Esto no se mira, esto no se toca, esto no se dice

Olivares, Rosa
Esto no se mira, esto no se toca, esto no se dice

SPENCER TUNICK, 23rt Street, Tenth Ave. NYC 1, 1999

Una de las características del arte actual es que, prácticamente, todo está permitido. Dicho en otras palabras: la capacidad de subversión, de escándalo o de alteración del orden establecido es casi imposible. No es que los artistas no lo intenten, sino que en estos momentos ya estamos hechos a todo. La realidad ha superado ampliamente cualquier mal sueño, cualquier imaginación. La apología del asesinato, individual o colectivo, es un tema de telefilmes de gran audiencia; el sexo con niños se difunde sin fronteras ni límites legales claros a través de Internet; hay un turismo floreciente que se basa en ofrecer sexo barato en países exóticos y que tiene como clientes a burgueses, intelectuales y clase media de ese otro mundo que parece no ser tan exótico, aunque sus costumbres sean realmente curiosas; los juegos y deportes de riesgo -propio o ajeno- se propagan; la matanza de inocentes se emite por televisión en directo… En fin, estoy hablando de las noticias de las 15,00 horas, no de Sodoma y Gomorra. Para un artista es difícil competir con todo esto. Sin embargo, los artistas siguen eligiendo temas conflictivos y formas provocadoras para contarlo. Desde el sexo hasta la muerte, desde la exageración surreal hasta la realidad más escatológica, bien en fotografías, pinturas o acciones concretas. Desde utilizar sangre, semen o mierda en sus obras hasta una provocación más sutil adentrándose en temas sociales comprometidos como el racismo, la violencia o la pornografía.

Pero mientras esa realidad terrible parecer ser inevitable, el arte sigue siendo mirado como una provocación más peligrosa que la propia realidad que lo motiva. La censura, el control del Estado, del poder, surge entonces para dejar las cosas claras y decirnos qué es exactamente lo que tenemos que decir, lo que tenemos que ver, lo que tenemos que aplaudir. Basándose en un instinto de protección cuanto menos exagerado, los censores eliminan todo aquello que ante sus ojos es perjudicial para la moral pública: desde una exposición de Warhol, Haacke o Mapplethorpe, hasta llegar a confiscar material del taller de un fotógrafo, interrogar a las modelos… En las últimas décadas, de una forma silenciosa, porque no parece muy correcto que a este tipo de situaciones se les dé publicidad, se han prohibido obras concretas, anulado ayudas a la creación, cerrado exposiciones a decenas de artistas en nuestro mundo occidental y desarrollado. Lo que pasa en países orientales o árabes se escapa a nuestro conocimiento casi siempre, aunque sólo podemos pensar lo peor. Hay artistas muy conocidos que han perdido su trabajo, que han sido encarcelados o expulsados de sus países por la obra que realizaban. Pero todas esas locuras se han perpetrado en nombre de un bien común, cuando simplemente es un método más de represión y una táctica del poder para protegerse de cualquier crítica, la auténtica forma de ser de la moral puritana.

JOCK STURGES, Christina; Northern California, 1998

Cuál puede ser la razón de que en el siglo 21, con una sociedad que ha visto guerras y matanzas de todo tipo, que tiene regularizado en sus horarios la pornografía como si fuera el té de las cuatro, que sabe que la injusticia es uno de sus propios pilares, se siga censurando, prohibiendo, secuestrando y destruyendo algo tan aparentemente poco peligroso como la obra de un artista. Sin embargo la censura sigue existiendo y aparece como flor de un día en algunos lugares, como un mal endémico en otros y como una sombra que flota en el ambiente en casi todas las sociedades desarrolladas. Por supuesto en las sociedades que nosotros consideramos no desarrolladas, también.

Porque no se trata de un arma que usen las tiranías y las dictaduras, como nos habían dicho. Los fascismos, el nazismo, todos los regímenes autoritarios la han ejercido desde el comienzo de la humanidad, pero también hay censura en países democráticos, en lugares que dedican horas de discursos políticos para instaurarse como líderes de la libertad y a la vez censuran la prensa, la comunicación y, por supuesto, la creación. No hay que escandalizarse, la censura es tan vieja como lo es el poder y hasta cierto punto se justifica con la existencia de ese mismo poder. La censura es simplemente negar el acceso de alguien a la libre expresión y comunicación de ideas, imágenes, críticas o formas diferentes de ser, de ver y contar el mundo en el que vivimos. La Iglesia ha censurado muy habitualmente imágenes de algunos de los mejores artistas de la historia del arte, a las figuras de la Capilla Sixtina -y a muchas otras pinturas y esculturas- se les han cubierto los sexos en etapas posteriores a su creación; se han prohibido y destruido no sólo las obras de arte consideradas ‘degeneradas’ por Hitler, sino otras muchas igual de inocentes en todos los tiempos… O tal vez no sean inocentes, ni los sexos que pintaba Miguel Angel ni las figuras expresionistas de Kirchner, ni las retículas de Mondrian. Porque el arte no es una decoración, sino una herramienta de conocimiento y esa es la razón del miedo que despierta en el poder, y esa es la razón por la que a un artista se le censura y a otro, con una obra similar, no se le censura jamás. Hay un arte cargado y otro que sólo usa balas de fogueo. Tal vez el arte sea definitivamente culpable y por eso se le censura y prohíbe, y también, tal vez por eso, es imposible prescindir de él.

Con el desarrollo de la civilización no solamente se ha avanzado en la informática así como en las posibilidades de torturar sin dejar huellas o sin que la víctima muera, sino que el lenguaje también ha sido ampliado. Términos como censura han ido desapareciendo de los motivos por los que se prohíbe o dificulta la creación y la exhibición de obras de arte. Sobre todo en un momento en el que la carga crítica del arte parece no ser necesaria y se le quiere relegar a un puesto decorativo, sofisticado pero incomprensible. En el momento actual ya casi nadie se atreve desde el poder político a censurar nada por razones ideológicas, pudiendo hacerlo por causas morales. El sexo primero, las buenas costumbres después, han servido para frenar a muchos artistas en su desarrollo, pero también el aspecto económico. Hoy en día es peor que no haya apoyos económicos para un artista que censurarle por cualquier razón. Y si no hay dinero qué le vamos a hacer. No suele haber dinero para casi nada que se aparte de lo políticamente correcto, es decir para ese arte que no quiere ser solamente bello.

TRACEY EMIN, I’ve got it all, 2000. Ink-jet print framed. Print size: 48 x 36 in. (121.9 x 91.4 cm)

De ahí a la última razón de censura hay solamente un paso: el de la ignorancia. Es cuando el censor cree que puede dictar el gusto estético, definir y redefinir el concepto de arte a su antojo y necesidad. Es entonces cuando se niega una exposición, se anula un proyecto, se clausura una muestra… porque aquello no es considerado arte. Es entonces cuando, por ejemplo, el Guggenheim Museum de Nueva York anula una exposición a Hans Haacke, preparada durante años por encargo del propio museo, porque decide que “eso no es arte”. La crítica a la especulación, al abuso de poder, al fraude social… no es arte. Arte es solamente un bonito atardecer, una abstracción lírica y alguna obra de esos jóvenes salvajes que se empeñan en revolvernos las tripas con animales troceados, fotos sangrientas… que curiosamente alcanzan precios increíbles.

En las páginas siguientes veremos algunos ejemplos y recordaremos algunas historias de obras y artistas censurados. Pero son muchas más las que no se pueden contar. Algunas porque perfectamente censuradas ni se han podido conocer, otras porque los propios artistas se niegan a admitir que han sido censuradas -“simplemente mis fotos no se expusieron en mi país hasta después de muchos años”, o “realmente nunca me han censurado, el que me hayan registrado el taller, retenido la obra… no se puede considerar censura”. Otros artistas ejercen una ley de supervivencia con la autocensura, rogándonos que no publiquemos nada de ellos. En definitiva, entre la dificultad y el miedo, entre la censura previa, el exceso de cuidado, la falta de dinero público para según qué cosas, la debilidad de la definición de qué es arte… casi no queda espacio para la censura real. Llegará un momento en el que no haga falta la censura, nosotros mismos nos taparemos la boca y cortaremos las manos. En ese momento ya no hará falta que nadie nos diga lo que es bueno, lo que es correcto ni lo que es arte. Posiblemente estaremos todos muertos.

Este articulo fue originálmente publicado por:    EXIT numero 8-Censurados

http://www.exitmedia.net/prueba/esp/articulo.php?id=50

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