El silencio en el capitalismo cultural

Manuel Fernández-Cuesta en El Pais


La cultura es la conciencia cívica del nuevo capitalismo. Entendida como el conjunto de valores y expresiones artísticas (individuales y colectivas) que una sociedad produce en un contexto histórico determinado, en la actualidad se presenta ante los ciudadanos como una inmensa caja de resonancia emocional que permite el impulso y control de las sociedades modernas. Los fenómenos culturales -acontecimiento general (espectáculos de masas) o reflexiones intimistas (rearme de la subjetividad)- son mercancías intangibles que intercambiamos a diario en la esfera pública (y privada). El espacio de socialización -denominador común- viene regido, al menos desde la II Guerra Mundial y en los países avanzados, por parámetros que facilitan o impiden, según sea el caso, la aplicación de políticas concretas.

Analizada la realidad bajo este prisma, la cultura -y por extensión la inquietante maquinaria que la produce- sería el escenario, con su complejo decorado, donde se representaría la ficción de la política democrática. La Constitución política, ley fundamental de organización del Estado, sería el reflejo jurídico del tejido cultural de la comunidad. Así, la sociedad proyectaría su estado de ánimo, aspiraciones y necesidades, en una norma de rango superior vinculante. Sólo tomando en consideración niveles de permisividad ética (y cultural) se puede fijar el grado de preparación de una sociedad para cambios concretos. Los estudios de mercado, la sociología al servicio del poder, actuarían de termómetro midiendo las posibilidades de involución o evolución social. Desarrollo cultural y ética personal se han fundido en el crisol de la modernidad.

Pese a la aparente diversidad, pese a la extendida idea progresista de multiculturalidad, vivimos malos tiempos para cualquier expresión que no cumpla su función natural de cohesión. La producción industrial de eventos (libros convertidos en best sellers, producciones cinematográficas, celebradas exposiciones, música que invade -por su inevitable presencia- la sensibilidad común o cualquier otra actividad de orden socio-cultural) impide manifestaciones contrarias a las asumidas por la mayoría. En el plano individual, la integración de marcas de estilo ajenas (creadas por los thinks tanks e impulsadas por la mercadotecnia) permite la armonización del relato público y el privado. La imaginación -secuestrada por la burguesía desde el siglo XIX y aniquilada con la irrupción de la cultura de masas- ha sido privatizada. Sentimos el mismo escalofrío (con parecida intensidad) en la misma página y en la misma escena; soñamos idénticos espacios de libertad (mitos recurrentes del capitalismo) y escuchamos simila-res bandas sonoras de nuestras vidas. La supuesta democratización de las emociones -más personas comparten lo mismo- esconde bajo su manto de igualdad la destrucción de la inteligencia crítica.

Gracias a este luminoso meeting point, extrañamente parecido, nuestro comportamiento privado apuntala la tendencia pública dominante. Olvidarse de la cultura (y del entretenimiento) para poder sobrevivir sería una solución. Pero esto equivaldría a escaparse del “yo” y rechazar la importancia de la imaginación (impuesta) a la hora de examinar el mundo. Una cuestión que, desde la invención de la exaltada subjetividad, el cartesiano cogito ergo sum, resulta compleja. Las trampas son muchas y las defensas conceptuales, frente a la invasión cotidiana, escasas.

Superada una primera fase de mercantilización -era necesario crear instrumentos de consumo sofisticado y masivo para poblaciones cada vez más amplias y formadas-, la industria se presenta ya, sin máscara, como productora y difusora de sensaciones culturales perpetuas y efímeras al tiempo. El material producido -poco importa la actividad en sí- ha pasado a una segunda esfera, siendo la excitación provocada su principal objetivo.

En esta desestructurada atmósfera sensorial reinan los valores sobre las ideas. Barack Obama -adalid de la modernidad y el mestizaje- sería el actor principal del modelo narrativo, mientras que Sarkozy y Rodríguez Zapatero aparecerían en el elenco como intrépidos meritorios. El entretenimiento, elemento central de la distracción, ha sido aceptado como patrón de cambio en estructuras sociales en permanente mutación. Las dinámicas redes sociales, la mirada poliédrica, la normalización de la transgresión, el nomadismo low cost y el intercambio consumista de subjetividad -dando primacía a la interpretación sensible frente al juicio argumentado- necesitan movimientos constantes en el decorado: el aburrimiento -la audiencia decae- es sinónimo de muerte. La rapidez con que varían dichas redes y el exhibicionismo de que hacen gala blogs y demás expresiones individualistas han provocado la supresión de las fronteras que separaban -antes de la aceleración de los años ochenta- la cultura de las élites (voz hegemónica) de la cultura de masas (voz subalterna). Ya no son necesarias las denostadas categorías (de clase). En un presente infinito, sin Historia, cargado de repercusiones psicológicas desconocidas, las distinciones basadas en la preeminencia de la calidad resultan inútiles. El capital simbólico cultural, antiguo nexo de unión de la inteligentzia, ha desaparecido del mercado.

La democracia mediática, una “democracia de superficie” refrendada cada cuatro años, varía sin tregua. En su metamorfosis pierde parcelas de verosimilitud -ficción y realidad se mezclan- hasta alcanzar el nivel máximo permitido: la globalización de la miseria real y moral. Recuérdese, a modo de ejemplo, que los recitales de los Tres Tenores fueron concebidos con el fin de “popularizar” la ópera; la muerte de Diana de Gales causó una conmoción mundial; el actual presidente de la República Francesa anunció su amor dejándose fotografiar en un territorio irreal, Eurodisney; y Belén Esteban, debido a su personalidad y descaro, se ha convertido en altavoz de un renacido patio de vecindad.

Cualidades específicas al margen, los personajes mencionados -la persona ha sucumbido ante la proyección de la imagen- han interpretado todos, en algún momento de su performance, el mismo papel.

La escena política, encerrada en los límites fijados por la cultura y sus expresiones, aprisionada por incesantes propuestas novedosas, por triples saltos mortales sin riesgo, se ha convertido en un grandilocuente (e increíble) plató de televisión. Un paraíso artificial, originales escenografías móviles, luces indirectas, sensación de calidez, placer inmediato, creado a la medida de los líderes de opinión y concebido para que los representantes públicos (con independencia de su procedencia) interpreten, según las circunstancias, un melodrama en cuyo texto no cabe la sorpresa.

La imaginación, vertebrada por los grupos de presión e interés, prima sobre cualquier otra cualidad del ser humano. Esta imaginación articulada, sometida, regula el tráfico de información impidiendo la aparición de un pensamiento alternativo. Cuando uno cree que lo que siente e imagina es suyo, propio, indisociable de su verdadera y consciente identidad, lo otro, por impensable, desaparece. El vacío, fuente donde bebían los históricos procesos revolucionarios, ha sido llenado con ruido y megabites; las grietas del sistema-mundo, fisuras en el orden material, selladas con silicona transparente. El silencio -la ausencia de actividad- no existe. La soledad, columna imprescindible de la reflexión, es contraria al impulso del capitalismo cultural. Edward Said se preguntaba, en Representaciones del intelectual, qué rumbo tomaría una sociedad que hubiera perdido el sentido crítico. Ahora lo intuimos.

 

Manuel Fernández-Cuesta es director-editor de Ediciones Península (Grup 62).

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