Del Suicidio considerado como una de las bellas artes

Por:Antonio Priante

Para empezar por el principio, que es lo que se suele hacer, debería primero definir el suicidio, a continuación recordar los suicidios más famosos de la historia y luego analizar algunos de éstos y también algunos de los que se producen en nuestros días, para finalmente destacar los rasgos esenciales de todos ellos y concluir que, efectivamente, el suicidio es una de las manifestaciones más altas del arte universal.
Pero no voy a entretenerme en la definición, porque, cuando todo el mundo sabe de lo que se está hablando, como es el caso, las definiciones son ociosas, y a veces engañosas, y los definidores una especie de maniáticos que disfrutan con los distingos y los matices, como el bueno de Durkheim, que se podía haber ahorrado un montón de páginas diciéndonos al principio lo que de todos modos nos quería decir.

Superada la definición, toca ahora abordar lo histórico, es decir, como antes he apuntado, el elenco de los suicidios más famosos de la historia. Pero también aquí hay un problema, como en el caso de la definición, aunque de muy distinta naturaleza. Y es que una exposición que realmente se atenga al orden cronológico de los hechos exige empezar por el primero. Y el primero…no sé si me atreveré a decirlo…el primero de todos los suicidios en el tiempo fue una cosa tan…enorme, tan increíble que no me siento capaz ni siquiera de enunciarla. Quizá después de muchas palabras y bastantes páginas haya hecho acopio del valor necesario, pero de momento, no; ahora mismo me siento impotente ante la magnitud del hecho aludido.


Así que habrá que seguir otro camino. O ninguno en absoluto. Porque esto es un ensayo, creo, y desde Montaigne es bien sabido que el ensayo carece de una estructura rígida y compartimentada, que no es como el edificio de una novela o de un tratado científico, con sus capítulos, parágrafos numerados, personajes, historias, tesis o argumentos que se encadenan y se apoyan unos a otros de manera que el menor fallo de coordinación puede causar una catástrofe. Esto es un ensayo, y el ensayo es el reino de la libertad. Es cierto que, desde el punto de vista del lector, puede ser el reino de la confusión. Espero que no sea éste el caso.

Pero hay una cuestión previa que deseo abordar antes de entrar en materia, y es la posible conveniencia o disconveniencia de tratar de un tema tan grave con la frivolidad propia de la literatura no científica ni filosófica. El título mismo parece toda una provocación. No es ésta mi intención. Sí que es una voluntaria paráfrasis del título de la obra de un escritor inglés tan exquisito como poco conocido por nuestras tierras. Su ensayo Del asesinato considerado como una de las bellas artes es una obra maestra del humor (lo que no tiene mucho mérito siendo el autor británico) y, que se sepa, no incrementó ni en un guarismo el censo de criminales del Reino Unido. He de reconocer que yo aspiro a un éxito semejante.

Es verdad que el ser humano, al igual que el cordero, es de naturaleza mimética y que el simple hecho de hablar del suicidio puede incrementar el uso de este arte, del mismo modo que, según dicen, el simple hecho de que un actor aparezca fumando en escena incrementa el consumo del tabaco, razón por la cual han sido suprimidos los fumadores públicos, incluso después de muertos, como es el caso de Sartre, que apareció en una famosa foto sin el cigarrillo que sostenía en la original. La manipulación de las fotos ha sido una de las debilidades del poder. Es famosa la desaparición de Trotsky de una foto en la que figuraba cerca de Lenin, desaparición debida al poderoso Stalin, quien, no contento con eliminarlo en imagen, consiguió finalmente su eliminación física.


Decía que existe el temor de que, hablando del suicidio, se favorezca su extensión. Pero yo no lo creo, o más bien creo que según y cómo. Una obra de arte que ponga al desnudo los estremecimientos del alma que conducen a la decisión fatal, sí puede ser peligrosa en ese sentido, y estoy pensando en elWerther de Goethe. Pero un tratadillo como éste, un ensayo un poco sin ton ni son como el que estoy escribiendo no creo que pueda tener un efecto pernicioso…ni de ninguna otra clase. En todo caso, al poner el asunto bajo cierta luz distorsionadora y, por así decirlo, festiva, quizá se produzca un efecto beneficioso, siempre que consideremos que el no suicidio es algo beneficioso. Porque es bien sabido que la risa y la tragedia son incompatibles. Si el suicidio es una tragedia, como creo que piensa la mayoría de los mortales, la lectura de estas páginas desactivará su mecanismo de la mente de cualquier lector propicio a ejecutarlo. No era mi intención, pero incluso puedo ser un benefactor de la humanidad.

Y estas consideraciones me llevan a otras bien curiosas. He observado que el humor no sólo está reñido con la tragedia, sino también con cualquier actitud decente ante la vida, como la científica, la filosófica o la religiosa. Es preocupante esto de la religión. Pero cierto. Dígame alguien si recuerda algún hecho o dicho humorístico atribuido a Moisés, Jesús, Mahoma o Joseph Smith. Pues bien, si estas personas tan piadosas representan el sumo bien y no han tocado para nada el tema, está claro que el humor caerá del lado del sumo mal, o sea, que será algo diabólico, mefistofélico, por así decirlo. Quién sabe. Pero ya basta: por mucho ensayo que sea esto, por amplia que sea la libertad que el género permite no hay que perderse por el bosque de la digresión. Regresemos al asunto.


EL SUICIDIO EN LA ANTIGUA ROMA

Como se ve por el título de este apartado, no sólo paso por alto el hecho primero y fundacional del suicidio (como ya había advertido) sino también todo lo que las civilizaciones más antiguas nos podrían decir sobre la materia. Nada de la antigua India, ni de los sumerios o acadios o mesopotámicos, nada de los judíos ni de los fenicios ni de los egipcios, nada ni siquiera de los griegos, no obstante su gran literatura y su gran Sócrates, suicida a la fuerza. Confieso que nunca me han gustado los antiguos griegos. Toda esa proliferación de pueblos tan distintos entre sí (atenienses y espartanos, por ejemplo), todas esas historias entrecruzadas y esos mitos multifacéticos me desconciertan, francamente. Y además hay otra razón, y muy poderosa, para que prescinda de todas las civilizaciones citadas (y de otras que quizá he olvidado): la ignorancia. No sé prácticamente nada de esos pueblos sin duda apasionantes (para algunos, lo egipcio funciona como una adicción), y no voy a ponerme a estudiarlos ahora sólo para rellenar unas páginas tan prescindibles como éstas.

Roma es diferente. Roma está por encima de todo lo que le antecede y de todo lo que le sigue. Pero no quiero ponerme solemne. Baste decir que, al igual que Cicerón y Borges, yocivis
romanus sum. Y además, conozco algo de su historia y su cultura lo que me permitirá seguir escribiendo con cierta comodidad y soltura, sin tener que recurrir continuamente a internet.


Es evidente que en la antigua Roma, como en ninguna otra cultura, la consideración del suicidio como obra de arte alcanza su nivel máximo. Habrá que esperar al Romanticismo para que este arte tan especial vuelva a brillar con parecida fuerza. Pero con un carácter muy diferente. En su momento estableceré las distinciones pertinentes. Baste ahora decir que, aunque uno y otro alcanzaron las cumbres de la perfección artística, el suicidio clásico y el suicidio romántico son dos mundos por completo diferentes, que apenas se tocan.

Tras un repaso somero de la historia puede parecer que, en Roma, hubo sólo dos clases de suicidio: el suicidio por honor y el obligado o por temor. Ejemplos del primero serían el suicidio de Lucrecia y el de Catón (el joven), entre otros; del segundo tendríamos, entre otros muchos, el ejemplo de Nerón y el de todas sus víctimas, obligadas a suprimirse. Y es verdad que, si se atiende a las causas, éstos son los principales tipos de suicidios. Pero hay más. Está aquel tan elemental y primario del que se quita la vida porque una enfermedad terminal le ha segado toda esperanza, pero también hay otro mucho más raro, para la época; un tipo de suicidio con una causa plenamente moderna, tan moderna que parece imposible que alguien pudiera pensar en ella antes de la eclosión de la literatura romántica o de la filosofía existencialista, y es que a veces las personas y las sociedades no se atienen debidamente a las coordenadas que les marcan historiadores y sociólogos. Me refiero al tedio de vivir.

Con estas mismas palabras, taedium vitae, lo designaban los romanos en sus textos legales… ¿Textos legales? ¿Consideraron las leyes romanas el suicidio? ¿Lo proscribieron acaso? No, las leyes romanas no proscribieron el suicidio; de hecho, ni siquiera lo regularon. Y es que el acreditado espíritu práctico de los antiguos romanos tiene su plasmación más perfecta en el derecho, y el derecho romano ignora el suicidio.

¿En qué quedamos? – exclamará el lector adicto a la coherencia, que es un poco como ha de ser todo lector que se precie – ¿el derecho romano contempla o ignora el suicidio?

Me explico. El derecho romano ignora el suicidio como objeto específico de regulación y lo contempla en cuanto afecta a objetos expresamente regulados, como la propiedad o la potestad punitiva del Estado. No interesa el suicidio en sí. Interesa el suicidio del esclavo, porque es propiedad de alguien, o el suicidio del sospechoso de un delito, porque es un presunto reo. Y esto último requiere una nueva aclaración, una nueva digresión.

En realidad, la finalidad de todas las disposiciones romanas que tocan el tema del suicidio es económica. Los condenados por ciertos delitos sufrían como pena accesoria la confiscación de sus bienes. En los casos en los que el delito comportaba la pena capital, una manera de evitar la condena y la consiguiente confiscación de los bienes, que no podrían pasar a los herederos, era el suicido del presunto culpable antes de que se pronunciase la condena. Para desmontar esta argucia – que, como es obvio, el pobre reo utilizaba no en beneficio propio sino de los suyos – se estableció la presunción legal de que el suicidio de un acusado de determinado delito equivalía a una confesión y, por lo tanto, debía procederse a la confiscación de sus bienes aunque no hubiese habido tiempo para la sentencia condenatoria. Pero esto no supone la penalización del suicidio. Por el contrario, hay numerosas disposiciones en las que se insiste en que los suicidios no motivados por el miedo a una condena inminente no deben comportar la confiscación de los bienes. Así nos lo ha trasmitido elDigesto (colección de jurisprudencia romana, recopilada en el siglo VI) donde se mencionan los motivos más habituales de suicidio que, distintos del de intentar burlar al fisco, son considerados inocentes desde el punto de vista penal y fiscal: el tedio de vivir (taedium vitae), el deseo de terminar con el dolor (impatientia doloris) y la vergüenza por las deudas (pudor aeris alieni), raro motivo éste último, que, si bien hasta no hace mucho casaba perfectamente con la mentalidad de la moderna burguesía, hoy ya apenas se da, supongo que por la desaparición de uno de sus componentes… y no me refiero a las deudas.


El suicidio por honor

¿Pero qué es el honor? preguntará alguien no versado en la historia de la literatura universal (y es que, para hacerse una idea de este concepto, no sirve de gran cosa examinar el comportamiento de nuestros coetáneos). Si he de responder algo diré que el honor es (o era) una especie de piedra preciosa engarzada en una joya de gran valor que la sostiene y le da sentido. Con el paso de los siglos la joya ha ido cambiando de aspecto y características. Es decir, y para hablar claro, que el fundamento o razón última del honor ha ido variando con las épocas y las sociedades: en el siglo XVII español, por ejemplo, era claramente sexual, según nos cuentan sus dramaturgos, ya que el honor de los hombres se guardaba entre las piernas de sus mujeres, otras veces ha sido económico, como en los buenos tiempos de la burguesía, según ya he apuntado antes, y otras el orgullo puro y duro, también llamado “dignidad”, que es la forma que más se aviene con los tiempos heroicos de la historia.


Lucrecia

De los tiempos heroicos, o legendarios, de Roma nos llega una historia que tiene todo el sabor épico de las crónicas antiguas. Hay varias versiones, pero la de más éxito y sin duda la más bellamente narrada que se conserva es la de Tito Livio. Me gusta Livio. La concisión y precisión de su estilo continúan siendo un modelo para los historiadores de todos los tiempos. Claro que hay que reconocer que en aquella época, con los medios de escritura de que se disponía, la concisión era una necesidad. Ahora es un arte, una virtud.

Cuenta Livio que, reinando en Roma Tarquino el Soberbio, su hijo Sexto quedó fascinado por la belleza de Lucrecia, esposa de su amigo Colatino, y que una noche, estando ella sola, se introdujo en su aposento y empuñando una daga quiso violentarla. Ella se resiste, afirmando que prefiere la muerte. Y él le dice que sí, que le dará muerte si se resiste, pero que junto a su cuerpo colocará el de un esclavo previamente apuñalado y que proclamará que, habiendo sorprendido a los dos en infame acto, les ha dado muerte al momento. Ante la perspectiva de tamaño deshonor, Lucrecia cede. Luego, huido el ilustre violador y llegados el padre, el esposo y el amigo Junio Bruto, Lucrecia les cuenta lo sucedido. Los hombres juran venganza, pero tranquilizan a la mujer (y nótese aquí la diferencia con el honor “español”, mucho más materialista), diciéndole que se falta con el alma, no con el cuerpo y que donde no hay voluntad no hay culpa (“mentem peccare non corpus et unde

consilium afuerit, culpam abesse”). Pero a la digna y orgullosa mujer no le sirven estas razones y dice que, si bien se absuelve de la culpa, no se perdona el castigo, para que, en el futuro, ninguna impúdica Lucrecia pueda ampararse en su conducta. Y al momento saca un puñal que tenía oculto bajo sus vestiduras, se desnuda el pecho y se clava el arma en el corazón ante la consternación de los presentes. Eso de que “se desnuda el pecho” no lo dice Livio, pero es algo que los artistas de todos los tiempos siempre han sobreentendido. Y se comprende, porque pocas cosas tan eróticas hay para el observador masculino como la visión de la punta fría de una daga apoyada en el torso desnudo de una mujer bella. Ahí están las pinturas de Cranach el Viejo, Guido Reni, il Parmigianino, Cambiaso Luca, Andrea Casali y otros para confirmarlo. Y la escultura de Damià Campeny.

Con lo narrado de esta historia y con el enorme impacto que tuvo en las artes plásticas europeas, queda más que claro que el suicidio puede ser considerado como una de las bellas artes y, en todo caso, que el de la romana Lucrecia lo fue. Así que aquí podría dar por terminada mi exposición…si sólo de demostrar algo se tratase. Pero como no es ése el caso, como no es mi intención demostrar o convencer, sino, a la manera de los artistas, mostrar o conmover, sigo adelante, con el beneplácito del lector que aún mantiene el libro abierto.


No sólo para la historia del arte fue importantísimo el suicidio de Lucrecia, sino también para la de la política. Pues sigue contando Livio que Bruto extrajo de la herida el cuchillo empapado en sangre y manteniéndolo en alto dijo “por esta sangre, castísima antes del ultraje regio, os juro, dioses, y os pongo por testigos, que echaré, mediante el hierro, el fuego o cualquier otro medio a Lucio Tarquino el Soberbio junto con su infame esposa y toda su descendencia y que nunca toleraré ni a éstos ni a ningún otro rey en Roma”. Y dicho esto, poco le cuesta sublevar a un ejército y un pueblo, cansados de los abusos del rey, y acabar con la monarquía.

Y empieza entonces la larga historia de la república romana, que tiene a sus primeros cónsules (especie de presidencia dual) en las personas del mismo Bruto y el viudo Colatino, quienes muy pronto no se habían de llevar bien. Pero éstas son cosas normales de la política, que poco interesan aquí. Quizá sólo conviene apuntar un detalle: que la monarquía dejó tan mal recuerdo entre los romanos que nunca más quisieron saber nada de esta forma de gobierno, ni siquiera de la palabra “rey”, de modo que cuando, cuatro siglos y medio después, Julio César se hizo con todo el poder, se guardó mucho de proclamarse o llamarse “rey”. Se limitó a ir concentrando en su persona todas las magistraturas republicanas, con lo que acaparó todo el poder respetando una apariencia de legalidad, sistema que se mantuvo con sus sucesores, mientras que el apellido César se convertía en denominación del supremo y absoluto poder, superando en majestad a la de un inexistente e impronunciable rey.

Catón

Este Catón es el llamado “el Joven”, para distinguirlo del llamado “el Viejo”, su bisabuelo, con quien compartía ciertos rasgos sin duda familiares: el conservadurismo a ultranza y la inflexibilidad. No era una persona simpática. Lo contrario que su enemigo mortal de los últimos tiempos, Julio César. Es una lástima que Julio no se suicidase (desde el punto de vista egoísta del que escribe esto), porque se trata de un personaje tan rico, poliédrico y cautivador que siempre es un placer escribir sobre él.

La historia de Catón es mucho más política que la de Lucrecia. En realidad, es política de principio a fin. Siempre estuvo del lado de losoptimates, que formaban la clase conservadora, reacia a cualquier novedad y, en especial, a cualquier intento de ampliación del poder de lospopulares, los cuales, como su nombre indica (porque entonces los nombres todavía se correspondían con las cosas), eran más favorable a los intereses del pueblo llano, aun traspasando a veces los límites de la legalidad. En la guerra civil que enfrentó a César, apoyado por los populares, y Pompeyo, hombre de los optimates, Catón estuvo desde un principio con estos, sin vacilación alguna. Ya he dicho que era un hombre inflexible. No como Cicerón, intelectual dubitativo, que no tenía muy claro con qué carta quedarse y que al final siempre elegía la peor para él. Desde el principio, la guerra fue mal para los pompeyanos. Derrotados en Farsalia (Grecia), los restos de su ejército se reagruparon en el norte de África bajo el mando de Catón. Pero la cosa iba de mal en peor. Aplastados en Tapsos, cerca de Útica, donde tenía Catón su cuartel general, el ilustre jefe vio más claro que nunca que un mundo gobernado por César le resultaría invivible. Y se quitó la vida. Plutarco explica los detalles del suicidio, pero comoquiera que, a diferencia de los de Lucrecia, resultan más bien repugnantes y nada eróticos, prescindo.


Y además, lo característico, lo original del suicidio de Catón no es el procedimiento, sino el motivo. Lo he situado, creo que acertadamente, entre los suicidios romanos cometidos por causa del honor y, sin embargo, alguien puede alegar que, tratándose de un jefe militar acorralado, como Aníbal en Zama, ¿no sería más bien el temor de verse encadenado, humillado y cruelmente ajusticiado el motivo de su artística decisión? Pues no. Porque resulta que César no era precisamente un caudillo cruel y vengativo, sino un líder político agudo, humano y clemente (aunque también sabía ser cruel e inclemente cuando le convenía), y tenía la costumbre de perdonar a sus enemigos vencidos; mala costumbre, dicen, que se volvió en su contra una trágica mañana de marzo. Y es que, en cuanto a la actitud de los combatientes, aquella guerra civil en nada se parecía a otras posteriores, por ejemplo, a la española de los años treinta del pasado siglo, y el dictador Julio César, humano, humanista, generoso y clemente, en nada se parecía a los crueles, analfabetos y mezquinos dictadores que había de padecer Europa veinte siglos después. Hay que reconocer que en la categoría
“dictadores” no ha habido ningún progreso visible.

Es el caso que, como todo el mundo, Catón estaba al corriente de la clemencia de César y que, por consiguiente, sabía que no le esperaba la humillación y el castigo cruel, sino el perdón y el trato deferente, como le había ocurrido al mismo Cicerón. Y esto era lo que su honor, o su dignidad, o su orgullo puro y duro de ningún modo podía aceptar. Así que se dio muerte no para escapar de la venganza de César, sino para burlar su perdón. Y acertó. Porque César se sintió burlado, y se tomó a muy a mal el gesto heroico del enemigo, que le impedía ejercer su clemencia, núcleo esencial de la propaganda política cesariana. De modo que hasta se tomó la molestia, un año después, de refutar el librito que en homenaje de Catón escribiera Cicerón, contestando con unAnti-Catón en el que afirmaba que la única cualidad del suicidado era la de ser un cabezota. En lo cual, si hubiese que tomar partido, diría que acertaba.


El suicidio obligado o por temor

Esto es lo malo de las clasificaciones y sus títulos: que pueden dar una idea muy alejada del contenido de lo que se quiere explicar. Al leer el encabezamiento de este apartado, por ejemplo, cualquiera se puede imaginar que estamos ante un tipo de acto rastrero, cobarde y sin ningún valor ético ni estético. Falso. Porque entre los suicidios de este tipo se hallan los más ilustres ejemplos de grandeza moral y perfección estética. Cierto que está el caso de Nerón, pero no es menos cierto que brillan ahí los tres ejemplos más preclaros del arte clásico del suicidio, protagonizados por tres varones ilustres: Lucano, Séneca y Petronio.

Lucano

Marco Anneo Lucano había nacido en la Córdoba romana en el seno de una familia rica, culta e influyente. Aún niño, se había trasladado a Roma con su padre Marco Anneo Mela, hermano de Séneca, el filósofo. Bajo el patronazgo social y literario de su tío, que además de filósofo y literato era preceptor y consejero del César Nerón, destacó, jovencísimo, como brillante poeta. Su obra principal, inacabada, es un largo poema épico que lleva por título


La guerra civil, aunque es conocida con el nombre de La Farsalia,por la célebre batalla que no le dio tiempo de describir. Sus héroes principales son Pompeyo y Catón (el cabezota) y toda la obra es un canto, apenas encubierto, a las libertades republicanas del antiguo régimen.

También joven era Nerón, y a ambos les unió una buena amistad basada en la similitud de intereses literarios y artísticos. Pero no hay animal más celoso que el artista. Y el poeta Nerón empezó a sentir unos celos terribles del poeta Lucano, de manera que aquella amistad se fue deteriorando rápidamente. Bastó un desaire premeditado del César hacia Lucano, para que éste enloqueciese y se dedicase a injuriar de modo tan ingenioso como transparente a su antiguo amigo, olvidando que éste, además de poeta mediocre

era el amo del mundo, y ya se sabe: quos deus vult perdere
dementat prius (a los que dios quiere perder enloquece primero).

Así estaban las cosas cuando empezó a fraguarse una conspiración contra el César, la llamada Conjuración de Pisón, en la que participaban senadores y grandes patricios por un lado y altos mandos militares por otro, es decir, un intento de golpe de estado en toda regla, con su trama civil y su trama militar perfectamente descoordinadas y con tantos enfrentamientos internos (los militares no veían con buenos ojos a los civiles: decían que sustituir a Nerón por Pisón era sólo cambiar un cantante por otro) que el fracaso estaba cantado.

Desde el primer momento, Lucano participó en la conjura, movido al mismo tiempo por su sana devoción republicana (de la que parece que no participaban la mayoría de los conjurados) y por su insano odio por el poderoso ex amigo, quien había llegado hasta el extremo de prohibirle recitar sus poemas. Para un poeta como Lucano, y quizá para todo artista, tamaño amordazamiento de la expresión artística justificaba por sí sólo el magnicidio. El caso es que, como era de prever (sobre todo visto desde aquí y ahora), el golpe fracasó.


Las garras neronianas dieron cuenta de todos los conjurados, y también de algunos otros que nada tenían que ver pero que estaban por ahí, molestando con su presencia (ya lo dijo siglos después otro tirano ilustre, nacido en la lejana Georgia, “si un hombre es un problema, eliminas el hombre y se acaba el problema.”) Sin embargo, hay que reconocer que la represión no fue muy violenta; en sus aspectos externos, quiero decir. Los verdugos y las máquinas de tormento apenas se hubieron de emplear. Y es que, a la primera indicación del gran cantante, todos se apresuraron a cantar lo suyo, delatando a amigos y parientes. Es lo que hizo Lucano cuando, preso, tuvo que declarar: dio el nombre de su madre. Lo curioso del caso es que esta mujer, que al parecer padecía algún desequilibrio mental, no tenía nada que ver con la conspiración, y el hijo lo sabía. Así que la ocurrencia de Lucano más bien tendría su origen en algún oscuro contencioso familiar que el joven no tenía resuelto. Nadie le creyó; nadie molestó a la madre. Y en cuanto a él, se le advirtió, como solía hacerse en estos casos, que si no quería probar las artes del verdugo, ya sabía lo que tenía que hacer.

Podemos imaginarnos la escena. Al atardecer del último día de abril habían acudido a casa de Lucano unos cuantos amigos, convocados por el poeta. En la gran sala del triclinio, debidamente adaptada para la ceremonia, unas lámparas, situadas estratégicamente, conseguían bellos contrastes de luces y sombras: un pebetero de grandes dimensiones difundía el aroma de exóticas plantas orientales; los amigos iban formando pequeños grupos dispersos por la estancia; el médico se apoyaba en la mesita que contenía los instrumentos necesarios, y en el centro de la sala, sobre el fondo distante de oscuros cortinajes, un gran lecho vestido con finos lienzos. Tendido en el lecho, apoyada la cabeza en una alta almohada, el poeta y, de pie a su lado, vestida de un blanco impoluto, Pola, la esposa.

Lucano hace una señal al médico y tiende el brazo fuera del lecho. El médico coloca un recipiente en el suelo y practica una incisión en el antebrazo del poeta, y luego otra. El rojo líquido de la vida empieza a brotar. Entonces, Lucano, con un gesto de la otra mano, indica a los presentes que se acerquen. Mueve levemente la cabeza, como para apoyarla con comodidad en la almohada, y empieza a recitar. Mientras por las heridas abiertas mana ya la sangre en abundancia, el poeta que muere declama lentamente unos versos; unos versos claros, sonoros, perfectamente ajustados en dicción, tiempo y cadencia; unos versos dramáticos que en su
Guerra civil había dedicado a la muerte heroica de un soldado.
Después, cierra los ojos y se queda como dormido.

En la historia hay algunos casos parecidos, pero yo creo que, por mucho que busquemos, será difícil encontrar una muerte más bella para un poeta. Un suicidio, naturalmente, que es la manera más libre y creativa, es decir, más artística, de salir dignamente de la vida. Así que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que la de Lucano constituye el modelo ideal de la muerte del poeta. No hay otra, creo yo, que pueda hacerle sombra. No ocurre lo mismo con los filósofos, donde, sobre el modelo que voy a proponer, pende siempre la sombra enojosa del griego Sócrates.


Séneca

A diferencia de Sócrates, Lucio Anneo Séneca, fue un gran escritor. No es que Sócrates fuese malo escribiendo. Es que no escribía, y casi todo lo que de él sabemos nos lo cuenta Platón en sus obras,
liberándole de paso de la fundada sospecha de analfabetismo………..

Para seguir leyendo…

http://www.scribd.com/doc/35960952/Del-Suicidio-Considerado-Como-Una-de-Las-Bellas-Artes

link del texto completo .

http://www.scribd.com/doc/35960952/Del-Suicidio-Considerado-Como-Una-de-Las-Bellas-Artes

Todas las fotografias que acompañan esta entrada son de la fotografa MELANIE PULLEN

http://www.melaniepullen.com/

3 pensamientos en “Del Suicidio considerado como una de las bellas artes

  1. Priante es uno de esos autores tan buenos como desconocidos. En la editorial Cahoba le publicaron dos novelas de una talla literaria galáctica: “El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer” y “El corzo herido de muerte.

  2. Gracias por fijarte en este texto, amigo. Y por la bonita presentación. En cuanto a las fotos, en mi opinión, el exceso de “diseño” le quitan lo que de impactante podrían tener.

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