Siluetas humanas y fantasmas animales.

Foto:  Karen Knorr

Reflexión: El retrato del contorno personifica a la gente, encarna al conjunto de la ciudadanía, nos remite al mito; su aplicación al mundo animal nos habla de nuestras relaciones con ellos.

IVAN BERCEDO, JORGE MESTRE.

Las sombras más habituales representan a dos ancianas que caminan cogidas del brazo, una niña de perfil con una mochila y una joven en jarras. Vemos su silueta de forma persistente en los carteles de las asociaciones de vecinos, los trípticos de los ayuntamientos, los anuncios sobre las medidas de seguridad de los aeropuertos y los programas de los partidos políticos. Personifican a la gente. Al carecer de rostro, pueden ser cualquiera. Al tener unos rasgos tan definidos de edad, género e indumentaria (cultura), aparecen como individuos reconocibles. Como grupo, encarnan al conjunto de la ciudadanía en su diversidad social. Los diseñadores gráficos utilizan estas imágenes silueteadas como sinónimo de pluralidad y democracia; y, en cierto sentido, son el complemento perfecto de la representación tradicional de la justicia como una mujer con los ojos tapados. La edad de oro de la silueta coincide con la época de las revoluciones burguesas, la segunda mitad del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, justo antes del advenimiento de la fotografía. El retrato del contorno del rostro de perfil es una alternativa rápida y barata al retrato pictórico y escultórico. El dibujo se sistematiza: el modelo se sitúa posando de perfil entre un foco de luz y una pantalla, y el retratista resigue el contorno proyectado a contraluz. El rostro se sintetiza para reproducirse como icono. Las siluetas de George Washington y Jane Austen se difunden así fácilmente entre sus muchos seguidores como recortables o impresas en positivo y negativo. Esta simplificación será llevada al extremo un siglo más tarde por el diseñador Gerd Arntz y el economista Otto Neurath, del Círculo de Viena para la concepción científica del mundo, que convertirán la figura humana en número y en estadística. Sus figuras isotópicas han ocupado definitivamente los gráficos de la prensa, los rótulos de los centros de congresos y las puertas de los aseos públicos. Sin embargo, en los tiempos de las revoluciones americana y francesa, el retrato silueteado todavía no implica igualdad sino una diferenciación respecto de los retratos de la realeza y de la aristocracia y a las imágenes religiosas. El contorno de la cabeza con el rostro completamente ennegrecido no deja de ser un ejercicio de iconoclastia; y, en cierto modo, es el contrapunto perfecto de la guillotina. Al igual que la sofisticada máquina del Dr. Guillotin, también el término “silueta” es un epónimo que proviene de Étienne de Silhouette, un patético secretario de finanzas de Luis XV, protegido de Madame de Pomapadour, cuya mala gestión le hizo rápidamente impopular y objeto burlas. La silueta es así en origen la caricatura de un gobernante ridículo. Pero lo realmente curioso del término es que Silhouette era de origen vasco y, de hecho, su apellido es una adaptación al francés de Zuloeta, cuya etimología remite al zulo, al agujero, a la caverna e, irónicamente, al mito de Platón.

Karen Knorr

Referencias animales.
Estos meses han coincidido varios anuncios en los medios de comunicación en los que la desaparición de la figura humana (o su presencia fantasmal) se complementa con una reconquista del espacio por parte de los animales. Estas imágenes de ambientación espectral se basan en el trabajo de Karen Knorr. En su serie Fables Knorr fotografía a animales recorriendo libremente los espacios deshabitados de las vi- llas campestres y pabellones de caza: los Castillos de Chambord y Chantilly, la Kenwood House de Londres, el Museo de la Caza y la Naturaleza de París, y edificios emblemáticos de la mediación entre arquitectura moderna y la naturaleza como la Ville Savoye de Le Corbusier. Estos espacios están atestados de referencias animales. El control de la naturaleza es inherente en ellos al esplendor y al lujo; y el contraste que produce la presencia de los animales en el lugar en el que son representados como trofeo es profundo. Cada fotografía escenifica un relato paradójico: un ciervo observa un tapiz en el que un ciervo es abatido mientras los conejos se reúnen sobre un canapé Luis XIV y las gallinas picotean bajo los butacones tapizados; un zorro observa a una liebre que descansa en una alfombra persa, junto a un fresco de una cacería en la que los sabuesos acorralan a un zorro; un grupo de ratas en un salón rococó se levantan sobre sus patas traseras para entretenerse con una escena pastoral en la que un gato acecha a unos polluelos; un pájaro carpintero repiquetea los tablones de un montaje expositivo en la sala del Museo de la Caza; los gorriones, las urracas y las grullas han hecho suya la consigna de Le Corbusier de eliminar la diferencia entre el exterior y el interior doméstico, y deambulan tranquilamente por su sala de estar. La naturaleza ha dejado de ser natural, pero al contrario que en las fábulas de Esopo y La Fontaine los animales no encarnan aquí a los humanos, ni representan su vicios, actitudes y pasiones. Más bien los sustituyen, con una lógica simétrica a la suya. El resultado es absurdo y revelador.

Harleman’s Anatomy by Karen Knorr

Fábulas de Esopo.
Las fábulas de Esopo siguen adormeciendo a los niños, los animales de peluche les protegen durante el sueño y las películas de Disney los hacen omnipresentes en la decoración, la ropa y los envoltorios de comida; pero los adultos sabemos que los animales son fantasmas: los que integran la industria alimentaria están ocultos, los domésticos se han transformado en personas y los salvajes trabajan de actores. Cuanto más se estudia e investiga un animal, cuantos más reportajes y documentales se le dedican, cuanto más presente está en los medios de comunicación, más seguros estamos de que nunca nos encontraremos con él casualmente y que lo más probable sea que esté en peligro de extinción. Todo esto los sabíamos ya desde hace bastante tiempo. La novedad es que ahora, afuerza de representarnos a nosotros como sombras y a los animales como fantasmas, estamos desarrollando un sentimiento de compenetración en la irrealidad. No se trata de nada muy intelectualizado, no tiene demasiado que ver con la sostenibilidad, ni con la globalización, y ni siquiera tiene un efecto subversivo o político: no es más que un reflejo.

La Vanguardia, 21 july, 2010.

http://www.karenknorr.com/siluetas-humanas-y-fantasmas-animales/


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