El museo como escaparate de entretenimiento light

La distancia entre las dos historias del arte –la académica y la que fraguan los museos– crece mientras el desconcierto del visitante de museos aumenta: por un lado directivos y curadores se proponen sostener sus millonarias empresas haciendo del arte un entretenimiento; por el otro, la teoría que se imparte en el mundo académico, se aparta cada vez más del hombre posmoderno y su cultura light.

Desde esta perspectiva, una visita a Manhattan resulta reveladora: las instituciones culturales se ven obligadas a ofrecer hoy algo más que la reflexión y el placer estético. La competencia es grande y la oferta tiene que atrapar la atención del espectador acostumbrado a la tecnología de punta. Por 29 dólares por adulto y 18 por niño (supersaver ticket) podemos conocer los aspectos más importantes de la cultura vietnamita, la historia del chocolate, el origen de la vida, un documental sobre la historia de las percusiones y el mundo submarino en el descomunal Museo Americano de Historia Natural, todo ello mediante sorprendentes animaciones, imponentes apoyos museográficos, pantallas IMAX y el avanzadísimo cielo raso del planetario. Por supuesto, no pueden faltar los souvenirs y la tienda de tres pisos ofrece toda clase de objetos tipo Disneylandia a los visitantes, así como chocolates en todas sus versiones.

En el Museo Guggenheim, la muestra estrella, De Picasso a Pollock: clásicos del arte moderno (hasta el 28 de septiembre) revisa la historia del arte moderno desde el cubismo al expresionismo abstracto y consigue darle una vuelta más a la tuerca de su acervo, al mismo tiempo hace historia del arte al afirmar que la no-figuración, el tipo de arte que fundamenta la vocación del museo, debe verse como el arte “clásico” del siglo XX. ¿La novedad? El descubrimiento del mural titulado Alicia efectuado por Joan Miró y Josep Lloréns Artigas en 1967, un espacio cóncavo recubierto de mosaicos de cerámica que ha estado cubierto casi toda su vida, primero por una capa de cemento y luego por mamparas, porque al comitente de la obra, Henry Guggenheim, no le gustó en su momento. Obviamente, no podían faltar algunas acuarelas de Kandinsky, quien influyera decididamente sobre Hilla von Rebay, la asesora de Mr. Guggenheim en materia de arte.

 

La historia de la cultura light

El recorrido por los museos de Manhattan demuestra que todo tema, por banal que sea, es sujeto de una exposición y cualquier cosa puede asociarse en Nueva York con el arte. Por ejemplo tenemos el resultado de una seria investigación acompañada de divertidos accesorios en el Museo de la Sociedad Histórica de Nueva York; se trata de Petropolis un reportaje visual sobre las relaciones entre los citadinos y sus mascotas, un hecho que está íntimamente (¡!) relacionado con la historia de la pintura flamenca. Por supuesto, no podría dejar de ser una muestra por demás interesante en cuanto a la combinación de pintura, escultura y grabado, antigüedades y objetos curiosos para mascotas. Además revela detalles culturales significativos, como el que en el siglo XVIII era común retratar a los niños con algún animal que simbolizaba lo que se esperaba de ellos –recordemos que se pensaba que a éstos se les debía educar como a los animales–, una representación, la alegórica, que poco a poco se substituyó por retratos de corte intimista que respondían a la complaciente pintura de género o al gusto por el reporte de los usos y costumbres y la condición social de los individuos. Lo que nos recuerda la exposición es el que la cultura light tenía ya su propia genealogía, caracterizada por darle gusto a todos, todo el tiempo.

 

La gran historia del arte

En el siempre repleto Museo Metropolitano saben como darle gusto a todo el mundo y por ello ofrecen muestras para expertos pero también para simples paseantes. Hendrick Goltzius fue un excelente dibujante y grabador holandés coetáneo y vecino de los grandes maestros flamencos del siglo XVII. De él se muestran dibujos, grabados además de grandes composiciones pictóricas de temática mitológica, que fueron inspiración de otros pintores y grabadores y forman parte de esa mitológica “gran historia del arte”, sin duda una muestra para académicos diletantes. También se ofrecen piezas decorativas y utilitarias provenientes de la antigua Rusia, en conmemoración del aniversario número 300 de la ciudad de San Petesburgo; antes decoraban palacios, hoy inauguran una de las salas de exhibiciones especiales del museo, para el deleite de los iniciados. También para expertos fue diseñada la muestra dedicada a las pinturas sobre la batalla naval entre el Kearsage y el Alabama durante la guerra civil norteamericana, que retratara, entre otros, Edouard Manet, un asunto que nos habla de su interes por la historia de esa época, aspecto desconocido para muchos.

Y en este tenor de la historia del arte para enciclopedistas, el elegantísimo museo dedicado a la soberbia colección del señor Frick no podía quedarse atrás y complementar la visión académica del Goltzius en el Metropolitano con los bronces de Willem van Tetrode, escultor nacido en Delft en el siglo XVI, de quien ya se exhibieron algunas piezas y que hoy es presentado de manera más amplia. Es interesante saber que de van Tetrode se destruyeron muchas piezas de gran formato y solo es dado conocer sus métodos de trabajo mediante las radiografías y los análisis presentados por los expertos del museo.

Pero si existe una prueba de que la alta cultura académica está cada vez más alejada de la tecnológica con la que se presentan las exhibiciones en los museos, esta es la muestra de los dibujos elaborados durante las horas de insomnio por Louise Bourgeois, porque aunque nos hablan de recurrencia, obsesión, sencillez, esquematismo, insensatez, placer por la factura del arte y el paso del tiempo, no dejan de ser hojas sueltas de papel con imágenes sin pretensiones, por más que las quieran presentar como una sola pieza artística; ¿por qué teniendo tantos recursos el Museo Whitney presentó una muestra tan floja?, aún tratándose de la Bourgeois, una de las piezas claves de la historia del arte del siglo XX. Quizá la respuesta en que el Whitney, como muchos otros museos, se ocupa de transformar lo intrascendente en tema de museo y lo importante en circunstancial, tomando como modelo el american way of life.

No obstante, Nueva York sigue siendo la meca para el visitante de museos y sus museos tienen años de ventaja en lo que se refiere a convertir el arte en entretenimiento; no debe asombrar el que algún día en algún museo de esta urbe se presente la historia del hot dog y la hamburguesa, de la vida en la cama antes y después del control remoto de televisión o de algún otro aspecto esencial de la vida estadounidense, para eso están el arte pop y por supuesto la teoría posmodernista.

 

Tomado de:

http://www.replica21.com/archivo/articulos/m_n/319_noval_museos.html

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