Corrientes del arte actual

Mario Rodríguez Guerras

 

Rayas, obra de Vanessa Beecroft

 

En el siglo XX encontramos, en primer lugar, las vanguardias como un análisis científico de la obra de arte que significaron la fragmentación de la obra con una intención social determinada. Y, al final del siglo XX y adentrándose en el siglo XXI, encontramos varias corrientes con contenidos que se intentarán resumir.

En primer lugar y para dejarla fuera de consideraciones trascendentales, hay una corriente constituida por obras oportunistas que, ante la confusión de las teorías artísticas, consiguen un lugar y un mercado sin otro valor que el que les conceden las críticas.

 

En segundo lugar, hay una corriente que es continuación de la tendencia ya tradicional del arte de pervertir y subvertir la sociedad que causaba constantemente sorpresa o indignación, y a la que ya nos hemos acostumbrado. Tiene validez en cuanto que ocupa un lugar impidiendo el crecimiento de posturas contrarias.

 

Existe otra corriente que, con el mismo objetivo pero ya fuera del arte tradicional, persigue el mismo interés que en su momento tuvieron las vanguardias, el de cuestionar todo valor existente. Si ya nos habíamos acostumbrado al “todo vale” en el arte, se extiende ahora ese mismo principio ya consolidado a otros aspectos de la sociedad, a través de la estética, considerando todas las manifestaciones plásticas como expresión artística y lo que se consigue es negar la existencia de expresiones superiores que implicaría aceptar la existencia de valores superiores.

 

La lucha contra la moral significa que aun existen principios morales, en caso contrario, hubiera cesado la lucha por el triunfo de lo amoral. Como vemos, no existe el arte por el arte, toda teoría o acción significa la defensa de una postura o el desprecio de otra.

 

En la llamada posmodernidad se aprecian otras dos posturas: ya como conformidad, ya como contrariedad, la de la decepción del hombre ante la falta de atención de los problemas del individuo y otra, opuesta, que muestra la aparente satisfacción que proporcionan al individuo los mecanismos sociales o socializantes.

 

Rayas, obra de Vanessa Beecroft

 

No será difícil identificar a Damien Hirst, Thomas Ruff, Mathew Barney, Vanessa Beecroft y Takashi Murakami con cada una de estas tendencias. Se introduce una intención (una moral) y de acuerdo con ella se valora toda circunstancia. La cuestión actual es sustituir la intención antigua por la nueva. La cuestión de quien analiza es valorar una intención con relación a otra considerando los ingredientes (propios y extraños) que las componen.

 

Estas cinco corrientes del arte actual representan las luchas por establecer una nueva filosofía existencial, una filosofía social; y, aunque hayamos minimizado el valor del contenido de la primera, no por ello dejamos de pensar que goce de una gran capacidad de dirección pues no debemos olvidar que ella representa la presión que lo económico ejerce sobre la existencia humana.

 

Desaparecida la fe en Dios, es la fe en el hombre, no como individuo, la que ocupa su lugar justificándose en la falsedad de la existencia divina y en un derecho natural del hombre a manifestar su naturaleza. Esta idea es la que expresan las cuatro posturas restantes, pero las dos centrales, son, como la ópera, posiciones cultas, o sea, teóricas, fundadas en principios filosóficos y no en necesidades humanas. Estos principios han adquirido tal fuerza que han anulado la fuerza de la expresión natural que representa las cuarta de la corrientes expuestas, que tememos desaparezca o quede como expresión formal en la próxima era, la era amoral, que todavía no ha llegado a pesar de las declaraciones que afirman la existencia de un nuevo período artístico.

 

Estamos en la última fase de la época moral en la que se cuestiona y se combate la moralidad, la moralidad y los valores elevados, cuando acabe derrotada ya nos percataremos de forma indudable pues el hágase su voluntad no será la del señor sino la de la sociedad y, entonces, todo, el arte, la política y hasta la justicia, se trasformará. Esta norma se modificará porque no conviene y también la otra pero en sentido contrario y no se percibirá la contradicción, salvo por los teóricos, pues se entenderá el hecho como el ejercicio de la voluntad natural que ha logrado su victoria sobre privilegios injustificados. La coherencia con otra postura no es determinante, lo esencial es la defensa de un principio, por lo que los efectos opuestos en otras parcelas de la vida no se tienen en cuenta.

 

El período amoral no es en sí más que otra etapa de la historia humana sin un fin posterior. En la etapa moral de la humanidad las normas fueron mal entendidas, o mal aplicadas, por la incapacidad de los dirigentes de mantener el norte. Su escasa elevación les llevó a confundir sus intereses personales y a forzar la presión para doblegar una sociedad que no comprendía los fines y no se dejaba dirigir. De esta misma manera, en la etapa amoral encontraremos que la dirección de la humanidad no buscará su norte, y que, ahora desde un principio, ha tomado una dirección equivocada por los mismos motivos de querer someter la voluntad mediante la fuerza.

 

Hoy creemos en el hombre porque no vemos a Dios. Antes creían en Dios porque no se veía al hombre. ¿Cuál es la diferencia? ¿Es la calidad de los ingredientes lo que posee valor? Sólo en teoría. En la práctica, el valor es lo que permite la conservación de la intención durante más tiempo: la ceguera puede ser el elemento de mayor valor en el sentido que va a impedir, junto con la presión que se impone, que no se cuestione la categoría de valores que se ha establecido. Queda así explicado el significado de aquella expresión de Nietzsche por la que afirmaba que el error era necesario para la vida.

 

El perspectivismo nietzscheano ha sido presentado demostrando cómo la sociedad exige las formas para después romperlas sin que se observe contradicción. Al contrario, ambas posturas son aceptadas y justificadas. En el primer caso, se impone la obligación a los contrarios para debilitar su defensa. En el segundo, se usa la fuerza contra los oponentes. Ambas exigencias encuentran argumentos y, aunque lo que en un caso se proscribe, en otro se permita, lo esencial es defender el interés que se persigue de lograr que la sociedad pueda regir e imponer normas. El que manda, hace su voluntad y lo esencial, la perspectiva desde la que se valoran los actos, es la defensa de una intención. Bajo estas condiciones se elaborará el arte, por lo que el conocimiento del hombre es imprescindible para conocer su obra.

 

 

Tomado de:

http://www.criticarte.com/

 

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