Elogio de la locura: Nuevo humor nueva causalidad

Sergio Hinojosa


Extracción de la piedra de la locura, El Bosco

Erasmo de Rótterdam fue el representante más eminente del humanismo renacentista. Sus escritos salpicados de preciosas perlas de humor fueron bocanada de aire fresco en aquella Europa todavía inmersa en la seriedad teológica. Un hombre nuevo, sabedor de sus limitaciones, abierto a los cambios que reclamaba la historia y con sentido del humor, se abría paso en su extensa obra. Con él crecía un nuevo sentido de la causalidad de la acción humana y caía la ranciedumbre medieval, sometida a una causa externa ideal y ajena. Y si este nuevo hombre tomaba como objeto el legado de la antigüedad grecolatina, no era desde luego para reaccionar contra el cambio que latía en ese ser causa sui, sino para estimular la razón y abrir sus puertas de par en par a ese nuevo continente del yo como causa y ficción vital. Esta ficción tal vez no sea ajena a la forma de nuclear el poder en torno a la figura del príncipe, encarnación del poder independiente del simbolismo eclesiástico, en cuyo interior, la figura máxima el papa ocultaba el origen humano demasiado humano de su mandato.

Erasmo no era Erasmo. Se llamaba, en realidad, Geert, un nombre de origen germánico relativamente común en Holanda. La pobre proyección de esta lengua vernácula hizo cambiar al hombre maduro que eligió Desiderio Erasmo. Un cambio que parece ocultar también el estigma que marcó su origen. Por lo visto no fue de una vez por todas, sino que anduvo antes de decidirlo, a los 38 o 40 años, jugueteando con distintas posibilidades: unas veces Desiderius Erasmus Rotterdamus o Roterodamus, otras Desyderius, otras Roterdam de Herasmus, o bien Rotterdammus, o Rotterdammensis, Roterdamus. En fin, un juego tardío con su identidad del que no sabemos su particular recorrido, pero sí el resultado.

Su padre reconoció la paternidad al darle su nombre, Geert Geertsz (Gerardo, hijo de Gerardo), aunque legalmente no lo registrara. De modo que, cuando Geert decidió su nuevo nombre desplazó ese reconocimiento a medias y, en compensación, condensó el deseo en tres lenguas: desiderare, en latín; eraomai en griegohaciéndose partícipe de la grandeza antigua-, y geeren, -nombre y origen olvidado-, que también incidía sobre el deseo del holandés.

Este juego tiene su importancia, pues frente al holandés, una lengua popular e inculta, el griego se erigía en lengua culta, universitaria y, sobre todo, “lengua de erudición”[i]por excelencia. Para él será, además, el instrumento de una revitalización cultural de enorme trascendencia. Beberá en sus fuentes y volcará su contenido en traducciones al latín, para dejar asentada la perspectiva humanista. Pero también extraerá de ella el signo de una exclusividad. Gustará usar referencias en griego en complicidad con sus pares, para distanciarse de los repelentes filósofos latinos, tan amantes de silogismos y de amaneramientos dialécticos. Y se reirá irónicamente en griego de la fatuidad y la petulancia que derrochan estos tétricos engreídos que aconsejan a las cortes europeas. A ellos va dirigido el estoque de su Elogio. Les llamará como Luciano morosofos[ii].

De este modo, el humor del Elogio se teñirá con decires, agudezas y adagios de griegos y latinos para, precisamente, criticar y actualizar el pensamiento rancio de sus contemporáneos. No creo ajeno a esto que el director del colegio por donde transitó su infancia en Deventer, Alejandro Hegins, escolástico y déspota intransigente, fuera ignorante del griego y poco entusiasta de la cultura latina.

Pero la raíz más importante de su nombre se la concede el latín, desiderare. En esta lengua habita, y es en esta lengua franca en donde esculpirá el estilo con que aliente a la comunidad culta internacional. Pese al aparente paso atrás que supone el uso del latín en esa época de nuevas lenguas, la ligereza y flexibilidad con que la emplea, adaptándola a su espíritu lleno de humor, harán fluir un nuevo estilo que servirá de ejemplo a la diplomacia europea y, aún más, de referente vital con su versión del Nuevo Testamento dedicado a Leon X. Y con los instrumentos de esas dos lenguas buscará en la cultura clásica una moral sólida como ficción, una institutio morum que impregnará sus obras, para aliviar la transitoriedad de esos tiempos de guerra. Su sentido del humor le servirá, además, para guardar equidistancia entre los dos bandos y cierta ambiguedad. “Mi destino –afirmará- es ser lapidado por las dos partes en disputa, mientras pongo todo mi interés en aconsejar a ambos”,

En cuanto al holandés, con sus dialectos de Flandes y Brabante, por entonces no se había fijado su escritura, aunque ya estaba en proceso de estandarización sobre el gran núcleo urbano de Amberes. A Erasmo le servirá, por ser además su lengua materna, de fondo a su sensibilidad social y política. Contrapondrá la socarronería y el buen vivir de sus paisanos estultos a los envarados filósofos. Y aunque él mismo se distancie de ambos, su mirada recogerá de mejor grado el espíritu simple y burlón de sus campesinos. Su ironía será menos corrosiva con ellos y por más que los de Brabante, los brabanzones, “con el tiempo entontecen”, no dejarán de ser, en todo, preferibles a los filósofos y a su progenie: esa especie de hombres secos y de mirada torva. De estos últimos, representados en el prototipo estoico, afirma:

“Por su parte, los estoicos se creen casi dioses. Traedme, por favor, un estoico que lo sea tres, cuatro y hasta seiscientas veces más que los demás. Pues bien, a este hombre que se deja su barba de chivo como señal de sabiduría, le haré deponer su orgullo, suavizar el ceño, dejar a un lado dogmas diamantinos, e incluso hacer tonterías y extravagancias. Es a mí, y a mí sola, a quien habrá de acudir ese sabio si quiere ser padre”.

Y si de sus paisanos y vecinos la Estulticia tiene una opinión más benevolente: “…no hay otro pueblo –nos dice- que más guste de la diversión y que menos se vea afectado por la tristeza de la vejez”, con los más cercanos, con los habitantes del Condado de Holanda, con esos campesinos de su tierra natal, su sentimiento se mostrará más que ambiguo. Jamás citó la ciudad Rótterdam en sus escritos, y siempre ocultó a sus mecenas y deudores su lugar de origen. Y no será él quien hable directamente sobre ellos, sino la Estulticia:

“¿qué decir de “mis holandeses”? Son los más entusiastas seguidores, exclama la diosa Estulticia, hasta han conseguido su apodo”.

La piedra de la locura, Jan Sanders Van Hemessen

 

Así pues, Desiderio Erasmo, “gestado en Rótterdam y nacido en Gouda”, de nombre de pila Geert, nació, posiblemente, en 1467 o 1469 en Goda y creció bajo estos auspicios, cuando la ciudades abandonaban el intento de una política comunitaria frente a exigencias imperiales e ingresaban en una política moderna, que plantaba cara de perro y se imponía con la “razón de Estado” por delante. Su humor suaviza también nuestra mirada histórica cuando nos sumergimos en aquellos lustros.

La historia de su origen está incompleta. Tal vez siempre permanezca así. Su padre, tras el nacimiento, desapareció, para marchar a Italia y dedicarse a la copia de manuscritos. Su madre, Margarite, hija de un cirujano de Zevenbergen, pueblecito de aquella Holanda renacentista, quedó sola y no sabemos hasta qué punto compungida. Al parecer, tan sólo un falso aviso, anunciando la muerte de Margarite, hizo volver a Geert padre a su hogar. Pero al llegar el varón, pudo comprobar que no tenía posibilidad alguna de consolidar el matrimonio. Fue entonces, cuando ese padre huido se ordenó presbítero y Margarite, resignada, renunció a unas segundas nupcias.

Parece una historia romántica, y tal vez lo fuera, pero esa ausencia de legitimidad pesó en la vida de Erasmo como una losa. Cuando encuentre un lugar para su excepcionalidad cambiará su nombre e intentará resarcir su ilegitimidad resplandeciendo en esa oscuridad llena de rivalidades personales y políticas. Su posición ética –políticamente a esas alturas un tanto anacrónica- le granjeará la reputación de hombre magnánimo y prudente, aun cuando la prudencia, ya tenía más de sagacidad política y de simulación que de ideal de virtud. Sin embargo, su talante, alejado de la rigidez, permitió que el semblante de la tolerancia ganara prestigio e invitara a una cierta indignación democrática llena de humor y no de agrio resentimiento.

El influjo que ejerció sobre la religiosidad en Europa fue enorme. A nuestro país llegó pronto y se abrió camino por los canales abiertos a nuestros humanistas, un fenómeno que fue extensa y profundamente estudiado por Marcel Bataillon. Este autor señala las dificultades para rastrear la difusión de esta obra por nuestro país, pero se ve claro las marcas que deja; la más relevante, en nuestro Cervantes, o más directamente en Juan Luís Vives, Juan Valdés, Alfonso Virués, Juan de Vergara y en la obra de muchos otros como en los “Triunfos de la Locura (1521), poema que es adaptación libre e ingeniosa de los contenidos del Elogio al ambiente español, escrita por un tal Hernán o Fernán López de Yanguas… o en Alfonso de Valdés, diálogo de mercurio y carón[iii].

Aún hoy, existe una Sociedad Erasmiana que sigue sus pasos por la historia española. Sea como sea, la combinación de esas lenguas en Erasmo hará que su nombre resuene por la Europa de su tiempo, despertando el mayor respeto y la aversión más furibunda. Desde todos los rincones de la cristiandad se querrá ver en su talante y espíritu la deseada renovación política, si se puede decir así, del cristianismo. Pero desde esa misma atalaya será acusado de predicar las doctrinas satánicas del proscrito Lutero. De hecho, su espíritu condescendiente con los simples le colocó en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica y la Inquisición siguió atentamente su obra y sus pasos, justo en el momento en que la política dejaba de ser un discurso utópico, para convertirse en esa urdimbre de estrategias oscuras que la razón de Estado justifica. Él comulgaba más con la cultura neerlandesa de la autonomía de las ciudades y con los poderes municipales que con los principados hereditarios, a cuya sombra se gestaba este poder opaco. De todos modos no nos engañemos, cuando escribe su Institutio principis, un a modo de manual de virtudes para el buen gobierno dedicado al joven príncipe Carlos, aconseja al institutor que trate al príncipe con severidad y amabilidad, para ganar su confianza e “inmunizarlo contra las opiniones del vulgo”. Erasmo no es un demócrata ni un populista.

Erasmo de Rotterdam – Hans Holbein

No extraña además, que despertara tantas suspicacias, pues siempre el buen humor fue enemigo de la intolerancia. Su humor, que exige inteligencia aristocrática pero se apiada de las gentes simples, se deja percibir nítidamente en un opúsculo con formato de libro de viaje: Morías Encomion: Stultitiae Laus, (El Elogio de la locura). Se trata de un ensayo escrito y recortado, como se sabe, por la experiencia de un largo viaje cuando los viajes eran duras experiencias del mundo. Por entonces, había partido a Italia para conseguir el grado de doctor en teología en Turín, puesto que, en el continente, sólo en aquella universidad consintieron en matricularle por su condición de hijo ilegítimo. Verdad es que lo intentó antes en Inglaterra, en Cambridge, pero no resistió la disciplina y no llegó a doctorarse.

Por fin lo consigue en septiembre de 1506, pero alarga su estancia y visita otras ciudades italianas tomando contacto con numerosas personalidades importantes y con la cultura grecolatina. Durante los meses que permanece en Bolonia por ejemplo, traba amistad con el cardenal Francesco Alidosi, quien se encargará de firmar el consentimiento para la creación de los frescos de la Capilla Sextina y será también la mano derecha del papa Julio II. Allí escribe al editor veneciano Aldo Manutius presentándole sus traducciones de Eurípides e invitándolo a publicar el Nuevo Testamento en griego.

En esta ciudad, una confusión somete a Erasmo a una dura prueba. Al ver sus hábitos de la orden de los Hermanos de la Vida Común, creen que se trata de un apestado y lo rechazan. Este incidente servirá para conseguir del papa la tan anhelada dispensa de vestir hábito y poder usar ropas de seglar.

Tal vez fuera esta ocasión de abandono de la vieja casulla por el rechazo recibido, la que precipitara el cambio de nombre, pues sabemos que fue en 1506. Después, fija su residencia desde octubre de 1507 a septiembre de 1508 en Venecia, donde edita Adagiorum chiliades. Luego pasa a Roma y allí se queda unos meses, hasta abril de 1509, justo el mes en que el papa Julio II invade Venecia y consigue los territorios de la Romaña. Cuando sale de la ciudad santa se dirige a Padua, Siena y Nápoles, un periplo durante el cual ejerce como preceptor del joven Alejandro Estuardo, el hijo natural de Jacobo IV de Escocia, en quien tantas esperanzas depositara Erasmo. En esta última ciudad comienza el estudio del hebreo y el arameo.

Ese verano 1509 se despide del obispo Estuardo y recibe la noticia del fallecimiento del rey Enrique VII. Habría cambios y su amigo Tomas Moro tenía amistad con el futuro rey. Así pues, se dirige a Inglaterra en un accidentado viaje durante el cual, aparte de enfermar, comienza a redactar el Elogio de la Locura, que acabará en Bucklersbury, una mansión que su amigo Moro posee cerca del río, en Chelsea, Londres.

El humor y la sonrisa que escapan de esta obrita son el producto de un objeto cómico, a veces risible, pero también siniestro: el paisaje abigarrado de relaciones que se gestan, sobre todo con la diplomacia y la guerra, en una sociedad cuyos dirigentes son incapaces de dar la respuesta que necesita. Pero lo que hace posible esta mirada irónica es la posición íntima, pero a la vez externa, que bordea los márgenes del poder, Su humor traza una parábola que une por la parte más alta a sus amigos de inteligencia aristocrática pero compasiva y, por la más baja excluye a los filósofos dialécticos y a sus seguidores, reyes, perlados de púrpura, tiranos ciegos del mundo, además de monjes y otros aduladores que consienten con la crueldad. Es un desprecio de guante blanco, alejado de toda complicidad con aquellos que nada quieren saber de los nuevos tiempos y se aferran al poder con la vieja teología. El pesimismo, la crueldad, la rigidez y esas “miradas torvas” de los “filósofos” ensombrecen por doquier a Europa.

En efecto, en el horizonte no soplan vientos favorables cuando redacta el Elogio. Y menos aún, cuando lo publicó en 1511, pues la incertidumbre e intransigencia se había tornado ya franca hostilidad. Enrique VIII, amigo por entonces de Tomás Moro, se acababa de casar con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, con la intención de aislar a Francia, y había sucedido en el trono a su padre Enrique VII de Inglaterra, muerto el 21 de abril de 1509. Por su parte, el papa Julio II había conseguido con una amplia alianza, la Liga de Cambrai, vencer en mayo de ese año a la república de Venecia, previa excomunión como ciudad enemiga. Por tanto, desde la muerte de Enrique VII, hasta el nombramiento de Enrique VIII el 11 de junio, el papa había ganado con su triunfo un poder y una influencia decisivas en Europa. Incluso había implicado en su plan al emperador Maximiliano I, quien había dirigido a sus tropas, más de 35000 hombres, para poner cerco a la ciudad. La Liga, sin embargo, pronto se rompió, y el papa guerrero no sólo dejó plantada a su aliada Francia, sino que contando con las fuerzas inglesas expulsará a los franceses de Milán y Génova azuzando a las gentes con el grito ¡Fuera los bárbaros!

Por esta razón, cuando aparece el Elogio en 1511 no corren vientos favorables para el país que lo acoge y publica. Ese año Francia estaba, pues, en el punto de mira de distintos países e intereses. Se comprende entonces, porqué la impresión de Morias Encomion por Gilles de Gourmont en París levantó toda clase de suspicacias faltas de humor en la diplomacia vaticana. Máxime cuando su amigo Guillaume Budé, uno de los introductores del humanismo en Francia, era el prestigioso magistrado y maître des requêtes de Francisco I.

Por otra parte, con las inquietudes reformistas la situación de la Iglesia estaba cambiando y los temores mezclados con la ambición papal la obligaban a prestar más atención a las voces discrepantes. Luego vendrá un periodo de cierta calma cuando acceda al papado León X más amigo de humanistas. Pero, de momento, el recelo prima más que el interés humanista. Además, cuando aparece este opúsculo Erasmo es ya conocido en los Países Bajos, en Francia y en Inglaterra. Así pues, quien somete a crítica con fina ironía el poder de los reyes y de la Iglesia no es un desconocido, sino alguien relevante en el panorama europeo. Su Moria no es sólo rechazo a la esclerosis y modos de las instituciones eclesiásticas y políticas, es además santa locura, arma liberadora frente a los doctos intolerantes que prefieren ofender a su Dios antes que poner en cuestión el orden de su vasallo papal. Erasmo es, en definitiva, un humor bicéfalo y suave pero corrosivo, que se extiende por toda Europa.

El Elogio, como obra de divertimento, está dedicada expresa y efusivamente a su gran amigo Tomás Moro. Está escrita para poder ser leída como declamación por eso no tiene divisiones. Y además, porque premeditadamente huye de la esclerosis clasificatoria tan del gusto escolástico, pues nada aporta sino límites secos y sombríos. “¿Tiene algún sentido –se pregunta la estulticia- convertirme por una definición en imagen o sombra, si vosotros me podéis ver tal como soy con vuestros propios ojos?”. Y si, ahora, la obra presenta otro aspecto en las ediciones modernas es por la intervención de A.G. Meusnier de Querlon, el editor del Journal de Montaigne, que en 1765 decidió dividirla en capítulos.

Las declamaciones habían nacido en la antigua Roma como ejercicios prácticos de la elocuencia jurídica. Se declamaba tomando asuntos para controversias de tipo jurídico, pero también para deliberaciones de la experiencia forense (suasorias). En cualquier caso, en tiempo de Erasmo latín y elocuencia iban irremisiblemente unidos, y los ejercicios de declamación quedaban casi confinados a puros ejercicios en el marco escolar del trivium. Pero, evidentemente, la intención y los propios logros de Erasmo no quedan ahí, sino que mediante cierta invectiva trata de jugar públicamente con las posibilidades que le brinda esta forma de la elocuencia, para tratar asuntos de vida pública.

Erasmo de Rotterdam – Hans Holbein

El Elogio es una obra que no se dirige al docto o al experto teólogo, sino que apela con la palabra viva al sujeto libre, al sujeto culto más allá de las instituciones religiosas y políticas. Se dirige al homo oeconomicus, que vive los trazos de la nueva economía y la nueva sociedad sin hacer de esa ley una exterioridad discursiva. Se dirige a un yo, cuya responsabilidad económica -dueño de su casa, encuentra una causalidad más íntima que la de pertenecer a una u otra institución. Erasmo busca en el lector desatado de las instituciones, pero comprometido con el nuevo tejido económico de las ciudades, un efecto cautivador y sugerente; no alimenta la satisfacción conclusiva de los filósofos, que a cada paso alcanzan el cenit de su goce en sus propias celdas ante los ojos incautos, tampoco la dureza del teólogo que impone sus juicios inapelables mirando siempre hacia el cielo. Él mira hacia abajo, despreciando moderadamente la riqueza –este era uno de los principios de su príncipe cristiano-, y centra su mirada en los modos escleróticos del poder. Príncipe cristiano como todo buen cristiano. Espejo del nuevo yo, causa y morada de su destino. Quiere hacer frente a filósofos y teólogos haciendo vibrar con emociones vivas y, tal vez afinando puntería, disparar sus dardos contra algún conocido “sabio endiosado”. Erasmo espera que, quienes lean en reunión amigable su Elogio, declamen, se diviertan y reflexionen. Humor y reflexión sobre el nuevo suelo social van juntos en Erasmo.

Por lo demás, esta mirada baja sigue la tradición alegórica que provenía de las composiciones medievales y, más directamente, de la Narrenschyff ad Narragoniam de Sebastian Brant, publicada en 1494 en Basilea. En efecto, La nave de los locos es un viaje a una Narragonia inexistente, pero utópica e ilusoriamente apropiada para los locos errantes. Es una mirada sobre los márgenes, que pone en primer plano a quienes navegan errantes, expulsados de las ciudades reales; y el Elogio, por su parte, es un paseo jocoso de la estulticia por sus dominios, por el intramundo irrisorio de la ciudad real. La ciudad en su dinamismo resalta como símbolo frente a las querencias obtusas del poder instituido. Todas las jerarquías, todo el saber que le es inherente son por ello objeto risible, por ser retablo de variopintas imposturas y fatuidades. La locura está aquí en la mejor posición para gritar el rey está desnudo.

La Moria es, además, un título juguetón. La plena amistad que mantenía con Tomas Moro, le suscitó la gracia de ligar el nombre de su amigo con aquel otro antagónico y cómico Moria, Moro, y de ahí surgió el Elogio. Y aunque esa ocurrencia remitiera a quien sabe qué otra oculta idea, lo manifiesto alude en primer lugar a la estulticia, al ridículo extravío de la fatuidad observada. Pero Moro, aunque de algún modo entre en la serie, es su amigo, por más que escriba versos a Enrique VIII y él no entre en la partida de esa gracia. En fin, Moro no es necio, sino el hombre más alejado de esa impostura.

Es verdad que siempre consideró a Moro capaz de mirar de frente a los de abajo estando en la cumbre, capaz de establecer relación con los humildes, sin dejar por ello de preservar su gran espíritu y mostrar en todo momento un trato sencillo. La Estulticia tiene de hecho una doble mirada, desprecia y aprecia, consiente con la riqueza de la vida y no tolera la rigidez de los que saben como su amigo y como él mismo. Su humor encuentra una perspectiva muy moderna, emplea agudezas, juegos de palabras ironías, pero siempre haciendo visible la contingencia de la vida humana, su carácter efímero.

La Moria habla en primera persona, como lo hiciera el personaje Filosofía en la obra De consolatione de Boecio. Se presenta narrando quién es, qué hace, cuáles son sus seguidores y adónde los conduce. Sus dominios se extienden desde la morada de los dioses hasta el último rincón de la choza humana, ayudada en este reinado por la propia naturaleza. La estulticia se asimila a la ambición que reúne a sus adeptos y les anuncia a bombo y platillo sus grandiosas intenciones, ocultando sus ridículos intereses. Su canto suena como una alusión directa contra quien en ese momento reúne ejércitos, y confabula batallas. Pero sobre todo visita a quienes usan la teología para justificar ese brazo armado. Esos filósofos “de mirada torva”, aquellos que mantienen encendida la hoguera de la intransigencia. Son los mismos que apoyan con halagos la actitud bélica del papa. Erasmo como dolido, nos da a leer su texto: “… mucha gente con sentido religioso tan estragado que encuentran más soportables las más horribles blasfemias contra Cristo que el más ligero chiste contra el Papa o el Príncipe”. Y prudente, aunque dolido, se guarda de citar nombres y pretende con la obrita “… más bien agradar que zaherir”.

Otros pasan por el filtro irónico del humanista con más benevolencia, pues aunque errados, al menos son alegres y reparten con sus bufonadas alegría. Son aquellos que buscan el placer de comilonas y festines, explayándose en la diversión. Son fieles de la diosa estulticia, gente campechana y simple, aunque a veces muevan ducados y condados como Holanda. Son los burgueses que traen riqueza y un sentido distinto del disfrute de la naturaleza.

La estulticia es hija de la riqueza y de Neotete. Su padre, Plutón es “el verdadero padre de los dioses y de los hombres”, auténtica base del poder en una sociedad en la que circula el dinero y el comercio. Como decía el arcipreste, poderoso caballero es don dinero. Este dios propicia el desvarío y deja hacer a sus adoradores, quienes “…con un simple movimiento de su cabeza, barajan a su antojo lo profano y lo sagrado. Todo es regido según su beneplácito: la guerra, la paz, imperios, artes, lo risible y lo serio”.[iv] No es un dios decaído y enfermo, sino un vigoroso numen que engendra a sus hijos entre borracheras.

El termino que emplea Erasmo para nombrar a la madre de Estlticia, es un neologismo, que él mismo inventa en griego. Es un alarde del idioma para dejar en ridículo a sus sabios necios. Neotete es la Juventud, por lo que tiene de irreflexiva y alocada. Es fuente adorable de irreflexión, pero meta de viejos necios. En el lugar donde nace la estulticia “todo crece espontáneamente sin esfuerzo” como en las Islas Afortunadas.

La necedad, llamémosla así de momento, fue amamantada –de nuevo el griego inventado- por la ninfa Methe y Apaedia (la Borrachera y la Ignorancia). Los banquetes y excesos la nutren. Con la alegoría atiza el fuego que quema la época: La desmesura y la riqueza que derrocha con sus banquetes y mete en cintura estrecha a los miserables pecheros. Pero no son de los banquetes que luego reivindique Rabelais de los que habla, sino de los que son preludios de guerra y muerte.

Este alegato de libertad llegó a nuestro país de la mano de Hernando de Colón en 1516, y se cree fue ampliamente leído en Universidades y Cabildos. Muchos debieron disfrutar y gozar con él. Llegó precedido del Enchiridion, como contrapunto del ciudadano cristiano, y extendió la concepción erasmista entre los intelectuales de la universidad de Alcalá, cuidada por Cisneros. De allí pasó a Andalucía occidental, inflamando a los espíritus de los místicos del sur y de Castilla.

Erasmo no escribe un tratado, sino un desvarío, una obra de fácil lectura para mentes abiertas que las hay tanto en Francia como en España. La estulticia llama la atención y se la sigue, dice Erasmo, pero no como se sigue a los predicadores, sino con aquella otra expectación que despierta el charlatán de feria, el juglar o el payaso. Está en la línea divertida de la tradición cultural carnavalesca de la Edad Media como diría Bajtin, la estulticia es un cuchillo con el que Erasmo recorta juguetón el narcisismo y la sexualidad. A los hombres que hacen alarde de sabiduría los capta en lo que tienen de ridículo goce:

Nuestro ruboroso personaje levanta la cabeza y exhibe la cola cual pavo real. Mientras tanto el medido adulador casi le compara con los dioses y le presenta como dechado de todas las virtudes, aún a sabiendas de que está doblemente alejado de todas ellas. No cesa de vestir a la corneja con plumas ajenas, de blanquear al etíope y de transformar la mosca en elefante. Son como “monos vestidos de púrpura”, “asnos con piel de león” que “dejan por alguna parte sus grandes orejas de Midas”, esto es, que escuchan el tintineo del oro allí donde esté.

Erasmo rescata términos y cultismos y para ello está el griego, para afilar sus agudezas contra la locura de los poderosos. Esos que gozan con halagos y aparecen como aquella Filautía con las cejas marcadas, muestran la necedad del amor de sí, como quien dice, del propio engaño. Hoy en medio de una extensa gama psicologista de saberes expertos, esa mona se viste de “autoestima”. Es el amor propio que requiere otra musa de brillantes ojos, pronta al aplauso, que se llama Kolakía (adulación), quien como ejército de sabios psicólogos ensalza a quien se autoestima, alabando al yo hasta el paroxismo en la misma ceremonia. Presidiendo la comitiva va la ignorancia, que aquí no es falta sino desbarre y verborrea; y, un poco más rezagada, con movimientos más torpes y pesados, camina la Misoponía (la pereza, también la mental) desinflada de deseos. Cierran la comitiva la voluptuosidad derramada, como puro gasto del capricho (Hedoné) y aquella otra de ojos esquivos y mirada huidiza, la Demencia (Anoia) que aún no ha sido expulsada de lo humano, pero que ya se hace compañera inseparable de la Molicie (Tryfe).

La Estulticia recorre cielos y tierra, se pasea por todos los rincones del escenario de la comedia humana. Visita, como diosa que es, a hombres y a dioses, a esos que elevan al cielo humano los propios anhelos concediéndoles el máximo valor. Hasta el propio Júpiter tonante “tiene que deponer su triple rayo, mudar su faz titánica, terror de todos los dioses y ponerse la máscara de simple histrión”. Baco también recurre a ella, para adorarla y la celosa Venus inclina también su cerviz.

Lo más humano, la sexualidad jovial y retozona destrona al estricto moralista. También en el “deseo más noble de engendrar una vida” se ha de recurrir a la Estulticia dice Erasmo. “Es a mí, y a mí sola, a quien habrá de acudir ese sabio si quiere ser padre. Ese placer sexual sume al sujeto en una locura ante la que claudican todas las reservas morales. Hasta el estoico más austero sucumbe:

“… a ese hombre que se deja su barba de chivo como señal de sabiduría, le haré deponer su orgullo, suavizar el seño, dejar a un lado los dogmas diamantinos, e incluso hacer tonterías y extravagancias”.

Erasmo de Rotterdam

El cuerpo se ha de poner en juego en esta locura inducida. No es la cabeza ni el pecho lo que entra en juego, sino “aquel órgano tan ridículo y absurdo que no se puede nombrar sin echarse a reír; tal es la fuente sagrada de donde todos recibimos la vida…” Lo insignificante está a la raíz de lo más sagrado. Incluso “Júpiter tonante, padre de los dioses y de los hombres, ha pasado a la literatura como el dios terrible e inaccesible. No obstante, está sometido y dominado por la locura en un momento importante como es “hacer un hijo” (expresión acuñada por Erasmo)”.

Hay momentos en que es más explícita su condena contra la petulancia de teólogos y frailes, aquellos que recuerdan la sumisión y con sus palabras hacen sentir que tienen la sartén por el mango: “de ese juego nuestro, embriagador y ridículo proceden los estirados filósofos y su progenie actual, los que el vulgo llama <<monjes>> o frailes, los reyes vestidos de púrpura, los piadosos sacerdotes y los tres veces santos pontífices”.[v]

La estulticia es también la que produce la felicidad. Pero no una eudemonía aristotélica, producto del ejercicio de las virtudes, no es un equilibrio del alma sosegada y reconfortada con su ejercicio virtuoso, sino aquella otra felicidad que lo es por romper las bridas de contención de la razón vigilante:

“Todo el mundo sabe que la edad más feliz, y con mucho, la más alegre es la infancia. ¿Qué hay en los niños que nos empuja a besarlos, abrazarlos y acariciarlos, y que incluso los mismos enemigos les presten auxilio? ¿No es acaso el candor de la estulticia con que la sabia naturaleza ha dotado a los recién nacidos a fin de resarcir de forma placentera los sacrificios de sus educadores y de los que están a su cuidado?”

El sinsentido también es fuente de placer en los ancianos:

“Pero diréis: es que los ancianos deliran y chochean. Y eso mismo es volverse niños. ¿Es que ser niño es algo más que delirar y hacer tonterías? ¿No es precisamente la falta de sentido en ellos lo que más nos agrada? ¿Quién no aborrece y rechaza como algo monstruoso a un niño dotado con la discreción de un adulto?”.

No hay nada alegre y placentero que no participe de la locura liberadora:

“Además, si bien se piensa, (la estulticia) relegó la razón a un estrecho rincón de la cabeza, mientras dejó el cuerpo al imperio de las pasiones. En el interior de cada uno de nosotros enfrentó a dos tiranos fortísimos: la ira, depositada en el castillo del pecho, para así dominar mejor al corazón, fuente de la vida; y la concupiscencia, que extiende su vasto imperio hasta los genitales.

La vida del hombre muestra bien a las claras lo que puede hacer la razón contra el ímpetu combinado de estas dos fuerzas enemigas. Lo único que puede hacer es gritar hasta enronquecer, dictando normas de honestidad. Pero ellas mandan a paseo a su reina y soberana y gritan más desaforadamente, hasta que cansada cesa y se entrega.”

La mujer entra en serie con la necedad por su tendencia a encarnar semblantes para conseguir sus fines, hacer gozar conduciendo hacia el desbarre. A Erasmo no se le puede pedir otra consideración:

“Y si alguna mujer quiere ser tenida por sabia (…) Pues, en efecto, todo el que contra la naturaleza violenta su modo de ser y adopta unas cualidades aparentes, duplica su efecto.” “Creo, no obstante, que las mujeres no son tontas como para enfadarse conmigo por el simple hecho de que yo misma, mujer, la estulticia, les reproche su necedad (…) ¿Y qué otra cosa buscan en esta vida más que agradar lo más posible a los hombres? ¿Con qué fin, si no, tanto cuidado, tanto maquillaje, baño y peinado, tantas cremas y perfumes, y ese componerse, pintarse y ensombrecer la cara, los ojos y el cutis? Y pregunto ¿No es esa loca coquetería la que las hace imponerse a los hombres? Nada hay que no toleren los hombres a las mujeres. Y ¿A cambio de qué? Sólo el placer. Sólo su loca coquetería es lo que les agrada en ellas”.

Y en un lenguaje totalmente moderno, Erasmo pasa revista a uno de los motivos que le han llevado a escribir este libro: la amistad. El lazo social más querido y deseado por el humanista, ese que alcanza en Tomás su fortaleza más gratificante. Pero tampoco ésta escapa a la Estulticia:

“Pues, ¿no se parece un poco a la estulticia, la connivencia, el disimulo, la alucinación y debilidad, esa especie de admiración y cariño por alguno de los defectos de los amigos como si fueran virtudes? ¿Qué es sino estulticia ese beso en el lunar de la amiga, o el deleitarse en la verruga nasal de su corderita? ¿O cómo calificar ese estrabismo del padre que ve a su hijo levemente tuerto? (…) ¿No es, acaso, Cupido ciego él, responsable y mantenedor de toda relación amistosa, él que ve lo feo como hermoso? ¿Y que hace que cada uno de nosotros encuentre hermoso lo que tiene, que el viejo ame a su vieja y el muchacho a su chica? Todo el mundo conoce y ríe estas cosas, y, sin embargo, por ridículas que sean, hacen la vida amable y unen y aglutinan a los humanos.”

El amor, tan engañoso, lo es más cuando se dirige al primer objeto reconocido. Todo con lo que nos identificamos queda atrapado por esa locura de amor. El amor propio es tan loco como su hermana la estulticia, pero se extiende a lo más íntimo:

“¿Puede amar a alguien el que a sí mismo se odia? (…) Si no existiera la Filautía o amor propio, a quien reconozco como mi hermana legítima -y que en todas partes encuentro- ¿qué de noble podrías realizar en tu vida y en la de los demás? (…) Y para terminar diré que si la parte más principal de la felicidad consiste en ser lo que se quiere ser, entonces, mi querida Filautía ha provisto esto con creces. Ella, en efecto, hace que nadie se arrepienta de su figura, de su talante, familia, lugar, posición, ni de la patria.”

Las artes y las ciencias han venido a complicar la vida al hombre alejándolo de la felicidad. Cuanto más se sumerge el hombre en el saber más se hunde en la infelicidad. Pero ante todo constituyen un teatro del mundo para exhibir el poder y la gloria, o mejor la fatuidad ante las gentes ingenuas.

“… de entre todas estas ciencias, las más apreciadas son las que más se acercan al sentido común, incluso diría a la insensatez. Veamos: los teólogos se mueren de hambre, los físicos de frío, los astrólogos son objeto de risa, y los dialécticos de menosprecio. Sólo el “médico vale por muchos hombres” y cuanto más ignorante, más temerario e inconsciente es el médico, más alta es su reputación, incluso entre los príncipes. Porque la medicina, sobre todo tal como hoy la ejercen muchos, no es más que una forma de adulación, lo mismo que la retórica.

Después de los médicos, los leguleyos ocupan el segundo lugar. Quizá debiera decir el primero, si no fuera porque los filósofos –me callaré mi opinión- se ríen unánimemente de ellos llamándoles asnos. Sin embargo la palabra de estos asnos decide los grandes y pequeños negocios. Sus latifundios aumentan, mientras el teólogo se estruja la mollera para sacar de ella la divinidad entera, tiene que comer altramuces, y no cesa en su lucha contra las chinches y los piojos”.

Erasmo de Rotterdam – Hans Holbein

El arte, alejado de los talleres sacros, creación ya y expresión del genio, es –por el goce necio de la gloria- hijo de la Estulticia:

“¿No es la sed de gloria la que inspira al ingenio de los mortales a descubrir y a poner al servicio de la posteridad tantas disciplinas tenidas por tan excelsas? Ha habido hombres que se han impuesto vigilias, trabajos y sudores para conquistar un poco de gloria -la más vana de las adquisiciones- , demostrando con ellos ser completamente insensatos. Y, sin embargo, debéis a la Insensatez o estulticia una egregia facilidad de la vida, don dulcísimo, cual es el poder gozar de la insensatez ajena.”

Y a propósito de la obra de arte, influido por el platonismo pero anticipando el sentido trágico de la vida, nos dice:

“Quitar la ilusión es dar al traste con el drama. La misma ficción y el maquillaje es lo que atrae las miradas de los espectadores. Ahora bien, ¿qué es la vida de los mortales sino una especie de comedia? Cada actor aparece con su máscara diferente, representa su papel, hasta que el director de escena le manda retirarse.”

El agalma se esconde tras una apariencia rústica, es el secreto de la felicidad de los simples; por el contrario el Sileno, que pretende guardar un tesoro valioso tras un manto de seductoras palabras, deja al descubierto una Iliada de males y libera una fuerza que transgrede toda ley humana. Así lo escribe en los Adagios, en una versión publicada poco después que el Elogio:

“Me referiré a los malos sin ofender a los buenos, en realidad ni siquiera a los malos, puesto que con una discusión genérica sobre los vicios no se pretende ofender a persona alguna. Y ojalá que fuesen pocos los eventuales afectados por estas cosas. Cuando ves el cetro, los emblemas del poder, la escolta, cuando escuchas los tratamientos de ‘serenísimo’, ‘clementísimo’, ‘ínclito’, ¿acaso no te sientes inclinado a venerar como a un dios a un príncipe terreno y a pensar que contemplas algo por encima del hombre? Pero dale la vuelta al Sileno: hallarás un tirano, a veces un enemigo de los ciudadanos, alguien que aborrece las paz pública, hábil sembrador de discordias, opresor de los buenos, peste de las leyes, destructor de ciudades, saqueador de la Iglesia, ladrón, sacrílego, incestuoso, tahúr, en pocas palabras, por decirlo con el proverbio griego, una Ilíada de males.”

El fin de su vida estuvo estrechamente ligado a esta obra y a la amistad a la que estaba dedicada. En una carta de 31 de agosto de 1535, dirigida a su amigo Piotr Tomicki, obispo de Cracau y canciller de Polonia, expresa su estado de ánimo tras la ejecución de su amigo Moro:

“En la persona de Moro, me parece haberme extinguido yo mismo, porque no teníamos entre los dos más que una sola alma, según la palabra de Pitágoras. -Y agrega con su típica resignación- Pero tales son las vicisitudes de las cosas humanas”.

A Moro lo habían matado en la Torre de Londres el 6 de julio de ese año. La respuesta llegó demasiado tarde. Tomicki murió días después y la tardanza de los colaboradores en remitir la carta demoró unos meses la misiva. Cuando llegó a destino, el “insecto efímero”, como gustaba denominarse Erasmo, había muerto. Aquel 12 de julio, cuando prácticamente se cumplía el año de la ejecución, Basilea y toda Europa se vistió de luto.


NOTAS

[i] FONTAN, A. Príncipes y humanistas: Nebrija, Erasmo, Maquiavelo, Moro, Vives. Ed. Marcial Pons. Madrid. 2008. P. 40.

[ii] Término que emplea en el sentido de “necios-sabios” y no en el sentido original de Luciano, que lo usaba para designar a los sabios que se mostraban irónicamente ignorantes a la manera de Sócrates.

[iii] VIVANCO SAAVEDRA, Luis. Notas sobre la influencia de Erasmo de Rotterdam en el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés. RF. [online]. set. 2003, vol.21, no.45 [citado 28 Febrero 2010], p.51-87. Disponible en la World Wide Web: <http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0798-11712003000300003&lng=es&nrm=iso&gt;. ISSN 0798-1171.

[iv] Elogio, p. 40.

[v] Elogio, p. 44.

www.articuloz.com/artearticulos/sobre-la-delgada-linea-de-lo-absurdo-y-lo-fantastico-

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