La suspensión de lo fugaz

Stoddart, Helen

Izis. Lagny, 1959.

El circo moderno se define por la velocidad, el peligro y el movimiento. Como forma de entretenimiento de masas internacional ha venerado y se ha burlado del cuerpo humano para probar sus limitaciones: en sus formas más graciosas (el trapecista) y más torpes (el payaso), en las más bellas, dinámicas y distorsionadas (el fenómeno de feria). Sus orígenes históricos se remontan a 1768, momento en que se estaban sentando las bases de la modernidad industrial occidental; es, por tanto, un entretenimiento moderno y secular que instruye a su público sobre las posibilidades de triunfar sobre los choques físicos y las desorientaciones de un mundo dinámico, moderno y urbano sin recurrir o referirse a la fe en otra cosa que no sea la habilidad, la estupidez, la diversidad, la belleza, el horror y la resistencia humanos. Su atractivo principal para la fotografía siempre ha sido poderoso, pero también complejo y ambivalente. Quizá lo más obvio sea que ambos están vinculados por una estética que combina la mudez lingüística con el espectáculo visual: el circo se fundó sobre una prohibición primaria del lenguaje (rota sólo ocasionalmente por un payaso tonto o un director de pista que aparecía entre los actos), aunque, claro está, el circo siempre sea ruidoso en términos de efectos musicales y de otro tipo. Sin embargo, lo que atribula de manera continua los intentos fotográficos (y otros) de representar o captar la acción circense es precisamente la distancia insalvable entre la quietud definitiva de la célula aislada del fotógrafo y el a menudo aterrador movimiento en directo del circo. Los momentos en que el riesgo de morir se recibe con un jadeo apagado quedan silenciosamente vaciados de su estremecimiento de terror, y se pierde en la fosilización de un solo fotograma de representación el instante fugaz de la aparente suspensión de la gravedad cuando el trapecista cuelga en el espacio esperando a agarrar o a que lo agarren. Siegfred Kracauer, Roland Barthes y Susan Sontag han observado de distintas formas que una fotografía de un sujeto humano es una señal de pérdida; en palabras de Sontag, “un inventario de la mortalidad”; un recordatorio perpetuo de lo inevitable que es la muerte. Cuando el sujeto de una fotografía es una forma de arte vivo tan intrínsecamente comprometido con la vida, la simultaneidad y la espontaneidad en el momento actual, este sentimiento de pérdida, se registra con mayor agudeza; queda compuesto por un sentimiento de nostalgia o pérdida que, con frecuencia, se vincula a las evocaciones del circo con sus asociaciones de antiguo con la infancia, las eras perdidas y el glamour desvaído.

Bruce Davidson. USA. Palisades, New Jersey. The Dwarf, 1958.

Por este motivo, las fotografías del circo tienden a caer en una de estas dos amplias tendencias que con frecuencia se superponen (en relación con los resultados y las intenciones). Ambas tienen señales que se remontan al siglo XIX y que estudiaré aquí: los fotoperiodistas (incluyendo los retratistas) y los expertos / innovadores técnicos. Las escenas de las partes traseras de los circos o de las estrellas, los personajes o las rarezas circenses a menudo demuestran el impulso del reportero gráfico para localizar la ‘belleza’ o para humanizar el contraste entre las actuaciones con lentejuelas y la dureza o lo mundano de la vida cotidiana entre el serrín. Pero gran parte de esta obra también pone a punto la resonancia más amplia o más metafórica entre la gama de cuerpos humanos o yoes contenidos en el circo con su potencial para excitar una reflexión más general sobre la extrañeza, la violencia o el absurdo del comportamiento, el arte y la identidad humanos. La fotografía de lo técnico ha respondido a los desafíos físicos planteados por las actuaciones circenses rápidas movilizando la maquinaria y los efectos más modernos para producir imágenes en que las técnicas de encuadre, escala, iluminación y enfoque captan y desplazan ambas hacia los funambulistas y los trapecistas que son el objetivo de su logro. En cierta medida, gran parte de la historia de la fotografía en relación con el circo ha sido la de su uso de los avances tecnológicos para responder al desafío imposible que planteaba éste. Las primeras fotografías de las décadas de 1840 y 1850 estaban limitadas por la incapacidad del frágil proceso del daguerrotipo con sus tiempos de exposición prolongados para captar el color o el movimiento o, cómo no, para abandonar el estudio del fotógrafo. Las fotografías de estrellas circenses (a menudo de los acróbatas y payasos más famosos) obligaban a estas últimas a colocarse frente a la cámara en posiciones convencionales o sentadas, siendo sus trajes los únicos indicadores de su pericia profesional y su agilidad física; constituyendo también sus piernas enmalladas, musculosas y pavorosamente visibles, tanto una infracción de los códigos del vestido correcto como una explicación aceptable de ello.(…)

Tomado de:

http://www.exitmedia.net/prueba/esp/articulo.php?id=303

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