Baudelaire: el artista moderno y las drogas

por Julieta Valero

Mayo de 1843, Hotel Pimodan, en el Quai d’Anjou, uno de los más famosos de la época. Charles Baudelaire ocupa dos habitaciones (más retrete) por las que paga trescientos cincuenta francos. Todo, incluso el techo, está empapelado de rojo; hay una única ventana con cristales sin esmerilar “para poder ver el cielo”. Sillones y divanes de tamaños extrañamente titánicos, forrados en seda. La colección completa de los Hamlet de Delacroix sujeta a las paredes con clavos y una mesa ovalada, también gigantesca, de nogal macizo, sobre la que se come y sobre la que se van haciendo Las Flores del Mal. Lagartijas, cuervos y palomas han logrado cierto estatus de paz con el rey del lugar, un gato. Es posible que Charles Baudelaire acabe de despedir a alguna prostituta del barrio latino o que el último de los compañeros de farra, también joven, artista y potencialmente célebre, se resista a marcharse y le esté impidiendo disfrutar en soledad de una dulce resaca de vino y alguna otra cosa que aún le mantiene en los poderes del viaje y la transfiguración. Este es el mismo hotel en cuyos magníficos salones estilo Luis XIV se reúne el Club des Haschischins, formado por literatos, pintores, músicos y bohemios en general, y al que, no podía ser menos, se unirá nuestro poeta. Pero ¿quién es este hombre que, repantingado en un sofá y con la mirada luciferina o quizá idiota, se abisma por la ventana o desde la contemplación de un simple objeto hacia los tejidos de todo lo humano? ¿Por qué se le ha llamado unánimemente “fundador de la modernidad”? ¿Y por qué en su vida y en su trayecto intelectual tienen tanta importancia las drogas?. Vamos allá.

En 1821, en París y en la rue Hautefeuille nacía Charles Pierre Baudelaire. Era hijo de Joseph-François Baudelaire, un hombre de sesenta años, al parecer producto típico del s. XVIII, ex cura que había hecho carrera en la administración gracias a sus contactos entre los pudientes y aristócratas de la época, y de Caroline Archenbaut-Defayis, que apenas rondaba los treinta. Cuando Charles tenía seis años murió su padre dejando una renta aceptable y, al año siguiente, la madre se casó con Jacques Aupick, militar cuarentón, cuyas capacidades imaginativas apenas excedían el código cuartelario. Para el niño fue una auténtica traición. Se iniciaban unas relaciones familiares tormentosas. Charles siempre detestó con auténtica fidelidad a su padrastro. Aupick se empeñó, con poco éxito, en disciplinarle, primero y en tratar de evitar su ruina y el escándalo familiar después. Tras una adolescencia brillante y conflictiva (que incluye emblemática expulsión de colegio) el joven Baudelaire va logrando parecerse más a sí mismo. Comienza a frecuentar los medios bohemios y se hace amigo de algunos literatos (el escritor y aristócrata Le Vavasseur, del que será inseparable y Prarond). Y por ley de probabilidades acaba cogiendo la sífilis, que ya no dejará de crearle problemas de salud. La familia se decide a castigarle con una especie de exilio marítimo que más bien parece un premio pero que al poeta le resulta insoportable. Abandona el barco antes de tiempo y regresa del que sería el único viaje de su vida.. Le esperan París, con las densidades de una época irrepetible y el viaje intenso y doloroso por un fascinante y complejísimo yo interior.

El artista de la modernidad. El joven dandi

Al poco tiempo de su regreso cumple la mayoría de edad. Momento decisivo porque significa que ya puede recibir la herencia de su padre, que exige en metálico y que le permitirá ser independiente y acometer su proyecto vital más inmediato, convertirse en un dandi. Se marcha de casa con un enérgico portazo verbal dirigido a su madre, a quien se siente contradictoriamente unido,

“Me es imposible hacerme como tu marido quiere que me haga (…) no hay que quejarse sino comprenderme”.

Su círculo de relaciones se va ampliando. En el París del medio siglo conviven confusamente dos bohemias que rivalizan y la vez se complementan: la de los hijos de familia bien, que juegan a la precariedad, como Gautier, Nestor Roqueplan, Houssaye, Ourliac y el mismo Baudelaire, y la de los otros, la de las miserias nada virtuales; la bohemia de Murger, Nadar, pionero de la fotografía, materia que Charles siempre odió, o el desgraciado Barbara. Los va conociendo a todos y congenia especialmente con Théophile Gautier y Théodore de Banville. Encuentra un piso ad hoc para su estilo de vida en la Isla de San Luis donde habrá de pasar los días más afilados de su juventud y donde se definirá un programa oscuro y conscientemente autodestructivo de existencia.

Y es éste joven atrabiliario quien va a inventar la modernidad, lo que, a mediados del siglo XIX es un deseo original: la aspiración a la novedad perpetua. A él le debemos la transformación semántica de la palabra y una nueva concepción de la estética. Pero ¿por qué esa fijación con la novedad, que ya no nos ha abandonado? y, ¿quién era en aquel momento moderno?

Hasta entonces la poesía había sido la comparsa de lo ornamental, lo pedagógico o la filosofía. El romanticismo le había devuelto su función original, la de expresar al ser humano. Pero lo confesional se agota y el poeta, al cansarse de hablar de él mismo empieza a desear ser eco de otros mundos nuevos (que son mundos habitados porque están en este, aunque nadie los haya dicho). Baudelaire se propone darles voz y alma. Pero la invención de los nuevos mundos sensibles no puede surgir de ninguna idea o juicio previo, debe darse dentro de un universo cerrado en sí mismo: la Poesía. Por eso hay que renunciar a la memoria, que certifica lo que ya existe, y excitar la imaginación; por eso hay que llevar los sentidos hasta el extremo y entonces, al final del proceso, quizá, surga la idea.. Ese es el territorio artístico fundado por Baudelaire y que no ha sufrido interrupción y es el contenido profundo de una forma de vida en la que el tránsito por lo peligroso y prohibido no tuvo nada de trivial.

Dentro de la teoría de lo moderno, que como vemos no era una rabieta reactiva contra la generación anterior, Baudelaire intuyó también el surgimiento de un nuevo público: las masas ciudadanas que necesitaban ser expresadas, obtener su singularidad. Un público moderno asustado de no tener identidad. El poeta se convertirá, al igual que su admirado Edgar Allan Poe, en el “detective”, en el hombre de la muchedumbre, que trata de dar sentido a aquello que se presenta de forma impersonal y caótica, es decir, al alma de la ciudad. Hasta entonces todo el mundo estaba de acuerdo en ver a un Autor detrás de cada Obra de Arte. Baudelaire es el primero que rompe esa identificación, propone la desaparición del autor (y con él de la crítica biográfica) y rechaza la presencia del artista en su propia obra. Porque se da cuenta de que, en la modernidad, “yo es otro”, aunque la famosa frase la pronunciara unos lustros después Rimbaud.

Y si desaparece el yo de los poemas, habrá en cambio que reafirmar la singularidad física del poeta. Ahí surge el dandi, producto de París, la gran ciudad (un dandi de pueblo sería un loco o un imbecil). Lo que distingue al dandi Baudelaire de sus vecinos es que ha desaparecido detrás de su distinción y sólo muestra la diferencia que le oculta, aquello que perseguía el detective detective. De modo que se crea una máscara que le aleje de su propio dolor y que, de paso, declare la guerra abierta a la burguesía y a lo que el burgués desea, lo vulgar. El joven recién independizado viste con afectación (se dibuja sus propios trajes), se tiñe el pelo, se las da de gourmet, siembra anécdotas sobre su impertinencia y excentricidad allá por donde pasa, es una importante fuente de ingresos para las putas del barrio latino, asiste a todos los salones literarios y parece una estampa fija en los cafés donde se emborracha sistemáticamente con vino blanco y haschisch. Y, entre todo esto, trabaja; en verso y en prosa

La era del Hotel Pimodan

Volvamos a la escena del principio: Baudelaire alucinado, una tarde cualquiera, en su habitación del Pimodan. Ya ha conocido a Jeanne Duval, actriz mulata con quien mantendrá una tempestuosa relación el resto de su vida. De los gritos y los golpes al acoplamiento suelen mediar minutos. Este viejo prematuro y sifilítico que tiene un miedo sagrado al fracaso amoroso y sexual está más o menos enamorado. Ya ha escrito varios de los poemas que formarán parte de su obra maestra, Las flores del mal. Y ha construido su propio personaje. Pero detrás de los poemas y las borracheras persiste el tedio vital, el hastío, el famoso spleen. El dandi es un enfermo de aburrimiento. Todo cuanto le ofrece la realidad es lo de siempre. Su trabajo consiste en estar muy atento a las novedades precisamente para sepultarlas. Baudelaire y sus colegas se aburren gracias a la novedad.

En las veladas del hotel se junta la extraña elite de gente divertida y moderna que creen regir los destinos del mundo intelectual. A veces aparecen consagrados como el mismísimo Balzac, a quien se intenta hacer perder la compostura. Beben vino, charlan, intercambian fluidos y, por supuesto, se drogan. También lo hacen en otros muchos lugares, principalmente cafés (el Lemblin, el Tabourey) y casi siempre con haschisch. Lo toman por vía oral, la de efectos más salvajes y en forma de confitura. La que más se usa es el dawamesk, mezcla del extracto graso de la planta con alguna esencia que disimule su mal sabor (azúcar, vainilla, canela…). En el Pimodan le suelen poner miel. El café, el té, los licores o el ayuno ayudan a acelerar el proceso y a que sea más fuerte el ciego. Las dosis varían entre los quince y los treinta gramos. La otra sustancia reina es el opio o láudano.

Baudelaire inicia una relación intensa y prolongada con los estupefacientes que le llevará a escribir Los Paraísos Artificiales, publicada en 1860 en su forma definitiva, con dos partes, El poema del haschisch y Un comedor de opio . De la primera ya se habían publicado anteriormente dos versiones, Del vino y del haschisch, en 1851 y Del Haschisch, en 1858. La cuestión es ¿de dónde surge esta pasión investigadora y hedonista por las drogas?

Baudelaire ha renunciado a la personalidad literaria porque el yo poético que busca es algo que va mucho más allá, que se sitúa en la totalidad trascendente del Lenguaje. Por lo tanto hay que olvidar al ciudadano, deshacerse de él para alcanzar el Paraíso de lo poético. Se trata de separarse de uno mismo para alcanzar a ese “otro” que es el poeta. Pero no valdría matarse porque entonces ¿quién observaría el éxito de este viaje? Baudelaire quiere que, con la muerte, el cuerpo conserve su vida (es lo que él llama espíritu) La primera medida es sacrificar, como vimos, al verdadero yo bajo los aceites del dandi. El segundo grado tiene que ver con las mujeres a quienes admira y adora porque le parecen “animales humanos en estado puro”. El dandi desnudo pierde su coraza y se enfrenta al otro (“¿Qué es el amor? La necesidad de salir de uno mismo.”) y también tiene la oportunidad, a través del sexo, de investigar el lado satánico de su existencia, los límites del yo que quiere aniquilar (“La voluptuosidad única y suprema del amor se basa en la certeza de hacer el mal” [Fusees]). Pero Baudelaire no era un psicótico capaz de hacer daño sin inmutarse. Y, no pudiendo echar mano de la locura utilizó una tercera vía para conocer la raíz de la existencia: las sustancias multiplicadoras.

Los Paraísos Artificiales

Este texto ha sido durante mucho tiempo un auténtico manual del toxicómano. Pero su lectura encierra muchas otras cosas. Además de su importancia para conocer a un sujeto como mínimo interesante, la perspectiva desde la que Baudelaire lo escribió es la de quien se mete en las drogas, placeres aparte, con un afán profundo de conocimiento.

No es casual que la introducción a El poema del haschisch se titule El gusto por lo infinito. Baudelaire piensa que, desde el principio de los tiempos y en todas las culturas, el hombre ha buscado huir del espacio fangoso y chato de lo cotidiano. Aunque haya días en los que de forma espontánea se levante más perceptivo y el exterior se le ofrezca con otro relieve, este estado artístico, encantador y paradisíaco no obedece a causas que podamos controlar. De modo que siempre hemos buscado productos que nos permitan perpetuarlo (“¡Ay!, los vicios del hombre, tan llenos de horror como se les supone, contienen la prueba (…) de su gusto de lo infinito; sólo que es un gusto que a menudo se equivoca de camino”). Ese es el problema, que el hombre “en su fatuidad, olvida que se la está jugando con algo que le excede en finura y en fuerza, y que el Espíritu del Mal, (…) no tarda en llevarse la cabeza”.

El libro no tiene desperdicio. La segunda parte, Un comedor de opio, es una glosa inteligente de la famosísima obra de Thomas De Quincey, Confesiones de un inglés comedor de opio. Se había publicado en 1822 con un éxito fulminante (no en vano los sábados por la tarde las farmacias de Manchester vendían cientos de dosis de láudano). La obra refleja una actitud ambivalente hacia esta droga, “cadena inexorable, llave del Paraíso”. Lógico en un hombre que empezó a consumir para aliviar unos dolores de estómago brutales y que estuvo enganchado veinte años. Lo suyo con el opio fue una auténtica pasión intelectual y física de la que nunca logró prescindir del todo. La literaturización de las visiones que le provocaba, llenas de imaginería oriental, cuajó en una prosa rítmica y retórica que fue el punto de partida que seguirían Gautier, Baudelaire y, ya en nuestro siglo, Henry Michaux, entre otros. Lectura tan recomendable como el comentario profundo que le dedica Baudelaire. Pero su experiencia con las drogas aparece de forma más directa en la parte dedicada al haschisch y lo esencial de sus conclusiones es aplicable a ambas sustancias.

Baudelaire, además de ofrecer datos sobre el origen, procedencia y formas de preparación del haschisch, realiza un auténtico recorrido por los efectos físicos y psicológicos de su consumo en forma de manual para la iniciación. En primer lugar, desgrana el tipo de embriaguez que produce. Advierte a los “curiosos por conocer placeres excepcionales” que “no encontrarán en el haschisch nada milagroso, absolutamente nada más que lo natural en exceso”. Es decir, que uno siempre se dará de bruces consigo mismo y con su interior “el hombre ha querido soñar; el sueño gobernará al hombre; pero ese sueño será claramente el hijo de su padre”. Hace un análisis, lleno de matices, de las fases por las que se pasa y las va ilustrando con anécdotas de su experiencia propia y observada. Primero la risa incontenible, en la que empiezan a acelerarse las relaciones de ideas y uno establece cierta complicidad con sus compañeros de viaje, muchas veces ficticia, de la que se deriva un sentimiento de superioridad grupal. Aparece también otro de los rasgos comunes en esta fase, “una benevolencia blanda, perezosa, muda, que se deriva del reblandecimiento de los nervios”.

El segundo estado se caracteriza por una avalancha de sensaciones físicas (“frescor en las extremidades, (…) debilidad de todos los miembros (…) vuestros ojos se agrandan por un éxtasis implacable (…) vuestro rostro se inunda de palidez (…) de cuando en cuando, una sacudida os atraviesa”). Luego llega una agudización de todas las percepciones sensoriales. Y es entonces cuando “empiezan las alucinaciones. Lenta y sucesivamente, los objetos externos adquieren singulares apariencias, deformándose y transformándose”. A veces ocurre que en la contemplación alucinada de los objetos externos uno acaba olvidando la propia identidad (“primero prestáis al árbol vuestras pasiones(…) y pronto sois vosotros mismos el árbol”). Inevitablemente el tiempo lineal desaparece y sólo existe el psicológico (“ésta interminable fantasía sólo ha durado un minuto (…) diríase estar viviendo varias vidas humanas en el espacio de una hora”). Baudelaire concluye que, en este momento, “No hay ya ecuación entre los órganos y los placeres; y es principalmente de esta consideración de donde surge la censura aplicable a ese peligroso ejercicio en el que la libertad desaparece”. En medio de todo se dan “calmas engañosas” en las que sobreviene lo que hoy llaman hipoglucemia y que siempre ha sido un hambre voraz.

La “crisis definitiva” es un estado que los orientales llaman kief. Hace mucho que uno no es dueño de sí mismo, pero tampoco le importa. Continúan las espléndidas visiones pero no hay vértigo ni turbulencia ni miedos. Llega entonces la alucinación moral “estado de beatitud sosegado e inmóvil, de una resignación gloriosa”.

Al día siguiente, cansancio de siglos, languidez y dispersión “Habéis esparcido vuestra personalidad a los cuatro vientos del cielo y, ahora, ¡cuánto esfuerzo para reunirla y concentrarla!”

A partir de aquí Baudelaire entra en la dimensión moral del haschisch, en sus efectos sobre la “parte espiritual del hombre”, tomando como modelo de su análisis al característico hombre sensible de su época, de espíritu cultivado, “gran finura de sentidos” con inquietudes metafísicas, “corazón tierno” y alguna “antigua falta” que pueda removerse con toda esta experiencia. Baudelaire hizo del remordimiento uno de los temas centrales del XIX Haciendo interesantes alusiones a su querido Poe “al que siempre se ha de citar cuando se trata de enfermedades misteriosas del espíritu”, compara haschisch y opio y los tipos de razonamiento que producen. Analiza la intensificación de los sentidos y las posibilidades que cobra el sexo durante la embriaguez. Repasa también el paroxismo sentimental que se produce, tan diferente al del alcohol. La belleza, el amor y la armonía se convierten en deberes universales. Y, finalmente, el proceso por el cual, bajo ese prisma de amor universal, los reproches internos que a uno le surgen por el daño hecho a sus semejantes se convierten, por la misma razón, en autojustificaciones que acaban conduciendo a un peligroso egocentrismo. Se llega a confundir el sueño de nuestras posibilidades con la acción que no llega a ser: “¡Soy el más virtuoso de los hombres!” Incluso puede terminarse en la monomanía “¡He llegado a ser Dios!“.

Las conclusiones, desde la resaca de toda una vida dedicada al vicio, son bastante disuasorias y pueden aplicarse a cualquier otra de las sustancias con las que se lió (opio, éter, cloroformo). Las drogas, a la larga, acaban robándonos unos cuantos bienes necesarios: la dignidad, el libre albredío, la voluntad. Los hábitos adquiridos como bienes se van convirtiendo en necesidades (“Quien haya recurrido a un veneno para pensar muy pronto no podrá pensar sin veneno”). La posibilidad de retener los hallazgos de la embriaguez son bastante remotas. Y en el empeño por acceder a lo infinito lo único que encontramos, una y otra vez, es nuestra propia imagen (“lo único que el haschisch revela al individuo es el propio individuo”).

Baudelaire termina su aventura dejando un legado un poco triste: la huída de este mundo no es posible (“al hombre le está prohibido, bajo pena de decadencia y de muerte intelectual, trastocar las condiciones primordiales de su existencia (…) todo hombre que no acepta las condiciones de la vida vende su alma.”). El precio, ya lo sabemos, es caro. pero conocerse a uno mismo, más si se es Baudelaire, no es poco. Y, en todo caso, quizá son cosas que no pueden saberse por los libros.

Los años que siguen a la época del Pimodan son un viaje sin retorno hacia sus propósitos. El poeta se ha pulido casi toda la herencia y está lleno de deudas. Cambia de residencia constantemente para huir de los acreedores (hasta seis veces en un mes). O sablea a los amigos, de la misma forma que, cuando puede, les invita, incluidos los que se han liado con Jeanne Duval que nunca dejará de engañarle en ese y otros sentidos y a la que mantendrá hasta el final.

La familia le obliga, por vía judicial, a aceptar de administrador a Aupick. Baudelaire casi muere de rabia e indignación. Hace un intento de suicidio que en realidad es una puesta en escena dedicada a su familia (“Me mato porque soy inútil a los otros y peligroso a mí mismo. Me mato porque me sé inmortal y espero”). En un cabaret donde ha comido con Jeanne y unos amigos saca en los postres el tema del suicidio. De pronto se levanta y se clava un puñal en el pecho. Poca cosa. La policía se lo lleva, la madre cree morir del disgusto y lo trasladan al domicilio familiar, más que nada para evitar el escándalo. El encuentro dura poco (“abandoné aquello (…) no se bebe sino Burdeos en casa de mi madre y yo no puedo pasarme sin Borgoña”). En fin, que sus costumbres no varían, borracho impenitente, yonki cada vez mas experto, navegante callejero…

Pasan los años y, poco a poco, va incorporando el hábito del trabajo y empieza a tener ganas de publicar. Salen sus trabajos sobre pintura (otra de sus pasiones) que muestran al mejor crítico del siglo, según los entendidos. Publica poemas y artículos en diversos periódicos y revistas. En 1847 aparece la novela corta La Fanfarlo, en la que hace su autorretrato como dandi. Al año siguiente se une a los grupos revolucionarios que se echan a la calle para derrocar al lánguido Luis Felipe. Pero no hay en él una profunda convicción ideológica. Realmente es un socialista repentino. Aunque se hace amigo de renombrados protagonistas, como Proudhon, a quien había insultado con frecuencia o Auguste Poulet-Malassis, que acabará siendo su editor, la verdadera razón de su ramalazo revolucionario es el odio inveterado a su padrastro; en las barricadas trata de animar a la gente al grito de “¡Hay que fusilar a Aupick!”.

A los trastornos de la sífilis se unen los del láudano, que llega a enfermarle seriamente. Pero la miseria física contrasta con las buenas nuevas del exterior. A partir de 1851 su fama crece debido a sus traducciones de Poe, otro tipo atormentado, otro yonki y borracho, un verdadero hermano trasatlántico.

Pasión por Poe

“La primera vez que abrí un libro suyo vi con espanto y asombro no solamente los argumentos soñados por mí, sino frases mías escritas por él veinte años antes”.

Así se refiere Baudelaire a su encuentro con el escritor de Baltimore que seguramente nunca supo de su existencia. La identificación, literaria y vital fue siempre absoluta y profunda Poe era otro tipo cargado de deudas, tragedia y oscura lujuria. Es indudable su influencia sobre la obra de Baudelaire pero éste ya estaba hecho como poeta cuando tuvo el flechazo. Emprendió una labor de traducción que duraría diecisiete años y que abarcó gran parte de su obra, según muchos mejorándola. Todo lo relativo a Poe llegó a ser una especie de religión. Y la musa femenina del americano, dulce, tierna y desgraciada le produjo un amargo contraste con su concepción y experiencia de las mujeres. Claro que, uno de los patrimonios del francés, que le humanizan y le han hecho más perdurable es su inquietud erótica bestial. Poe tenía la atracción del misterio pero era un hombre simplemente enamorado y ordenadamente sexual.

En medio de la dispersión propiciada por su experiencia con las drogas trabajó con más fe y constancia que nunca. Al igual que se había fascinado con el pintor Delacroix, con quien tuvo contacto y que iluminó nuevos territorios de su imaginación, Baudelaire vampiriza inconscientemente el universo interior de Poe y algo parecido le sucedería con Wagner. Y todo porque vió en ellos una representación general del artista moderno.

Baudelaire ya es Baudelaire

En 1857 publica, por fin, Las flores del mal. En esta obra cristaliza toda su búsqueda poética y toda su vida. Los adelantos habían creado un ambiente de expectación y, en efecto, Baudelaire se convierte en uno de los personajes literarios más conocidos de Francia. No será por las ventas (se tiraron 1320 ejemplares) sino porque el mes siguiente se ve metido en un proceso judicial por atentar contra la moral pública. Es la primera vez, desde la Restauración, que un libro de poesía sufre persecución oficial. Los críticos se enzarzan en una guerra por el asunto (figuras como Sainte-Beuve y Flaubert le apoyan). La cosa termina con la condena del autor (multa de trescientos francos), del editor y de los lectores, a quienes se les prohibe leer seis poemas.

Pero su vida es un antes y un después de la publicación. Irán saliendo con éxito las traducciones, las versiones definitivas sobre las drogas, los poemas en prosa y en 1861 la segunda edición de sus flores, con treinta y cinco nuevos poemas. Su obra está hecha, poco más añadirá antes de morir. A la posteridad nos ha quedado el resto. En 1865, dos jovencitos llamados Mallarmé y Verlaine publicarán artículos apasionados sobre este libro. A Baudelaire le producirán una mezcla de indiferencia y desconfianza.

Final y eternidad

Los últimos años de Baudelaire parecen un catálogo degenerativo de sus miserias de toda la vida. El desastre económico es tal que hasta se le ocurre intentar el ingreso en la Academia para conseguir algo de dinero. (de los inmortales de la época sólo le hará caso Vigny, que también pasó lo suyo). Su amigo y editor, Poulet-Malassis, que debía sacar varias de sus obras huye a Bélgica perseguido por sus acreedores y el editor de las traducciones de Poe corta la relación cuando aún quedan dos volúmenes por publicar. Desesperado, vende los derechos de toda su obra por una cantidad ridícula.

Jeanne Duval tiene aún fuerzas para engañarle pero se consume aún más rápido que él. Acaban ingresándola en un hospicio. La salud de Baudelaire también es un desastre. Los males de la sífilis se agudizan. En 1864 intenta un pequeño renacimiento: viaja a Bélgica para dar unas conferencias que prometen ingresos y difusión de su obra. El fracaso es absoluto y se hunde definitivamente. En 1866 sufre un ataque de hemiplejia y es ingresado en una clínica religiosa. Su madre se hace cargo de él. Morirá en 1867, en otro lugar, tras pasar un año paralítico y mudo. Las monjitas de la clínica hicieron exorcizar la habitación.

La vida entera de Baudelaire es un intento de ascenso hacia un estado que justifique nuestra presencia en este mundo. El viaje satánico hacia los límites del yo, de la propia ética, el descenso a través de la ebriedad y las drogas son sólo una preparación, no valen como fin, están condenados al fracaso porque no logran la permanencia. en ese espacio. Baudelaire llega al convencimiento de que el Edén es la Poesía como estado: la imaginación transformando constantemente una realidad que así, sin más, resultaría insoportable. Vivir de esta forma es un proyecto tan totalizador que se sabe fallido de antemano. Pero donde hay proyecto hay esperanza. Y donde hay esperanza, hay intensidad, placer, sentido.

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Bibliografía:

  • Azúa, Félix de. Baudelaire y el artista de la vida moderna. Barcelona, Anagrama, 1999.
  • Benjamin, Walter. Baudelaire: poesía y capitalismo. (Iluminaciones II), Madrid, Taurus, 1993.
  • Baudelaire, Charles.
    Las flores del mal, Madrid, Alianza editorial, 1982.
    Pequeños Poemas en Prosa. Los Paraísos artificiales, Madrid, Cátedra, 1986.
  • De Quincey, Thomas, Confesiones de un inglés comedor de opio, Madrid, Alianza, 1984.
  • Gautier, Thèophile, Baudelaire por Gautier, Madrid, Ors, 1974
  • González-Ruano, César, Baudelaire, Madrid, Espasa calpe, 1958.
  • López Castellón, Enrique, Simbolismo y bohemia: la Francia de Baudelaire. Madrid, Akal, 1999.
  • Pinchois, C. Baudelaire, Valencia, Institució Valenciana d’Estudis i Investigació, 1989.
  • Sartre, Jean Paul, Baudelaire, Madrid, Alianza Editorial, 1994.
Tomado de:

http://www.babab.com/no23/baudelaire.php

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