BAILANDO SOBRE EL SUELO DE GRESITE

Por Fernando Huici y Guillermo Pérez Villalta

La verdad, cuando los chicos de la Bauhaus se fueron a Nueva York la cosa no resultó tan grave. Decidimos seguir la fiesta por nuestra cuenta. En el fondo no había porqué abandonarse a la historia. Si ellos eran modernos, nosotros podíamos serlo mucho más, incluso neomodernos, diría yo. Por eso quisimos ampliar el local sin reparar en

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gastos. Trajimos de Milán una cafetera exprés por darle más speed al asunto, plantamos en la terraza sombrillas de Torremolinos y, en el rinconcito de la chimenea, aquellos simpáticos (aunque algo estirados) muchachos finlandeses de nombres chistosos pusieron todo su empeño en crear un ambiente amplio y agradable. Rápidamente desembarazamos el salón de tanto mueble, optando por el derroche de un espacio despejado. Pronto se fue llenando de aquellos amigos parisinos que tocan el saxo y la batería y escriben falsas novelas policíacas. Uno de ellos, el delgaducho de nariz aguileña, le daba mucha marcha a su piano-coktail junto a la barra del bar, compitiendo con los combinados tropicales que preparaban, trepidantes, los recién llegados de Río y Caracas. La fiesta se iba animando de modo insospechado y todo el mundo nos venía con ideas diversas, rabiosamente nuevas. No quiero ni acordarme de cuando Mondrian, tras tomarse el cuarto dry martini, receta del American Bar, comenzó a oscilar y quebrarse a ritmo de mambo. ¿Quién lo hubiera dicho?; él, tan serio de por sí, y entonces lleno de atrevidas diagonales que le daban aire la mar de gracioso. Lo mejor de todo fue cuando se lanzó con Pollock a marcarse una rumba. De pies a cabeza se llemó de dripping “Tutti colori”. La pista de baile estaba ya al rojo vivo. Las audaces texturas flirteaban, indecorosas, con el bueno de Arp, que siempre nos cayó chanchi. Al fondo, dos traviesos que responden por Calder y Miró achuchaban con sendos matasuegras a la chica rubia de pantalones ceñidos que llegó en la Vespa. Cuando entró Dalí fue ya el despirporre. Más de uno se derritió en su sillón. La orquesta le dio aquello tan bonito de “souvenir, souvenir, los bigotes de Dalí“. Allí no quedó nadie por entregarse a la juerga.

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Imagínate cuando a Kandinsky le dio por pintar corbatas o las faldas con vuelo de la chica de labios carnosos y la cola de caballo. Incluso Duchamp se ocupaba de remodelar las lámparas y el carrito bar por la cosa escenográfica. Al rato, todos juntos, intentaban diseñar a la limón (sic) un trofeo cornucopia pluriestilo para la elección inmediata e irrevocable de la chica be-bop. Un grupo de arquitectos y diseñadores discutían aquello tan fino del espacio y la función. “Lo peor es –decía uno- ¿qué hacemos con el espacio cuando la función no se realiza?. Ya sabéis que el espacio de piso es hoy una cosa muy costosa”. “¡Tengo una idea!”- repuso uno bajito con bigote como estilete- el multiuso. Cada espacio puede realizar múltiples funciones”. “Eso. Cada espacio puede realizar múltiples funciones”. “Eso, eso –se lanzaron los diseñadores-

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muebles cama-despacho-cocina-ducha o televisor-bar-discoteca-bidet-salón de lectura”. “¿Y si se agotan los usos?”- atajó uno que no quería dejar cables (sic) sueltos. La pregunta cayó como una jarra de “cup” helado.  “Elemental –sentenció el bigote bajo-, cuestión e inventiva”. Y a partir de entonces nunca supimos si el sillón era un frutero a la hora del lunch o si ese jarroncito tan gracioso que nos regaló tu madre se metamorfoseaba en rasuradota eléctrica por las mañanas y en lamparita de lectura al caer la noche. Hasta llegó un momento en que los cubiertos parecían dispuestos a soltarnos un calambrazo de puro zigzagueantes. Pero no quedaron así las cosas. Al momento la tomaron con la pobre gravedad. “¡Menudo muermo que las cosas deban sujetarse”. Así todas las cosas adoptaron las posiciones más peligrosas. Las patitas del sillón tapizado en genuino falso leopardo se abrían y se abrían sin cesar. Las columnas que, de todos es sabido, han de asentarse sobre una base amplia para mejor repartir las presiones, se hicieron delgaditas, delgaditas, por la parte de abajo. Y allí donde el techo debía descansar sobre el pilar aparecía -¡ahí te las compongas!- un inquietante (sic) agujero que permitía pasar al soporte hasta el piso superior. Todo se inclinaba de un modo sospechoso; las viseras y terrazas salían disparadas como trampolines. Luego les dio por hacer confusos los espacios y camuflaron los techos con plafones que, no sólo adoptaban caprichosas formas de ameba sino que, además, aparecían frecuentemente perforados por todas las partes. Convirtiendo las paredes en mamparas que dividían tan sutilmente los espacios que, a veces, se hacían necesarios titánicos esfuerzos perceptivos por encontrarlas antes de jugarse el físico contra las lunas pulidas cristañola o los delgados cables de nylon que unían suelo y techo. No te quiero ya decir lo que fue la fiebre de escaleras y rampas. Si padeces de vértigo podías darte por perdido. Algunas llegaron a ser tan bonitas que no servían sino como esculturas que rompieran el espacio entre dos niveles, otras eran tan aéreas y transparentes que ofrecían como espectáculo un revoloteo de medias y tobillos y no debemos pasar por alto alguna que otra idea luminosa. Directa o ambiental, la iluminación nos deparó decoraciones expresionistas de la mejor especie y máquinas que parecían servir para cualquier cosa antes que para vernos las caras con aquella pantera existencialista. Caso aparte el de los neones que tanto se ponían a dibujar en el aire por puro gusto como trazaban el esquema que nos permitía hacernos una idea de por donde iban los tiros en aquella maraña espacial que los chicos de la reunión tenían la desfachatez de apodar “chalecito unifamiliar para zona residencial de la periferia”. En fin, todo fuera en beneficio de la omnipotente función. No faltaban, desde luego, diversiones para quien se juntara al grupo en cuestión. Por allí andaba Oscar Niemeyer escuchando con pinta de alumno empollón los delirios que emanaba el beodo de Le Corbusier tras ingerir los incontables cocopiñas que una coorte (sic) de admiradores brasileños no dejaban de ponerle entre las manos. Félix Candela, enfurruñado por el capón que soltara Torroja por no aprenderse convenientemente la lección del día, no cesaba de repetir: “para paraboloides, hiperbólicos, menda”. Créanlo o no, hasta Aalto le pagaba fuerte al cha-cha-cha. Entre tanta genialidad etílica, sólo una nota fuera de compás: Mies y Gropius, tan sosos como siempre, confundían el acuario con la ponchera y arrastraban una sobriedad a prueba del mejor de los humores. A su sombre, el alías Philip Jonson dispuesto como siempre a ligar con la chica de moda. A esas alturas de la fiesta lo mejor se había desplazado hasta el jardín. La piscina, recubierta de gresite multicolor se encontraba animadísima, literalmente abarrotada por flotadores de plástico. Un Apolo en slip dudaba histérico qué puntos del borde podían tomarse como idóneos para trazar un “largo”. Junto a él una señora a lo Silvana Pampanini lucía hasta el agotamiento un modelito sensación: como complemento genial un “hoola hop” en eterna danza. Algo más lejos tres chicas esqueléticas con carísimos tocados de Balenciaga rodeaban un coqueto bambi de forja. Los vapores de la destilería estomacal le hacían ya a uno dudar si se trataba efectivamente de las tres mencionadas gracias o de un “display” de lámparas alámbricas. Alguien había tenido la feliz idea de transformar el Henry Moore en fuente-ducha y los huecos en forma de sobaco hacían la vez de lavabos. A aquella otra escultura de Gabo le cambiaron los hilitos por “macarrón” de plástico hasta convertirla en una preciosa hamaca. La orquesta tocaba nuevos bailes, mudando el mambo y el cha-cha-cha por el rock, para atreverse después con algún twist o con un madison. Por entonces llegaron a la fiesta unos chicos la mar de “pop”. Dispuestos a renovar el buffet habían saqueado el supermercado de la esquina. Gillo Dorfles no podía soportar su presencia y así le insistí a Eco quien, con aire ausente, no acababa de integrarse en la fiesta. Lo más estirado de la reunión ignoraba olímpicamente a los recién llegados. De hecho, no hacían más que alabar los módulos y series que por entonces atraían la atención general. Todo el mundo se pirraba por la fabricación seriada y cosas por el estilo. Vasarely se pavoneaba como una star, pero los más divertidos eran unos dinámicos chicos que no dejaban de moverse. LeParc llenó el salón de espejitos que todo lo desquiciaban;

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otros instalaban máquinas de comunicación, aunque uno nunca supo si comunicaban con alguien. Lo importante era participar. Había también unos niños pobres, pero de eso es mejor ni hablar. Unos tipos muy raros nos empapelaron el salón con unos mareantes dibujos blanco y negro, pero cuando pretendieron decorarnos la casa nos la dejaron más bien infinitos múltiples por todas partes. Eso sí, la discoteca la dejaron preciosa, con luces intermitentes de todos los colores, en una orgía psicodélica. En unos momentos la reunión de arquitectos andaba de capa caída. Muchos se dedicaban ya a dormirla, mientras otros arrastraban una tontina vergonzosa discutiendo en un rincón sobre la fabricación en serie de pasmosas chorradas. Algunos, con megaestructuras y gaitas por el estilo pretendían dejarnos la casa hecha unos zorros. Sólo Parent y Virilio aguantaban la merluza con una honrosa inclinación. Poca cosa para el cuerpo. Lo mejor de la fiesta quedaba ahora en la orquesta. ¡No te quiero decir las canciones tan bonitas que tocaban! Pero ni eso logró retener a los del pop que decidieron largarse con las chicas al motel de la esquina. Uno de gafitas y pelo plateado insistía en pasarles películas pomo.  “Vaya rollo” –le amonestaba el de las hamburguesas. Aquí la fiesta tomó un aire muy raro. Al personal le dio por la contemplación y se pasaba el día a base de recuerdos y suspiros. “¡Chico, esta parte era un muermo”. Todos vestían de antiguo como en una telenovela y las guitarras eléctricas se desgarraban en lamentables solos: algo así como el onanismo progresivo. Ni siquiera cuando alguien echó un ácido en la naranjada la cosa se remedió. Todo iba de ponerse naturales. ¡Claro!, Marie Claire, la única chica que no se largó al motel, no se maquillaba. Cambiaron el plástico y las formicas por madera lavada, bambú y otras mierdas ecológicas. Sí, sí, muy natural pero sin una pizca de gracia ni atrevimiento. Para colmo, los que iban llegando no hacían casi nada: sólo poner montoncitos de porquería en los rincones y reseñarlo en documentos. Los más “audaces” se permitían chorrear pintura por las paredes y luego sostenían interminables discusiones sobre el asunto. Nada, lo dicho; un muermo. Y para qué hablar de los arquitectos. A los que no babeaban les dio por quitar aquellos preciosos neones que pusimos de reclamo en el portal. Un chico que había venido de Filadelfia los rescató del colector de basura y se los llevó a la fiesta de la esquina. Lo único interesante fueron unas locas que tomaron por asalto la discoteca. Nosotros también estuvimos a punto de darnos el piro. Pero ahora, parece que en la fiesta comienza un proceso de reanimación. Los nostálgicos han caído en la cuenta de lo bonita que estaba la casa al principio de la juerga. También han vuelto los chicos y las chicas del pop a ver como andaban aquí las cosas. Han decidido quedarse. Han crecido, pero siguen siendo encantadores. Se han traído con ellos un conjunto de quinceañeros muy raros que, nada más entrar, la han emprendido a guitarrazos con los últimos amuermados de la orquesta. Ellos tocan fatal, pero con mucha más gracia. Bueno, ya aprenderán. Por ahora empiezan a llenarlo todo de nuevos plásticos y colorines. Además, están haciendo muy buenas migas con aquellos genios etílicos del principio que ya comienzan a desperezar su resaca. En fin, veremos cómo nos dejan la casa ahora que la “nouvelle vague”” vuelve a estar en la onda. ¡Cosas del neomoderno!

Publicado en Arquitectura, Madrid, núm. 224, mayo-junio, pp. 38-41

Tomado de:

http://www.lotofago.com/revista.php?id=188

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