La ironía postmoderna

Jorge A. Ballario

No nos interesa criticar al liberalismo como tal, sino a su versión caricaturizada: el neoliberalismo; por considerar que el liberalismo llevado al extremo se desvirtuaría, de modo análogo a como el exceso de placer se transforma en dolor. Hay un punto de inflexión o límites lógicos –como en casi todos los ordenamientos humanos–, que sería conveniente y saludable que se respeten.

El neoliberalismo al casi abolir la presencia de los estados con sus naturales regulaciones, devendría también él una dictadura; una dictadura de los mercados, o más precisamente de quienes lo digitan y comandan.

Las corporaciones son omnipresentes, omnipotentes y omnisapientes, es decir, son como Dios, con la salvedad de que las orienten los más mezquinos intereses. Dada esta simple ecuación y visto la progresiva tendencia mundial a la concentración del capital, más aún del ya escalofriante nivel alcanzado. Estaríamos aptos entonces para practicar un poco de futurología: “el siglo XXI nos verá seguramente inmersos en un nuevo y sutil tipo de esclavitud: la ejercida por las corporaciones y multinacionales”.

El bastardeo imaginario

El vertiginoso desarrollo de la imagen y el uso que se hace de ella, en política o entre políticos principalmente determina que ya no importe la realidad, la que por otra parte los adictos a la imagen confunden con la realidad.

El escenario imaginario es un verdadero circo en el que todos envían sus mensajes o repertorios actoriles para que la teleplatea vea.

El demagogo mediático sería aquel usufructuador que tiene en cuenta sólo las reglas de juego de la TV, para lograr efectos en la audiencia o cosechar fama, sin contemplar la objetividad de sus enunciados y mucho menos la ética de su conducta.

… el sujeto pasivo de reality – show que exhibe sus heridas frente a la cámara… ha sido superado por el personaje activo que construye sus declaraciones según todas las normas de la retórica de los medios…

Destrezas del futuro: sin duda, la posmodernidad es la etapa de la alfabetización mediática, por encima de la alfabetización de la letra. Los políticos tratan de aprobar sus cursos en esta escuela…1

No es casual que en la época de la imagen, de la apariencia, el hombre “aparente” ser libre. Esto es sólo una ilusión, ya que los síntomas que son parte de una realidad oculta, no dicha; paradójicamente hablan, y en su discurso nos dicen que: “la libertad no es tal…”

En un mundo globalizado, regido por el paradigma neoliberal que legitima la búsqueda de “productividad infinita”, irrumpe en la escena la lógica despiadada del mercado absoluto. En estas condiciones no se puede esperar más que una creciente concentración de capitales, un incremento en la brecha entre ricos y pobres, corrupción, toda clase de signos de malestar; y lo que sería más grave aún, la acentuación de lo descripto mediante un “círculo vicioso” difícil de romper, debido a que cada vez con mayor ímpetu el poder económico eclipsaría al poder político.

El proclamado fin o cese de la historia, podría transformarse en su opuesto: “la aceleración de la historia”, como consecuencia del “complejo o sensación de pobre” que la dinámica consumista neoliberal genera en las personas, al contrastar idealmente la abundante oferta total de bienes y servicios, con las escasas y alienadas alternativas reales de consumo individual.

El fin de la historia propuesto por Fukuyama, más que al hecho de la satisfacción y la abundancia, estaría referido al estremecedor desarrollo del capital financiero y a la sofisticación del dispositivo mediático a su servicio. Este dispositivo promovería “el lavado de cerebro” más sutilmente fantástico de la historia (y en esto sí que hay un punto –no final, pero sí– de inflexión en la historia), y “el nivel deseante” más arrollador jamás alcanzado. Es la conjunción de estas dos variables que potencian sus efectos entre sí, lo que genera la ilusión de inmovilismo o de que no hay más alternativas. Al desdoblársele el deseo hacia los objetos fetiches que el sistema promueve; el sujeto, confusamente adopta el deseo rector del sistema como propio.

Frente al sujeto-sujetado del psiquismo neurótico, se puede poner de relieve, según Héctor Fiorini *, a un sujeto-desujetante, un sujeto-creante, propio de la creatividad humana.

Sobre esta línea de pensamiento podríamos pensar en un sujeto central, como un sistema de dinamismos; un conjunto de funciones relativamente autónomas –independientes o no, de las conciencias y roles específicos de los protagonistas–, con el objeto de salvaguardar, afianzar, perpetuar o cambiar –de ser necesario–, configuraciones, tendencias o direcciones en el acontecer socioeconómico, en consonancia con los intereses dominantes.

El afán por dominar y controlar se puede decir que es una característica humana. En los regímenes totalitarios esto se ve claramente, pero en las democracias, “la cosa” toma caminos más discretos y sutiles; uno de los que se generó en esta época es el que posibilitó la tecnología en la producción de imágenes. Debido a la masificación de la TV principalmente, es factible tener acceso a casi todas las mentes incautas que deambulan por el globo y generar cultura. Una cultura neoliberal, homogénea y globalizada, ideal para los megaemprendimientos.

En otras palabras, al sujeto central lo compondría toda la trama de complacencias, obsecuencias e ideologizaciones que los diversos individuos ejercen al ejecutar su cuota de poder en sus respectivas funciones, más allá de la supuesta conciencia o falsa conciencia que aquellos posean sobre estas. La que a su vez es relativa a la formación, personalidad e idiosincrasia de cada integrante. Es decir salvo los casos puntuales de ciertos jerarcas neoliberales, bajo ningún punto de vista se podría hablar de culpables ni de nada que se le parezca. El objeto de esta búsqueda, sería más que todo contribuir a desalentar solo las consecuencias masivas y negativas, que la obra de dicho sujeto acarrea para gran parte de la humanidad, en cuanto a la exclusión y alienación imperantes, con sus consabidas manifestaciones sintomáticas.
Al holocausto mental neoliberal hay que vincularlo a:

– La incautación ideológica, o la configuración mental masiva sociocultural, útil para los intereses globalizadores transnacionales; para los representantes del neocolonialismo neoliberal.

– El umbral de seguridad, es decir: las formas de perpetuar el “régimen sutil”.

– El proyecto genoma: la experimentación sobre el cuerpo “sin deseo”; sobre el organismo biológico; configuraría otro pilar del régimen en busca del hombre perfecto, sin fallas. Los más bellos y los más eficaces, constituirían la raza pura neoliberal; un linaje sobreadaptado y ultra eficaz para con las premisas neoliberales.

– La atrofia en el pensamiento, debido a la falta de convicción en su utilidad, a la desesperanza. Es que los ideales se encontrarían tan elevados, que no cabría la posibilidad creíble –por parte del sujeto– de acercárseles. En el neoliberalismo, el premio esta tan arriba, y la competitividad para alcanzarlo es tan arrolladora, que desnaturaliza y deshumaniza al hombre.

Muchas de las personas que en el fondo no se sienten dispuestas a semejante odisea, podrían reprimir su propio pensamiento y creatividad, para obviar el conflicto que les acarrearía el hecho de sentirse en condiciones de largar tan salvaje carrera. Sería menos ansiógeno y perturbador no pensar ni sentir; negando o disociando aquellas amenazadoras capacidades mentales.

A esta masa anónima y sufriente de individuos, les vendría como anillo al dedo entonces, el achatamiento mental masivo que se efectúa a través de la TV basura, en el contexto del despliegue tecnológico más formidable de todos los tiempos montado para tal fin.

El discurso científico procuraría luego “taparle la boca” con pastillas a los más quejosos y revoltosos; exigiéndoles a sus hijos descarriados que vivan una vida que ellos sienten que ya no les pertenece, reconvirtiéndoselas a los preceptos neoliberales nuevamente.

En la globalización neoliberal, tienden a desaparecer de la realidad visible los aspectos y matices de la subjetividad humana, los que reaparecerían en forma sintomática. En este régimen se alentaría implícitamente una uniformización en lo esencial (pensamiento único, fin de las ideologías, el dinero como valor supremo), para relajar al máximo el terreno de las apariencias, es decir fomentar una especie de “aparente libertad” (modas estrafalarias, conductas y costumbres –solitarias o grupales– excéntricas, etc.). Pero los síntomas que constituyen parte de esa realidad no visible, y son cada vez más intrincados –en consonancia con lo abarcador y, la creciente complejidad del saber científico–, marcarían nuevamente la diferencia. Aunque el arsenal médico que los espera promueva otra vez la unificación.

Trabajar por una productividad e idealización acotadas, es decir, con techo. Es apuntar a una mayor ecuanimidad en la distribución de la riqueza y del bienestar general; es jerarquizar el proyecto individual, hoy bastante alicaído; es realzar el colorido de la vida “real” por sobre la “ficción” publicitaria.

No alcanza con políticas de tenor social para morigerar los efectos de la productividad infinita y el mercado absoluto, proclamados –estos últimos– por los fundamentalistas neoliberales. Es imprescindible además, “desalentar globalmente” la cultura de lo bello; reduciendo los peligrosamente elevados niveles de idealización y frustración concomitante alcanzados, para aplacar de ese modo el malestar, dado que en la medida que más se le estimule la “capacidad ilimitada de desear” al ser humano, más insatisfacción experimentará éste.

El volver para atrás en la meta neoliberal de productividad infinita, sería ¡no! Un retroceso nostálgico, sino, un “avance humanista” en la productividad “finita”; aunque infinitamente más abarcativa para con la vida en general y los procesos ecológicos con sus diversos ecosistemas entrelazados.
Por todo esto y mucho más, es imprescindible poder salir de este sistema perverso sin pagar por ello el duro precio de la marginación o desprecio social, ya que es eso lo que ocurre con la salida individual.

La racionalidad pseudo-científica

La racionalidad pseudo-científica y los tecnócratas sociales, eran los gestores ideológicos –en su momento– de la influencia absoluta del discurso nazi, en cuanto al aspecto justificador del holocausto. Análogamente, en el funcionamiento del discurso neoliberal avalado por la ciencia, el régimen actual repetiría la irracionalidad pseudo-cientificamente racionalizada y justificada en lo que atañe a la distorsión de la realidad; tanto en lo concerniente a la salud (abstrayendo y ampliando at infinitum las cuestiones puramente biológicas), como así también en lo referente a la esfera politico-economica (imponiendo una visión economicista con el dinero como valor único), en el marco del reemplazo de la política por la ingeniería social, y de los políticos por los tecnócratas.

En cuanto al “holocausto del deseo”, entendido como la aniquilación de toda esperanza, se daría en forma absoluta solo con el genocidio efectuado por el nazismo. Aunque el neoliberalismo, por caminos solo aparentemente contradictorios, parecería empeñado en extirpar de la faz de la Tierra el deseo humano e, insertar en su lugar el deseo del sistema. De este modo, aboliría al “ser” humano, dejando solo su soporte biológico con sus necesidades de objetos fetiches estandarizados; los que procurarían suplir la falta constitutiva del sujeto. Pero es justamente el deseo (que por definición no tiene el objeto adecuado que lo colme, como sí ocurre con la necesidad), más su capacidad simbólica, lo que lo constituye y diferencia definitivamente al hombre del resto de las especies, sino fuese así, sería únicamente un animal más, regido solo por necesidades instintivas.

Es decir, la eliminación absoluta del deseo no sería negocio, pero el deseo como constante fuente de energía “singular” tampoco, dado que de este modo ofrecería resistencia a lo que viniendo de afuera, pretendiese ocupar su lugar. La solución pasaría por jerarquizar la producción de restos nimios del deseo profundo, mediante las insatisfacciones que el sujeto experimenta al contrastar su búsqueda ilusoria de objetos ideales que satisfagan su anhelo con la frustración concomitante, emanada del hecho de constatar inconscientemente la no correspondencia estructural de lo buscado con lo hallado. Los restos surgidos a raíz de la insatisfacción del deseo se corresponderían con la fragmentación y dispersión subjetiva postmoderna. Estos restos elevados de categoría y más o menos desconectados de su soporte degradado: el deseo inconsciente, alentarían los planes neoliberales.

Entonces, en las condiciones descriptas, se obtendrían sujetos sin la suficiente estructura mental que haga de barrera o contención a las demandas del omnipresente mercado neoliberal.

Como vimos, el holocausto del deseo está referido al exterminio del deseo singular, matriz de la subjetividad. A la alienación radical de lo más esencialmente humano que constituye nuestra especie, que como tal, podría hallarse en vías de extinción.

En el presente, los recursos energéticos dilapidados alegremente por el neoliberalismo, estarían –en cierto modo– dejando sin aire a las futuras generaciones y también a las actuales dado la contaminación, desertización y otras situaciones dañinas producto de este sistema de despilfarro e infestación ecológica. Sería, equiparable metafóricamente a la falta de aire puro o a su infectación con gas, que realizara el régimen de Hitler durante el exterminio judío, en el marco de la pretendida “solución final” nazi. Actualmente, con el “fin de la historia”, se daría una analogía entre ambos regímenes en el “efecto invernadero”. El mismo, además de ser equiparable –como dijimos– a las cámaras de gas; sería por un lado, una expresión de la avaricia y consumismo superfluos alentados por los vientos neoliberales; y por el otro, consideremos que los megamagnates, y los autores ideológicos y políticos de esta obra, seguramente podrán ponerse a salvo de la contaminación y de los desequilibrios atmosféricos progresivos que impulsaron, pero no les resultará tarea sencilla a los desposeídos, que sufren y sufrirán cada vez más estas devastadoras consecuencias telúricas. En las antípodas de las montañas de escombros y cadáveres, podemos visualizar las montañas de dinero y fama, destinadas a representar –maquillaje mediante– la ironía postmoderna.

A pesar de todo, esta era tiene una parte positiva más allá de la manipulación. Si tenemos en cuenta que en todo tiempo hubo imperialismos de turno, y que siempre el discurso de los poderosos se impuso –al menos mientras duraba su dominio–, disfrazando o negando la objetividad, o solo rescatando las medias verdades afines, aunque elevándolas de rango; es decir, distorsionando la realidad conforme a sus intereses. No hay que olvidar además, que todo discurso no es más que una ficción que procura hacer lazo social entre sus adherentes, e ineludiblemente no puede más que representar una pequeña parte de lo real. Aunque en ocasiones, ciertos discursos exitosos en un derroche de euforia pretendan convertirse en sinónimos de lo real. Lo positivo –como les decía– se ubicaría en el hecho de que en este momento al imponerse de una manera sutil pero masiva –vía medios de comunicación, imágenes y el lavado de cerebro implícito–, el discurso neoliberal. Este, –contrariamente al genocidio que predicaba y efectuaba el nazismo–, nos deja los cuerpos, los organismos, la vida orgánica, –al menos–, como soporte para reesperanzarnos; reecomenzando a pensar y gestar nuevas utopías o modelos alternativos, tanto individuales como socioculturales, en la medida que la gente se vaya desalienando mínimamente con respecto al “deseo del sistema”, y a la vez se sienta en condiciones de elaborar proyectos propios “valorados”; desmonopolizando –de esta manera– la creación y difusión de valores fálicos que acapara el mercado globalizado neoliberal. En cambio, en otra época o en esta misma, pero en otros regímenes o ámbitos, se apuntaba o apunta a la eliminación directa del cuerpo, de la vida del disidente. Con la desaparición de la vida humana entendida como la sumatoria de los diferentes aspectos que la integran: racionalidad, capacidad sublimatoria y creativa, afectividad, y el soporte fundamental de todo ello: el cuerpo, se pierde literalmente a la persona en su conjunto. Entonces, en oposición a esta última situación descripta –tal como vimos–, obtendríamos el punto rescatable de estos tiempos neoliberales, más allá del “holocausto del deseo” que, –por otro lado– propiciaría; concretándolo en doble vertiente: 1º, los desocupados de mediana edad o más, los marginales, los discapacitados o, los incompatibles por alguna razón con las imágenes ideales promovidas por el mercantilismo neoliberal. Y 2º, la gente en general, víctima de éstas omnipresentes imágenes que, al estimular en demasía la capacidad humana infinita de desear, promueven –por contraste– “la opacidad del proyecto personal”, con su concomitante frustración y depresión, o desencadenan un intento desesperado, ilusorio y ultracompetitivo de revertir la situación.

Este “holocausto del deseo” comentado, es en sí mismo una “muerte”, pero una muerte metafórica, que dejaría para procurar la vida humana solo su soporte: la vida biológica, el organismo –siempre y cuando sobreviva; dado los montos de angustia y malestar que frente a estos avatares se suelen activar en los individuos expuestos–. Y a la sazón, podemos citar un viejo dicho popular que reza lo siguiente: “mientras hay vida hay esperanza”.

Bibliografía:

– Fiorini, Héctor. “Estructuras y abordajes en psicoterapias psicoanalíticas”. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires. 1993.
– Forrester, Viviane. “El horror económico”. Editorial Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 1997.
– Fukuyama, Francis. “El fin de la historia”. Editorial planeta. Buenos Aires. 1993.
– Goldsmith, Sir James. “La Trampa”. Editorial Atlántida. Buenos Aires. 1995.
– Laplanche, J. Y Pontalis, J. “Diccionario de Psicoanálisis”. Editorial Labor. Barcelona. 1981
– Sarlo, Beatríz. “Instantáneas”. Editorial Ariel. Buenos Aires. 1996.

Notas

(1) Beatriz Sarlo. “Instantáneas”. Editorial Ariel. Buenos Aires. 1996. Pág. 135
* “Estructuras y abordajes en psicoterapias psicoanalíticas”. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires. 1993

El e-mail del autor es: jab53@arnet.com.ar

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