Escaleras para ir hacia atrás

Luis Jaime Ariza Tello

Tenía que ser Cortázar, porque difícilmente otra literatura se ocupa de darle cuerpo a un manual de instrucciones para acometer —de manera inusual y con resultados insospechados, pero gratos— las más aparentemente triviales acciones cotidianas. Cortázar para prestar una idea al título de este ensayo pero, además, para permitirme recordar que cuando se decide subir una escalera hacia atrás se descubre “a cada peldaño un nuevo ámbito que, si bien forma parte del ámbito del peldaño precedente, al mismo tiempo lo corrige, lo critica y lo ensancha.”1

La metáfora (ir hacia atrás y hacia arriba) se presta para una alusión a las vías que en la búsqueda del conocimiento llamamos “método”: aquí se trata de pensar en un método que presta la misma utilidad que otros (al fin y al cabo se llega a un conocimiento), pero que posibilita otra forma de ascenso. Pero la metáfora, por otro lado, es ella misma ejemplo de otra manera de enfrentar conceptos o ideas (es la noción del método “otro” y es “el otro” método).

Por fortuna, Freud “subió hacia atrás” en el museo del castillo Zwinger, en Dresde, abandonando la impostura de la mayoría de sus visitantes:

“…había sospechado siempre que quienes visitaban los museos y se extasiaban ante las grandes obras de arte tenían contraído el mutuo compromiso tácito de no delatar su respectiva incomprensión pictórica. Allí me despojé de ese vandálico concepto y comencé a admirar sinceramente la obra de los grandes maestros.”2

Y por fortuna decidió (quizá por una secreta e inconsciente influencia de Lermolieff) apreciar rasgos de la pintura que no son corrientemente tomados en consideración por los críticos para caracterizar o analizar una obra.3 De hecho, las observaciones de Freud se refieren a una Madonna de Holbein, en la que ve “varias mujeres muy feas y una niña un poco repulsiva, y a su izquierda un hombre con cara de monje que tiene en sus brazos a un niño”; o destaca que “el rostro de la virgen no es tampoco exactamente bello, pues tiene los ojos saltones y la nariz larga y afilada.”4

Aunque de estas observaciones Freud no deriva conclusión alguna (al menos no en la carta a su novia), es importante señalar que no se trata de las observaciones convencionales de un turista o un crítico de arte. Lo que destaca son rasgos que escapan a la representación (en términos de identificación con un referente, así sea conceptual) y abren vías para una interpretación. En efecto, los rasgos elegidos para describir las figuras del cuadro dejan algo por decir: ¿cómo son una niña “un poco repulsiva” o un hombre “con cara de monje”?; ¿por qué el rostro de la virgen “no es exactamente bello”?; ¿por qué alguien pinta una virgen con “ojos saltones” y “nariz larga y afilada”?

Más tarde tendremos a Freud elaborando sus planteamientos acerca del método psicoanalítico, y señalando la posibilidad de inferir un contenido latente de los sueñoa a partir de elementos de su contenido manifiesto; tendremos la interpretación, cuya base es la sospecha, la intuición, la metáfora, la lectura sobre lo irregular o lo “anormal”.

La vía “galileana”: alcances y límites el ascenso “de frente”

La mirada galileana es otra, y son otras las circunstancias en que ella se produce. Galileo enfrenta la autoridad inquisitorial de una iglesia que se declara poseedora única del saber. Su método, simplificado por Russell, consiste en “observar aquellos hechos que permiten al observador descubrir las leyes generales que los rigen”5. Y aunque este método inaugura un criterio científico que, en apariencia, se opone al método indicial (tal como lo caracteriza Ginzburg6), se origina en una sospecha o una intuición, justamente modos de operar de aquél:

“Una mañana subió Galileo a lo alto de la torre inclinada de Pisa con dos pesos de una y diez libras, respectivamente, y en el momento en que los profesores se dirigían con grave dignidad a sus cátedras, en presencia de los discípulos, llamó su atención y dejó caer los dos pesos a sus pies desde lo alto de la torre. Ambos pesos llegaron al suelo prácticamente al mismo tiempo. Los profesores, sin embargo, sostuvieron que sus ojos debían haberles engañado, puesto que era imposible que Aristóteles se equivocara.7”

Aquí, otro rasgo del método indicial que, como sugiere la metáfora cortazariana, se empeña en mirar otro lado de las cosas, aquél que a los ojos de la mayoría parece irrelevante. En verdad, al juicio de Galileo podría aplicarse el siguiente comentario de Lucas (de Un tal Lucas, uno de los últimos libros de Cortázar):

“¿No será, ché, que para ciertos niveles, lo que no es inmediatamente claro es culpablemente oscuro?”

Con esto diríamos que, como sucede en otros órdenes e la vida en sociedad, las formas dominantes se las arreglan para cerrar posibilidades a otras formas (las clases dominantes a las otras clases, las escuelas dominantes a las otras escuelas, los métodos dominantes a los otros métodos; en general, las ideas dominantes a las otras ideas). Pero, por otro lado, las resistencias que esas formas generan son el germen de otras nuevas formas.

Ahora bien, en términos de hallar vías para el conocimiento no parece sensato condenar unos métodos (cualesquiera que ellos sean) para afirmar otros (no importa cuáles). Lo que parece sensato es aceptar que cada método ofrece posibilidades distintas, porque no tiene mucho sentido afirmar que un conocimiento “se opone” a otro. En esta perspectiva, habría que señalar que el método “galileano”, la mirada que inaugura el “fundador de la ciencia experimental”, es un recurso necesario y apropiado para la obtención de cierto tipo de conocimientos (fundados en la búsqueda de semejanzas, de regularidades, de principios y de leyes generales que, por otra parte, pueden ser comprobados); pero, también, que puede ser innecesario o inadecuado para acceder a otras formas de conocer.

En la Prosa del Observatorio (otra vez Cortázar), se le llama la atención a “Doña Ciencia” porque los fenómenos de los que se ocupa a veces parecen empecinarse en comportarse de manera contraria a como deberían o, en algunos casos, muestran comportamientos “sin sentido”: las anguilas, por ejemplo, recorren cientos y hasta miles de kilómetros remontando las corrientes e aguas dulces de los ríos, sufriendo una alta mortandad, “simplemente” para desovar, y, apenas nacidas, sus larvas corren hacia los estuarios marinos. Por supuesto, “Doña Ciencia” tiene mucho qué decir sobre las anguilas, pero no ha podido decir mucho sobre la “memoria” exacta que guardan respecto a sus lugares de origen, sobre la necesidad imperiosa que las lleva a regresar al lugar de donde partieron, donde “apenas” nacieron.

También “Doña Ciencia”, hija de la ciencia galileana, tendrá mucho qué decir sobre la sociedad, vasto territorio para la indagación donde seguramente hay regularidades, semejanzas, quizás principios y leyes generales (todavía no evidentes); pero igualmente tropezará con individualidades que no se someten de buen grado (y menos aún de manera forzada) a transitar la misma vía de las mayorías: la ciencia, en ese aspecto, no es “democrática”.

Lo que está en juego cuando se adopta un método como vía única e insustituible para tener acceso al conocimiento es la posibilidad de reducir lo real a la mirada que lo escruta, quizás dejando de lado aspectos cruciales o importantes. En el mismo texto de Cortázar que se cita al inicio de este ensayo se lee:

“Piénsese que muy poco antes, la última vez que se había trepado en la forma usual por esa escalera, el mundo de atrás quedaba abolido por la escalera misma, su hipnótica sucesión de peldaños…”

Los métodos son limitados principalmente cuando se plantean como excluyentes, y cuando la exclusión de otros no se justifica por los objetivos que se persiguen sino por simple y a veces apresurada descalificación. La costumbre y la facilidad, tanto en la ciencia como en muchos otros dominios, velan puertas de acceso a otras dimensiones y otros órdenes, y entonces los conceptos que se tienen por más adecuados resultan serlo sólo en la perspectiva de unos usos prácticos inmediatos, o del afianzamiento de seguridades y conveniencias; por algo la práctica del buen ladrón se funda en gran medida en el estudio de las rutinas de sus víctimas, ya que por ellas “dejan de ver” lo que para el ladrón es una oportunidad.

Pero el asunto no se plantea aquí en términos de una oposición radical entre dos métodos, sino como necesidad de que en cada perspectiva de la producción de conocimientos se logre admitir la complementariedad de las distintas formas de acceder a los objetos y a los fenómenos. La sociología le debe mucho a las ciencias nomológicas, pero en discusión con ellas sobre los alcances de sus métodos aplicados al estudio de la sociedad ha avanzado y se ha diferenciado. La naturaleza de algunos fenómenos y el tipo e conocimiento que sobre ellos se requiere en determinadas circunstancias, entonces, podrán favorecer el empleo de formas de aproximación inspiradas en el modelo “galileano”, como en el caso de los problemas para los cuales se opera con cantidades (y todavía el afán o la necesidad de medir están ligados a importantes campos de la investigación social, a la gestión de los Estados, a la toma de decisiones en materia de comercio o industria, para mencionar algunos campos); pero, igualmente, hay fenómenos y objetos que deben ser tratados en aquello que los diferencia de la norma, que los hace singulares y justamente importantes por su singularidad (una sociología del arte, por ejemplo, buscaría influencias generales para poder precisar rasgos particulares de un modo de expresión; una sociología de la acción comunitaria deberá poder hallar lo singular de una cultura o una etnia en un contexto particular para poder hallar respuestas a ciertos interrogantes).

La vía indicial: otras posibilidades

En un trabajo iniciado hace ya ocho años, un equipo de comunicadores de la Fundación HablaScribe encaramos el reto de liderar un movimiento cuya meta es la construcción de un sistema popular de comunicación para el litoral del Pacífico colombiano. Allí, desde el inicio mismo de las actividades, pudimos experimentar las limitaciones de nuestra mirada “científica”, o “académica” y “urbana” sobre la sociedad. Por suerte, hubo la suficiente flexibilidad para comprender que nos enfrentábamos a un mundo complejo y que en él debíamos movernos lentamente, ensayando y corrigiendo propuestas, guiándonos por una eólica propia de la región y de los grupos que allí habitan8.

Aunque aquí resulta imposible narrar los pormenores de una experiencia tan grande (no sólo en términos de varios años; sobre todo en términos de la modificación de quienes allí actuamos), lo que sí resulta pertinente es señalar cómo actualmente se trabaja en un proyecto de investigación que busca precisar las condiciones que hacen posible crear el sistema popular de comunicación del Pacífico. El proyecto parte de la necesidad de definir el concepto mismo de sistema de comunicación, deberá abordar una caracterización de la región, deberá indicar qué elementos y qué acciones (y actores) hacen el sistema. Se trata de un proyecto en el cual muchos rasgos de la región deberán explicitarse, pero para los cuales no es fácil emplear categorías e indicadores tomados de un método “galileano” sin correr el riesgo de ver lo que no existe o, peor aún, de distorsionar lo que existe.

El método indicial, entonces, permitirá la recuperación (re, volver; capere, coger: volver a tomar) de saberes “otros” de las gentes del Pacífico, fundados en la experiencia y en una particular “lectura” de su propio entorno, de sus necesidades y sus posibilidades. Allí, en una labor de aproximación a sus saberes, podremos aprender, quizás “desprofesionalizándonos” y en ocasiones “desaprendiendo” ciertos aspectos, de aquello que las comunidades negra e indígenas han construido como saber.

lujarte@yahoo.com

tomado de:

http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=1265

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