts. de entonces). Y con motivo del 37 cumpleaños de su esposa, Elizabeth Taylor, se la regaló el 27 de febrero.

De inmediato, el jefe de la casa real española, el duque de Alba, convocó una rueda de prensa en el exilio de Lausana para desmentir la autenticidad de la perla subastada en Nueva York y afirmar como única verdadera que obraba en poder del Conde de Barcelona y que hoy luce en ocasiones especiales la reina Doña Sofía. Desde entonces, la polémica en torno a la auténtica Peregrina no ha dejado de crecer, y, a buen seguro, renacerá entre los gemólogos a raíz del fallecimiento de la actriz. Pero quizás lo que viene a cuento es que la perla favorita de Liz Taylor seguirá evocando sus orígenes estelares, colgada de otros cuellos, sedente sobre otros bustos. Porque, como pensaba el citado Plinio, de todos los artículos de lujo, los perfumes pierden enseguida su fragancia, las ropas se ajan y pasan de moda, “y fallecen tan pronto como se utilizan”. Pero sólo las joyas permanecen al pasar a los herederos.

La alhaja soberana de Cleopatra seguirá, pues, alimentando su leyenda de Peregrina, porque aquella mujer a la que embellezca no podrá evitar que siga evocando a la actriz de los ojos violetas. Las joyas de cristal que engalanaron a una mujer engendrada por un sol de celuloide.

 

Tomado de:

http://www.elcultural.es/galerias/Galeria_de_imagenes/0/cultural/portada

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