Inocencia y después

Cunningham Hugh


Foto: Hellen van Meene

 

“No sabemos nada de la infancia”. Cuando Jean-Jacques Rousseau escribió esto en Émile (1763) estaba siendo, como solía, deliberadamente provocador. Era perfectamente consciente de que los europeos, ya desde tiempos de los griegos, habían reflexionado en profundidad sobre los niños y sobre la naturaleza de la infancia. Habían establecido etapas que abarcaban periodos de siete años que arrancaban con la infantia, durante los siete primeros años, la pueritia, hasta los catorce, y finalmente la adolescentia. A finales de la Edad Media habían identificado más de cincuenta dolencias típicas de los niños, acompañadas por algunos consejos generalmente sensatos para tratarlas. Habían escrito numerosos libros con recomendaciones para criar a los niños, que iban desde hacer hincapié en una disciplina férrea hasta la precaución de San Anselmo en las postrimerías del siglo XI y principios del XII de que si se querían niños “adornados con buenos hábitos,… se debía alentar y ayudar con la simpatía y la amabilidad paternas”. Habían escrito libros para niños, y en los siglos XV y XVI existía un comercio floreciente de juguetes. Más exactamente, Rousseau conocía Some Thoughts Concerning Education (Algunos pensamientos sobre la educación) de John Locke (1693), una obra ampliamente traducida y muy vendida, una guía a la que los padres del siglo XVIII recurrían con frecuencia. Y fue Locke hacia quien Rousseau lanzó sus disparos.

 

Locke se había hecho famoso como tutor de hijos de aristócratas, y su libro se nutre de las cartas que le escribió a un amigo sobre la mejor manera de criar a los suyos. A menudo se conoce a Locke por una idea que se malinterpreta con facilidad: que un niño se ha de “considerar simplemente como un papel en blanco o cera que se moldea y se forma como uno quiere”. Esto era una idea habitual en muchos aspectos. Erasmo, por ejemplo, un guía sobre cómo criar a los niños casi tan influyente como Locke, había escrito en el siglo XVI que “El hijo que te ha concedido la Naturaleza no es más que una masa informe, pero el material aún es maleable, capaz de adoptar cualquier forma, y tú debes moldearlo para que tenga el mejor carácter posible. Si eres descuidado, criarás un animal; pero si te aplicas, crearás –si puedo utilizar un término tan audaz– una criatura divina”. Sin embargo, para Locke el niño era cera sólo con respecto a las ideas, no al temperamento ni a las aptitudes. Aún así, el papel del educador era primordial: “Nueve de cada diez partes”, escribió, “son lo que son, bueno o malo, útil o inútil, por su educación”. Parte del atractivo de Locke consistía en que intentaba que esta educación vital fuese divertida. “Siempre he albergado una fantasía”, escribió, “que aprender se pueda convertir en un juego y un recreo para los niños”. Estos últimos podrían aprender el alfabeto si conseguías una pelota de veinticinco caras, le pegabas una letra a cada una, y hacías que fuese un juego ver quién puede hacer que gire hasta una A, una B, una C, etc. A continuación, se reemplazaban las letras por sílabas, y los niños pronto leerían. Locke también quería acabar con los castigos corporales, excepto en casos contados, lo cual fue un espectacular avance en la tradición europea, en la que jamás se ilustraba al maestro sin su vara. También Dios quedaba al margen del programa de Locke, otro gran avance en una tradición que había considerado a los niños nacidos con el pecado original y que necesitaban ser bautizados en la tradición católica, o ser sometidos a una conversión personal en la protestante.

 

 

Tomado de:

http://www.exitmedia.net/prueba/esp/articulo.php?id=310

 

 

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