“Consumo en lugar de recepción”. Reflexión sobre la motivación del comprador de arte.

por Wolfgang Ullrich

La reciente organización por parte de un gran banco de un taller para coleccionistas de arte moderno y contemporáneo fue el escenario que aprovechó uno de sus ponentes para provocar a los participantes. Les planteó la siguiente pregunta: ¿cuál es la verdadera razón por la que se gastan tanto dinero en algo que podrían ver y estudiar de forma casi gratuita en numerosos museos? Algo que podrían contemplar incluso de manera más distendida si no tuvieran que preocuparse ex profeso de algo y no tuvieran que soportar la carga de ser propietarios. Tras un desconcertante instante de silencio, obtuvo dos respuestas que, al mismo tiempo, permitían identificar a dos tipos diferentes de coleccionistas. El primer grupo destacaba que para ellos también resultaba importante poder tocar y sentir las obras de arte, para lo cual debían poseerlas. El segundo grupo señalaba que, como coleccionistas, se les presentaba la oportunidad de conocer a artistas y quizá incluso de entablar una relación de amistad con ellos y, de esta manera, sumergirse en un mundo diferente. Por lo tanto, mientras que la atención de unos se centra más bien en el carácter material de las obras, la intención de los otros es encontrar otras vías que les permitan disfrutar de experiencias nuevas o exclusivas. Esto tiene, por supuesto, un lado algo más negativo: sobre unos planea la amenaza del fetichismo, mientras que los otros están expuestos a que se les tache de víctimas y ávidos de protagonismo en una cultura orientada a la producción creativa.
Ambas respuestas merecen un análisis en profundidad. En este sentido, la primera hace referencia a una cierta unilateralidad en la relación habitual con el arte, por lo menos desde la clasificación de los sentidos en “superiores” e “inferiores”, es decir, desde que la vista y el oído se consideran más nobles que el tacto, el olfato o el gusto: el arte resulta ser precisamente una de las disciplinas que solo se percibe a través de los ojos y los oídos. Según este planteamiento, tocar una escultura de mármol pulido o un cuadro de superficie agrietada satisfaría a lo sumo un deseo, pero no transmitiría ninguna experiencia; podría resultar estimulante, pero no purificante, edificante o liberador. Aunque ésta era ya una opinión bastante generalizada en la Edad Media y el Renacimiento, no fue hasta el siglo XVIII -época en la que arte se asociaba únicamente a las más altas aspiraciones- cuando se impuso definitivamente, desarrollándose incluso un verdadero tabú con respecto al contacto físico. Si los carteles de los museos continúan indicándonos hoy que está “prohibido tocar”, esto no solo tiene que ver con el hecho de que muchas de las obras de arte podrían sufrir daños debido al contacto. A través de esta prohibición se quiere también expresar esa inquietud latente de que el observador podría dar la espalda a ese modo de recepción artística considerado el ideal y, sobre todo, podría buscar la sensualidad en el arte.
El mercado del arte se beneficia de esta prohibición del contacto que impera en los museos. Si no existiera, también desaparecería la motivación para comprar y los precios de determinadas obras serían presumiblemente más bajos. Ese “algo” que los coleccionistas buscan podría denominarse también afán consumista. No les basta con una mirada desde la distancia a algo que les gusta, sino que “se lo quieren llevar consigo”, como si se tratara de un plato de comida. Desean relajarse en su presencia, al igual que hacen con un puro, y enriquecer con ello su vida e incluso su día a día. En lugar de estar obligados a tratar una obra de arte como un bien público, los coleccionistas, al contrario que los visitantes de los museos, tienen la oportunidad de tenerla solo para ellos y disfrutar de su posesión. La pueden consumir, pero no percibir.
La segunda contestación, por el contrario, nos revela a los coleccionistas de arte como representantes de una generación que el filósofo norteamericano Jeremy Rifkin ya analizó en su libro Access (2000). Según él, en el futuro no se considerará más rico a aquel que haya atesorado más bienes materiales, sino a aquel que tenga acceso ( access ) a la mayor cantidad posible de información y experiencias y sea capaz de proveerse en diferentes mundos de sensaciones. Aun cuando un coleccionista, gracias a los cuadros, esculturas o vídeos que compra, está adquiriendo, en última instancia, el derecho de acceso a estrenos y quizá también a talleres, lo que realmente se está asegurando es toda una forma de percibir y concebir el mundo que para muchos resulta inaccesible. El coleccionista puede invitar a cenar a un artista y de paso formarse una idea de un mundo que le es extraño. Puede participar de puntos de vista, actitudes y temperamentos de los que espera conseguir un enriquecimiento personal -o quizá únicamente un cambio agradable-.
Para aquellos coleccionistas que apuestan por el contacto personal con los artistas, el arte es una forma de vida que se caracteriza por la espontaneidad, una cierta desfachatez y un toque de pasión. De buen grado se dejarían contagiar por la creatividad del artista, pero también se conforman simplemente con poder observar al artista en un club o una sala de fiestas rodeado de una atmósfera que para ellos supone una verdadera fuente de inspiración. Los coleccionistas son consumidores de esta atmósfera en la que se respira un cierto aire de secretismo y promisión. Naturalmente, es posible que en ocasiones el tipo de admiración con la que el coleccionista se acerca al artista sea algo sentimental y melosa, e incluso a veces podría llegar a traspasar el límite de la apropiación. Sin embargo, es precisamente entonces cuando resulta evidente hasta qué punto se trata de experiencias e intereses exclusivos y qué poco importante se perfila, en comparación, la posesión material de las obras de arte.
No solo en este aspecto es posible reconocer en algunos coleccionistas de arte a los prototipos del consumismo postmaterialista. Al fin y al cabo, la razón por la que la mayoría de estas personas se ha decantado por el sector artístico para dar rienda suelta a su espíritu coleccionista es precisamente porque esperan obtener del arte un mayor sentido o enriquecimiento espiritual que de cualquier otra cosa que puedan comprar. El arte se adquiere en menor proporción que los artículos de marcas de primera calidad, que a su vez prometen satisfacer las pretensiones espirituales del comprador, debido a su utilidad. El arte centra la atención de quienes ya han satisfecho todas las necesidades específicas y cotidianas y a los que ahora solo les queda sentir inquietud por algo más “elevado”, por la trascendencia o la lucidez, por un descubrimiento especial o una intensidad insólita. Al igual que el arte se podría considerar el modelo en el que se basan los artículos de marca más desarrollados -dado que el arte fue el primero en conceder prioridad al enriquecimiento espiritual- los coleccionistas también se pueden entender como el ejemplo de un tipo de consumidor que tiene su origen, en buena medida, en la sociedad del bienestar. Lo importante para el coleccionista es adquirir con su dinero la mayor cantidad posible de ofertas espirituales, que a la vez deben ser diferentes y duraderas. De esta manera intenta vivir una vida más feliz y satisfactoria que sus contemporáneos menos pudientes.
Los coleccionistas de arte no se pueden calificar de especialmente “avanzados” simplemente por sus técnicas de recepción más liberales o por sus motivaciones consumistas, aspectos en sí mismos paradigmáticos de una cultura postmaterialista. Más bien se puede observar en ellos por primera vez una inversión o trastrocamiento que podría ser característica de una sociedad de consumo totalmente desarrollada: el consumo de bienes está mejor considerado que su producción. Prueba de ello es, más que el comportamiento de los coleccionistas, su propia presentación ante la opinión pública. Al fin y al cabo, los coleccionistas de arte encuentran el respeto que buscan simplemente en el hecho de consumir a gran escala. Desde hace algún tiempo, ninguna revista de arte y, al menos en la región germano-parlante, ningún periódico o publicación semanal deja escapar la oportunidad de proveer a sus lectores con entregas que relatan historias sobre coleccionistas de arte. En todo caso, los coleccionistas pueden estar seguros de contar con un público amplio y benévolo. Son entrevistados sobre temas que no tienen nada que ver con su colección y se les permite organizar visitas a museos o incluso dar conferencias. Los coleccionistas ya han superado en glamour y personalidad a directores de museos, críticos y comisarios de arte y la única competencia, en igualdad de condiciones, en cuanto a la atención que pueden llegar a generar es la que plantea la comunidad de artistas. Sin embargo, el prestigio de los artistas se debe precisamente a que son considerados “creadores originales”, es decir, una versión más destacada de un “productor”.
Entretanto, han comenzado a surgir dudas sobre si los artistas aún son capaces de satisfacer la demanda de una élite productiva, puesto que muchos de ellos han dejado de preocuparse por la evolución de su propia obra para adoptar una actitud receptiva y consumista. Siguiendo la tradición impuesta por los “ready-made”, se remiten a material ya existente, trabajan con metraje ya rodado ( found footage ) o seleccionan algún boceto de un conjunto de imágenes para adaptarlo de nuevo o extraer diferentes muestras.
Por este motivo, ya el filósofo y crítico de arte Boris Groys defendía la teoría de que los artistas se han convertido en la vanguardia del consumo, pasando de ser vistos como claro ejemplo de productor de arte a ser modelo de consumidor.
Aunque aquí también se percibe una cierta inversión : parece que los coleccionistas de arte pretenden reivindicar, incluso más que los artistas, un mayor reconocimiento de esa forma particular de consumo. Mientras que el artista puede llegar a ser a lo sumo un consumidor especialmente astuto -si descubre algo relativamente fútil y lo declara obra artística o consigue transformarlo en arte-, el coleccionista tiene la posibilidad de llamar la atención sobre sí mismo como consumidor de dos maneras diferentes. La primera opción sería la siguiente: algunas de sus piezas aumentan considerablemente su valor, convirtiéndole automáticamente en la quintaesencia del cazador de gangas con éxito. De hecho, casi ninguna historia de coleccionista excluye el relato de subidas sensacionales de precios, como en el caso del coleccionista de fotografías L. Fritz Gruber: “Todo lo que hoy es bueno y caro no lo quería nadie entonces”. Parece que los buenos coleccionistas son los más rápidos, y son a la vez, por lo tanto, la vanguardia del consumo. La segunda opción pasaría por lo siguiente: el coleccionismo se valora como algo similar a un mérito heroico, puesto que hay grandes sumas de dinero en juego. De esta manera, el coleccionista se presenta como alguien comprometido y dispuesto a hacer sacrificios, como un consumidor sensacional. El coleccionista se entrega a sí mismo junto con su propia fortuna al consumo.
Esto despierta más respeto y curiosidad, puesto que el coleccionista actúa en un campo especialmente sensible: ¿quién cree poseer la competencia y el buen gusto necesarios cuando se trata de arte moderno y contemporáneo? Un coleccionista no solo desembolsa mucho dinero, sino que lo hace por algo, una obra de arte, ante lo que la mayoría de las personas sentirían pavor. Tomar una decisión de este tipo es algo que muchos no podrían hacer, aunque se tratara incluso de pequeñas cantidades de dinero. Es por eso que al coleccionista de arte también se le cree capaz de saber exactamente lo que quiere en todos los demás ámbitos de la vida: a aquel que domine el difícil mundo del arte no le resultará difícil presentarse como el rey del consumo en cualquier lugar. En este sentido, no resulta sorprendente que se hable tanto y con tanta admiración de los coleccionistas de arte. Ellos poseen algo que en una sociedad consumista como la nuestra se considera una virtud y un ideal: el conocimiento y la capacidad de encontrar algo que, a cambio de dinero, les aporte una gran satisfacción. Estamos hablando de los héroes y modelos a seguir de una cultura en la que la identidad se basa en el consumo.
Al encanto épico que rodea a los coleccionistas se ha de sumar también el hecho de que los grandes desembolsos se consideran una señal de pasión. ¿No pertenece el coleccionista al reducido grupo de aquellos que son capaces de tener gestos reveladores o casi existenciales? En un mundo en el que nos lamentamos de la arbitrariedad que vemos por doquier, estos gestos se esperan con ansiedad y, así, obtienen también el reconocimiento que merecen. No es extraño que en las historias sobre coleccionistas también se hable de buena gana sobre el “fervor misionero” de conseguir que otros se entusiasmen con el arte. Algunos coleccionistas, como Reiner Speck, originario de Colonia, admiten sinceramente: “Yo sigo un objetivo misionero”. Sin embargo, la misión del coleccionista encuentra a menudo su fin en el acto de comprar. A diferencia de los filósofos o comisarios de arte, el coleccionista no necesita argumentos ni teorías para acercar el valor de una obra de arte a los demás. Las “historias caseras” de los coleccionistas están repletas de experiencias consumistas, mientras que el tema de la recepción artística no parece ser muy popular. Aparentemente, el hecho de que el coleccionista haya pagado, y mucho, por la obra de arte, basta para garantizar la importancia de la obra en cuestión. La mención del precio sustituye así a la justificación de la opinión sobre el gusto y el valor.
Para dejar claro cuánto le debe el compromiso consumista de los coleccionistas al reconocimiento del valor material de las obras y no al disfrute de extraordinarias experiencias de recepción, tan solo hemos de darnos cuenta de que su reputación no se ve afectada por el hecho de que sus piezas simplemente se amontonen y no hagan nada para presentarlas con un cierto orden racional o caprichoso, algo que sí haría un comisario de arte. Por el contrario, en los relatos de sus experiencias, hay coleccionistas que afirman una y otra vez, incluso con orgullo, que no solo no cuelgan sus adquisiciones, sino que ni siquiera las extraen de sus embalajes. La coleccionista y autora Uta Grosenik ha dicho lo siguiente: “Algunas obras de arte aún permanecen sin desembalar en la habitación de invitados. No puedo detenerme ahora solo porque la choza esté llena”. Simon de Pury, coleccionista de arte y subastador de Nueva York, opina que lo “importante en el coleccionismo (es) poseer el objeto, y no necesariamente tener que contemplarlo además”. De la misma manera, Armin Waehlert, coleccionista de Frankfurt, reconoce que, una vez que ha adquirido sus piezas, acaban todas en el almacén: “Las obras se almacenan sin volver a contemplarlas siquiera una vez más”.
El artista oriundo de Hamburgo Wolfgang Strack, cuyo trabajo conceptual se ocupa de los fenómenos del movimiento artístico, describe a este tipo de coleccionistas de forma irónica, a la vez que crítica, como “acumuladores de arte”. Lo acertado de esta expresión queda claro en el momento en el que nos damos cuenta de cómo se fotografían los coleccionistas de hoy. Ya no se presentan orgullosos delante o al lado de su pieza favorita, sino que ahora lo hacen en medio, o incluso encima, de las cajas de madera en las que permanece almacenado su patrimonio artístico. (Hemos visto retratados de esta guisa a coleccionistas como Julia Stoschek y la familia Waehlert.) No muestran lo que tienen, sino que su único objetivo es demostrar cuánto poseen. (Son seguramente también ellos los que esperan del coleccionismo más “acceso” que contacto con el objeto.) Si se tratara de zapatos o ropa, en lugar de arte, semejante representación de uno mismo sería casi inimaginable, pues habría que temer que aquel que tuviera el valor de mostrar en su casa lo comprado una vez desembalado podría ser calificado de desmedido y adicto al consumo y, por lo tanto, de enfermo. El hecho de que el arte se considere algo refinado parece conferir a los coleccionistas cierto aire de personas serias, que escapan a la sospecha de que puedan perder el control en algún momento.
Para algunos coleccionistas, su existencia como tales comienza en el momento en el que en su casa solo pueden mostrar al público una parte de todo lo adquirido: “(…) cuando todas las paredes están llenas y se compran cuadros independientemente de si caben en la pared o de si se adaptan al resto del mobiliario, (…) entonces es cuando comienza una colección”, afirma el coleccionista de Dresde Klaus Schmidt. La persona que compra arte únicamente para su uso personal, dentro de sus cuatro paredes y para la decoración de las mismas, no se puede considerar aún coleccionista. Al igual que tampoco se puede calificar de coleccionista de vinos a aquel que cuenta tan solo con una docena de botellas en el sótano.
Sin embargo, en el momento en el que un coleccionista siente la necesidad de mostrar lo que posee, cambian las exigencias a las que está sometido. A partir de entonces ya no es suficiente deslumbrar con algo superlativo en términos consumistas. Este es el momento en el que el coleccionista comienza a hacerle la competencia a la figura del comisario de arte, quien, a priori, solo puede demostrar su valía a través de la exposición de arte. De repente, el coleccionista también debe producir algo para poder satisfacer las exigencias de una exposición que debe ser lo más original, motivadora y estimulante posible. Y defraudará si no presenta una combinación de artistas sorprendente y si no es capaz de transmitir un leitmotiv -cuando no pueda documentar que es un receptor sensible del arte-. En este caso, cabe esperar que se le señale, de forma despectiva, como adicto a las galerías, seguidor de masas, y quizá incluso como “fashion victim”.
Se trata, por tanto, de un riesgo al que están expuestos los coleccionistas: abrir sus cajas y presentar públicamente sus piezas, en mayor medida incluso mientras no sean capaces de entender que, en lugar de continuar siendo juzgados por categorías consumistas, primero deben explicar por qué se han decidido por una determinada exposición o, en general, por un determinado artista o una obra en concreto. El coleccionista que sabe que, en este sentido, es muy fácil que queden al descubierto sus puntos débiles, contrata a un historiador o a un comisario de arte que será el encargado de decidir sobre la selección y disposición de las piezas de la colección. Solo unos pocos coleccionistas se atreven a asumir el papel de comisario, o siquiera a explicar en un texto qué ha sido lo que les ha llevado a elegir un determinado concepto de colección o exposición. El coleccionista como comisario es, por consiguiente, una excepción que presumiblemente nunca llegará a ser una regla. El cambio de papeles que supondría resulta demasiado radical. La persona que desee ser coleccionista y a la vez comisario de su propia colección necesita un talento doble: capacidad de consumo y recepción productiva.

 

Traducción: Paula Ojanguren

Tomado de:
Lápiz. Revista Internacional de Arte nº 220
Anuncios