Sobre La Delgada Línea De Lo Absurdo Y Lo Fantástico

¡El puente se da vuelta! No había terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.

Frank Kafka.

(República Checa. Praga, 1912), Fragmento extraído del cuento El Puente.


Sobre la delgada línea de lo absurdo y lo fantástico.

por Roberto Pinto.

 

Aristóteles diserta en su libro Metafísica acerca de los grados o momentos del conocimiento, a saber: sensación, memoria, experiencia, concepto universal, arte y ciencia. En relación al primero, el autor nos habla de una suerte de movimiento cualitativo o alteración del alma, gracias a la cual el sujeto asimila la forma sensible del objeto sin asimilar su materia. En la definición posterior de cada uno de los términos anteriormente citados, ocurre que al llegar a la Experienciamomento o grado del conocimiento compartido en un amplio espectro entre las especies del reino animal- se produce un salto o cambio cualitativo que está dado por la abstracción del concepto universal1. Es ahí, donde nace el Arte, como la consecución de muchas experiencias que permiten elaborar un concepto universal y único de las cosas semejantes. Podríamos entonces tomar como punto de partida la sentencia lapidaria de Ángel Cappelletti2, quien sin mayores pretensiones y armado de la palabra creadora dice “los expertos tienen el qué de la cosas; los artistas, el por qué. Quienes poseen experiencia saben que las cosas son (no qué son), es decir, conocen su existencia, no su esencia, y menos aún, su causa”. Por lo tanto, el arte está sin duda por encima de la experiencia y los artistas son más sabios que los expertos. Para el correcto entendimiento de este enunciado en el contexto de la creación artística, debemos recordar que en la filosofía aristotélica el conocimiento y la realidad son parcialmente coextensivos y que la forma en que la realidad se construye ante nosotros los hombres, obedece a una pluralidad jerárquica donde los momentos del proceso cognoscitivo resultan de los grados del conocimiento.

La palabra arte no es el resultado de un capricho del lenguaje, mucho menos una deducción fortuita nacida de los extensos análisis que los padres de la filosofía dedicarán en relación a esta palabra. La palabra arte encierra en sí misma la posibilidad creadora y de trascendencia puesto que sólo podemos generar un concepto universal a través de la creación o hecho artístico. Ahora bien, si entendemos las posibilidades infinitas que se encuentran implícitas en el acto creador, también es necesario que profundicemos en la manera en cómo la realidad -en su más estricto sentido literal- se nos plantea.

Numerosos pensadores han abordado desde diversas perspectivas el hecho creador, partiendo del concepto primario Mimesis, considerado según algunos estudiosos como uno de los patrones de comportamiento necesarios para la supervivencia. Lo que si es cierto es que uno de los múltiples privilegios del artista consiste en que puede deformar o idealizar sus modelos -degradarlos o sublimarlos- según como se le presenten en el plano real. Konstantín Stanislavski aseveraba que el principio del actor es el arte de la observación, a lo que Francis Bacon en un orden de idea similar exponía para dominar la naturaleza primero debemos obedecerle.

 



La realidad es la suma de micro realidades dispuestas en planos que varían y se reordenan en un macro tejido de complejas relaciones. Pretender elaborar una réplica exacta de lo observado ameritaría de un lienzo de justas proporciones capaz de transmitir lo copiado a la escala observada. Sin embargo, el hecho o creación artística nos permite ir de lo micro a lo macro, de una particularidad a una concepción universal del objeto, situación o acción observada en un momento preciso del tiempo. Esto es posible gracias al poder del símbolo el cual es capaz de unificar y a su vez simplificar en una propuesta artística la existencia de una realidad paralela significante y de gran poder para la construcción y entendimiento de nuestra propia realidad.

Las diferentes disciplinas artísticas han hurgado hasta lo más profundo de la fibra medular de la conciencia humana, de la estructura de la sociedad y de la existencia misma del ser lo que ha permitido develar aquello que nos hace ser lo que somos. Arquetipos, personalidades, patrones y alteridades han ido quedando poco a poco al desnudo en la misma medida en que nuestra atención se ha ocupado de crear obras artísticas que representen, describan, denuncien o cuestionen aquello que hemos sido, somos y seremos en el plano espacio-tiempo.

En la misma medida en que la realidad se ha tornado cada vez más compleja, inverosímil e incompresible en esa misma medida nuestros planteamientos, teorías, enunciados, manifiestos y soportes filosóficos-ideológicos necesarios para cualquier creación artística también se han volcado hacia campos más complicados. Esto no significa que la realidad deba entonces concebirse en términos ininteligibles, por el contrario nos reta a descubrir la simplicidad de la que estamos hechos y en esto el padre de la teoría de la relatividad tenía razón.

 


Jorge Luís Borges realiza una brillante descripción en torno a su producción literaria y a la manera en como él en su individualidad siempre orientada y proyectada a la universalidad de las cosas concebía el hecho creador en el lenguaje literario, y dijo “no soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura”. Sin duda alguna, esto nos ubica directamente en el universo borgiano, siempre inquietante y escéptico sobre la realidad de las cosas, sistema regido por el feroz desmontaje del sistema cartesiano.

Por otro lado, la historia nos recuerda la lucha de Frank Kafka, judío extraordinario, quien en la construcción de su cuento El Puente ubica a su personaje central bajo una amenaza oculta pero develada, porque no siempre lo visible es sinónimo de conocido. La existencia atribulada y angustiosa de este célebre escritor se refleja en el pesimismo irónico que impregna su obra, que describe un estilo que va desde lo fantástico al realismo más estricto, puesto que los símbolos presentes en su distintiva narrativa introducen en la realidad más cotidiana aquella distorsión que permite develar su propia y más profunda inconsistencia, un método que ha llegado a considerarse como una especial y literaria reducción al absurdo.

Desarmar las estructuras del lenguaje, la lógica y los sistemas convencionales de la conciencia fue uno de los objetivos de la vanguardia de inicios del siglo XX. La aceptada creencia de que el mundo tiene sentido es subvertida y reemplazada por un mundo donde las palabras y las acciones pueden ser completamente contradictorias. Sin embargo, lo que se propone no es tanto el sinsentido como una perpetua prórroga del sentido, sino mostrar una realidad oculta y amarga que subyace en la idea de felicidad y confort del modo de vida de la sociedad moderna. 3

Lo que hemos construido ha sido levantado por el concepto evolucionado o no, que tenemos de las cosas semejantes que nos rodean. La sociedad actual está sumergida en una abigarrada, oscura y malentendida concepción de aquello de lo que estamos hechos. Piet Mondrian, padre de la simplificación del arte abstracto y quien llevó la plástica vanguardista hasta sus últimas consecuencias retó a los artistas venideros al decir “yo desvestí el lienzo, ahora es tarea de ustedes volver a vestirlo”.

La manera en que concebimos y estructuramos el concepto universal de las cosas semejantes a través del hecho creador o artístico será siempre flexible y es en nuestras mentes donde reside su versatilidad y maleabilidad. Contradecir no es irrespetar. Cuestionar no es negar. Caminemos entonces sobre la delgada línea de lo absurdo y lo fantástico.

Mi campo –dice Goethe– es el tiempo”. He aquí la palabra absurda. ¿Qué es, en efecto, el hombre absurdo? El que, sin negarlo, no hace nada por lo eterno. No es que le sea extraña la nostalgia, sino que prefiere a ella su coraje y su razonamiento. El primero le enseña a vivir sin apelación y a contentarse con lo que tiene; el segundo, le enseña sus límites. Seguro de su libertad a plazo, de su rebelión sin porvenir y de su conciencia perecedera, prosigue su aventura en el tiempo de su vida. En él está su campo, en él está su acción, que sustrae a todo juicio excepto el suyo. 4

1 Aristóteles. Poética. Monte Ávila Editores Latinoamericana.

2 Cappelletti, Ángel J. Autor del prólogo del libro Poética de Aristóteles. Monte Ávila Editores Latinoamericana.

3 Microsoft Student con Encarta 2009. Artículo: Teatro del Absurdo.

4 Camus, Albert. El mito de Sísifo. Buenos Aires. Editorial Losada, 1963.

 

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